Versos pasados por el ojo de la aguja

El Circo Europeo incorporó en 1864 un singular espectáculo entre sus atracciones más extrañas para llamar la atención de la población a través de los pequeños poblados de Cuba, algo de lo que fueron testigos los habitantes de la ciudad de Morón, en la costa norte de la región de La Trocha. Una prueba de imprenta del libro «Historia de Morón y su municipalidad», de Federico Naranjo (Morón, 1876-1954) y Rodrigo Aguilar (Ciego de Ávila, 1889-Morón, 1973), libro que sus autores nunca lograron publicar, nos describe cómo «sin brazos ni piernas, extremidades que le faltaban parcialmente de nacimiento», un «artista» que respondía al nombre de Leandro Marcado «bailaba trompo, escribía, disparaba una escopeta, tiraba un lazo, se colocaba monedas en los oídos y ensartaba agujas».

Si la mejor poesía ha asumido tradicionalmente asuntos de la cotidianidad, limando cualquier pátina decadente, y si de la pila bautismal del verso han emergido irradiantes los hechos más ordinarios, este artista reclama, en consonancia, la admiración y el asombro de su público para acciones no menos simples que el milagro de respirar. Su espectáculo parece excepcional en esa misma medida que recrea acciones humanas elementales. Semejante dedicación a asombrar desborda sentimentalismo. La actuación de Leandro motivaría que en las gradas todos reflexionasen, quizás, sobre el valor de la vida, sobre sus existencias anónimas y el carácter especial de aquellos acontecimientos triviales de que estaban hechas sus biografías.

Según cuentan los cronistas, al terminar el espectáculo Leandro repartió una hoja con cuatro décimas. Tal observación, por supuesto, no basta para aclarar la autoría de los versos. Quedarían aún muchas variantes. El dueño del circo pudo tener en su nómina un versificador encargado de dispensar las letras, o haber hecho el encargo a un decimista de algún pueblo visitado. Sin embargo, lo vital de estos versos es que formaron parte decisiva de un drama individual y colectivo. Drama que, a la vuelta de más de un siglo, sigue latiendo bajo el vestido de una retórica endeble. Y en esa representación, en esa manera de concretarse el sentido del verso sólo ante un público, hay un único autor marcado, el actor: Leandro. Detrás de él, se extiende el gobierno de las circunstancias, todas las necesidades que se unen para moldear la creatividad humana y sus productos. Tan viva es esta obra como real fue la problemática que la motivó y el vínculo afectivo de los individuos que entregaron su inteligencia al montaje, a la escenificación. El resultado extraverbal llega así hasta nosotros: un manojo de versos que reproducen cabalmente un acto circense, lo prolongan fuera de una carpa, convirtiéndolo en sustancia proteica, es decir, poética. La poesía como solución a las manquedades del cuerpo, la dignidad humana escapando al superficial escrutinio de los sentidos. ¿Resistiría una literatura ingenua un análisis serio? ¿Carece la poesía popular, por la espontaneidad en que se ve envuelta, de una inteligencia de fondo y de forma?

La región de La Trocha, lo que actualmente es Ciego de Ávila —provincia joven, surgida en 1976 por un desprendimiento de Camagûey— no posee un pasado noble —jerárquico, o definido, pudiéramos decir— entre las etapas de la poesía cubana. Las viejas marcas de la región apenas parecen perceptibles cuando ampliamos cualquier análisis hasta el tamaño de la literatura nacional. Pero, en la memoria de esa historia que existe a pesar de sí misma y de la falta de estudios, sepultada por una mezcla de tiempo y desidia, sí hay fragmentos dignos de ser iluminados. Fragmentos que integran principalmente el cuerpo de la décima, y —como ocurre con la infancia de todo pueblo— de la poesía popular. Sería necesario rescatarlos en su impulso trunco, a partir de su potencia, de su aislamiento y precariedad, tal como pedía Lezama para la obra de Julián del Casal y de otros poetas cubanos del siglo XIX.

«Octosílabos» frágiles, y un circo, se funden en unas décimas. El espacio del poema reproduce lo ocurrido ese día bajo la gran carpa.

La primera décima, cuya narración está en tercera persona —es la voz del presentador por los altavoces—, anuncia al personaje y busca complicidad emotiva entre el público. Una segunda décima, mediante narración en primera persona, trae el protagonismo de Leandro —ahora el artista sale de atrás del telón—, quien confirma lo que sobre él se ha voceado, y promete hacer algo sencillamente imposible para quien carece de brazos. La promesa tremenda tiene, sin embargo, esa ligereza de una frase hecha y gastada por generaciones: «cuanto esté a mi mano». Por último, con dos décimas que detallan las peripecias, viene la actuación del «artista». Esta estructura dramática se afirma por el desarrollo argumental del espectáculo, que va de menos a más, empieza con las espirales del trompo en el suelo, y va enredándose, creciendo, hasta el cierre «de una esquela» y la retirada por todo lo alto como una fuga del baldado hacia territorio de las aves: «subo una escala…»


Leandro Marcado nació

como en su estampa lo vemos;

sin los principales remos,

niño huérfano quedó.

Y Dios lo decretó,

y le dio la Providencia;

suposición e inteligencia

con el alivio en su desdicha,

para que pueda con dicha

ganar para su existencia.


Era mi padre europeo

y mi madre mi consuelo;

pero hijos de este suelo

son mis padres según veo.

Me dan cuanto yo deseo,

con ellos he de vivir

yo los he de divertir;

haré cuanto esté a mi mano,

porque viendo yo un cubano

de hambre no he de morir.


Verán bailar con primor

un trompito muy ligero,

y otro es el compañero

de uno que es gran zumbador.

Una honda alrededor

tiro con mis cortos brazos,

de tres vueltas hago un lazo

y si me mira propicio,

después de hacer ejercicio

tiro un escopetazo.


Una agujaque maneja

solo mi imperfecto pie,

fácilmente ensartaré

con seda fina y pareja.

También me pongo en la oreja

como verán, medio y real;

con acero y pedernal

le doy a un mechón candela,

escribo y cierro una esquela

y subo una escala formal.


En: La sombra en la espiga canta. Panorama de la décima avileña (Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, Cuba, 2004).