Vivir para soñar


Sólo en los sueños

está trazado el mapa del mundo imaginable.

El universo sensible es algo infinitamente pequeño.

Charles Nodier


En una época en que sentía que el vacío existencial aplastaba mi vida cotidiana, y no solo la mía, sino quizás también la de mi país, encontré, en la posibilidad de soñar, una escapatoria. Nada me reconfortaba tanto. Sin importar si despertaba con miedo, triste, desengañado o eufórico, siempre tenía la impresión de haber recibido un gran regalo. Desenterraba el tesoro de experiencias mucho más verdaderas. ¿Por qué empecé a escribir y coleccionar estos sueños? Al principio para atraparlos, conservar su aliento, salvando detalles únicos, sensaciones, mientras hacía incluso dibujos que me ayudaran a visualizarlos, así evitaba que se volatizasen con la neblina del ayer.

Desarrollé, instintivamente, algunas habilidades personales, como la gradación del despertar. Antes de rendirme por completo a la vigilia, cuidándome de contactar con la luz y otros diluyentes externos, ya activaba una lectura en retrospectiva, empezando por reconocer los nudos de la historia sumergida, los momentos claves donde se concentraban resonancias más sensibles —ser herido, descubrir un nuevo espacio, empezar a huir…—, y desde cada uno de esos nudos me apuraba a destejer la trama invisible. Luego, despertando, debía halar rápido, hacer mis notas en el mismo sitio, sobre la cama, primero que atender la demanda de cualquier otra impresión por pequeña que fuese, y sin juzgar las costuras ni la lógica de lo soñado.

Como escritor me propuse obedecerlos, ser su esclavo, igual que se anotan fielmente los dictados de un profesor de idiomas oscuros, pues creía que me entrenaba sólo para poder describir en el futuro otros entramados superiores de la realidad exterior. Pero, pronto iba a descubrir que en ningún otro lugar me esperaba una cadena de hechos más orgánica, más significativa, ni más libre y plural. Desde entonces, a la libreta que tenía el cuidado de dejarla sobre el borde de la cama cuando me disponía a dormir, la identifiqué, con toda seriedad, como “Diario de sueños”.

En esos tiempos, en mi país, predominaba el dogma de que la misión del escritor era testimoniar la épica colectiva, reflejar problemáticas y hazañas sociales. Sin embargo, yo necesitaba otro paisaje, otra circunstancia que me impusiese el itinerario de una auténtica necesidad de vivir-escribir. Entonces, planeé extraer todo lo que descubría mientras me desplazaba sin los andadores de la vigilia dentro de aquellas habitaciones privilegiadas. Octavio Paz lo llama, al sueño, “castillo de diamante”. Habitarlo, perderlo y querer reconquistarlo cada día, para mí, no sería más ni menos extraordinario que ocupar al fin una vida propia.

Se convirtió en un vicio peligroso. A veces pasaba la mayor parte del día reconstruyendo un sueño, y lo hacía siempre sin intrigas ocultistas ni alquimia, tal vez porque ya las conexiones sencillas que deseaba recuperar me parecían suficientemente espesas. En lugar de la fórmula mágica “había una vez”…, comenzaba, muchas mañanas, escribiendo “anoche estuve”… LLegué al punto en que sospecho que, durante la vigilia, tomaba sólo apuntes y ordenaba el probable contenido onírico en que iban a desembocar las formas huecas del día, cuando sobrevinieran los momentos de mayor densidad de significados. Vivía para soñar. A tal extremo, que apareció la sombra de la locura, y debí detenerme. Acepté no pelear más con la oscuridad por las cosechas de mis sueños, para no perder la razón y devolverle un poco de calma a mi familia.

Un amigo me persuadió sobre la probable inutilidad de una escritura que se apartaba de la luz de la razón pública, donde seguirían residiendo, entre otros, sus únicos o potenciales lectores en el día de mañana. Y así deseché el “Nocturnario”, como también le llamaba a esta especie de bitácora, hasta hoy. Vendrían días arduos, propios de sostener una familia, hijos, obligaciones laborales. Desde entonces sólo he vuelto a apuntar un sueño cuando se impone algún motivo de fuerza mayor; por ejemplo, si despierto agitado en mitad de la noche y no consigo volver a dormirme.

Para armar el presente libro, reúno un grupo de historias —donde un narrador ha primado quizás sobre el poeta, el filósofo y otros sujetos que se disputan el control, el punto de vista de la sinceridad o libertad máxima—, las libero del yugo de las fechas, y a cambio les doy títulos. Más que “basado en hechos reales”, yo diría que este libro es todo lo real que puede parecerle a alguien su propia existencia.

El trabajo primario y evolutivo de soñar me ha convertido en persona. Fue en un sueño donde hice por primera vez el amor, por ejemplo; y en un sueño salí de mi isla cuando no estaba permitido. He volado, he sido pez, regicida, suicida, participado en innumerables batallas y surcado mares sin nombre. Discutí con el mandamás de tú a tú. Pude abrazar otra vez a mi padre, años después de fallecido, conversamos como nunca antes y escuché su versión del paraíso.

Gracias a la esclavitud y el prodigio de soñar, quizás mi vida se iguale en dignidad a todos los demás seres que pueblan el Tiempo confuso. Acepto que traté personalmente con Quevedo, Lezama, actué en el The Globe, acompañé en el invierno a Pasternak, descubrí una isla doble de Cuba donde se refugian los ahogados, maté, cometí adulterio, mi cara se reflejó en el Sena, crucé un agujero negro, fui príncipe y bufón, sentí en mi piel las nevadas y el desierto, bebí un café caliente con Martí en una nave rumbo a otro planeta desconocido, descendí al centro de la tierra, expuse mis cuadros en museos de Moscú y Estambul, descifré y adquirí ejemplares únicos de libros maravillosos que jamás nadie verá, desenterré monedas, y fui otra vez niño, pero también muchedumbres y valles y cada pétalo de una rosa que no proyectaba sombra, porque al final todo estaba dentro de mí. Nuestra biografía, en resumidas cuentas, si dejamos afuera los sueños, se convierte en una construcción a base de mentiras e inexactitudes.

El dudoso y vasto temor de que la realidad sea ficción, me interesa menos que la discreta certidumbre, que poseo, de que los sueños son la verdad.


En: Secretos equivocados. Diario de sueños (Editorial Betania, Madrid, 2015).