Ventana interior


(Prólogo)


Al adentrarse en estas páginas, en busca de trans­parencia idéntica a su haz de apretadas incertidumbres, muchos seguramente vendrán avanzando a tien­tas, con miedo a pisar en el vacío. Ya contábamos por adelantado con ese desvelo, el mismo que ani­ma al aceite dentro de la lámpara: también nos so­brecogía durante nuestras inmersiones en papele­rías de amigos y desconocidos, mientras explorába­mos las márgenes y profundidades de la vida litera­ria de nuestra provincia para avizorar de ese modo, como al tacto, los resplandores de una promoción naciente de poetas avileños. Y tras acceder al reco­nocimiento de las fuerzas nuevas que pujan en el cuerpo de nuestro poesía, después de una etapa de rescate y cotejo de los fragmentos dispersos, pu­dimos comprobar cuan justificado fue inquirir por el conjunto de las voces latentes, o sea, presentir una voz coral como la que en este libro empieza a revelársenos.

¿Debiéramos anunciar con certeza los rigores, las buenas nuevas de un reino poético aún en forma­ción? ¿Acaso por encima de lo azaroso del estado actual de la poesía de Ciego de Ávila, que todavía no ha aquilatado sus ganancias en la precaria bás­cula de una crítica nacional? Esta posibilidad ape­nas soñada, se deja invocar en nuestras páginas: exponer, a la mirada de los lectores de toda Cuba, un grupo de poetas jóvenes —por convención previa, todos con menos de 35 años—, diverso en sus pro­puestas y no menos amplio. Confirmación sincera de que este feudo hacia el interior de la isla, donde mucho tiempo atrás instauró el imperio de su extrañeza y soledad la reina de las frutas cantada por Zequeira, puede contar con la exquisitez de una he­rencia propia y, por tanto, correr los riesgos, hacer­se las preguntas con que soñar su propio destino. Nuestra herencia, tal como en las aventuras más ín­timas en aquellas tierras nuevas donde el misterio todavía parece costumbre, es un futuro arrancado al silencio en un clamor nacido de alientos muy perso­nales. Cada paso para acercarnos a una selección justa, como cada página ahora hojeada por los lec­tores, exige ese sentido, esa visión general donde se aplaquen las particularidades. Y al final, nos do­mina el hecho de que haya tomado presencia una promoción de autores cuya promesa va más allá de algún texto aislado o de algún nombre con mejor o peor suerte en la ruleta de los concursos. Al llegar aquí, existía esta zozobra poética que sosiega. El esplendor de una nueva estación se ha sentado en nuestra casa.

Al principio sólo necesitábamos agrupar en un tomo a la mayor cantidad posible de poetas que, no publicados antes por ninguna casa editora del país, y teniendo menos de 35 años de edad, se encontrasen escribiendo en la provincia. Con ese fin, lanzamos una convocatoria a través de los me­dios de difusión masiva. El llamado público se justi­ficó pronto, con lo aparición de obras y autores casi totalmente desconocidos. A este primer sondeo se sumó el apoyo de muchas personas, técnicos de las Casas de Cultura, y en especial algunos promotores de nuestros centros universitarios, Es justo destacar la comprensión de Aimée Pino, Maritza Martínez y Mirna Riol, sin cuya asistencia hoy careceríamos de importantes páginas. Sin embargo, esa intención in­genua de apenas reunir a los que empiezan a aven­tar sus voces, de armarles una especie de primera caja de resonancias, pronto llegaría a verse supera­da por la realidad. Ya las primeras brasas acarrea­das nos quemaron, hasta terminar por abrirnos otro atajo: una nueva promoción de poetas, inquietante, que avanza emergiendo a través de apartados rin­cones y resquicios, casi en sordina, y con tonos, maneras y preocupaciones distintas a partir de com­plementarse en más de una contradicción, entonces, la línea de delimitación de este compendio no de­bía cruzar a través del primer plaquette publicado, o de la ineditez absoluta. Vienen a unirse en un haz aquellas voces que integran con fuerza una oleada segura y próxima, tras la promoción más visible de poetas avileños que han marcado el oleaje en la década de los noventa. Su carácter germinativo por excelencia denuncia en el horizonte a quienes de manera secreta pactan aquí, lo mismo que la frescu­ra y la autenticidad de sus tanteos.

Para afianzar su sentido de unidad y proyección, las estrategias de un colectivo suelen ser tantas como tan incoherentes, y a veces sólo el azar logra dispo­ner todo lo que empuja con premeditación. No obs­tante, de alguna manera algo se vuelve imprescin­dible cuando, tras un gesto aparentemente eficaz, lo que era latente y disperso empieza a ganar sóli­dos, claros relieves. En busca de ese gesto, de ese acto oportuno, muy pocas veces una promoción emer­gente cuenta con el apoyo de una publicación como esta, a la que el nombre de antología pareciera que­darle demasiado ancho. Intento editorial hasta don­de conocemos sin ningún antecedente de su magni­tud en la humilde y discontinua historia de nuestro terruño. A otras promociones les ha tocado abrirse brecha muy a duras penas, yendo incluso contra una lógica progresión en tiempo y espacio, verbigracia aquella de poetas llamados en su momento tojosistas, que allá por la década de 1970 intenta­ron liderar en más de un sentido cierta sedición interna en la poesía cubana, contra los moldes de un coloquialismo burdo, y quienes hasta hace muy poco no vieron en tinta sus principales obras. Si los poetas que aquí están arribando merecen o no pro­bar las manzanas de algún árbol sagrado y sin mal­dición, sólo dependerá de ellos mismos, del destino que coda cual sepa instaurar con más sostenidos acometimientos de los que pudieran comprobarse en cualquier muestra colectiva. Por ahora, queda nuestra casi palpable complacencia en algunos vir­tudes menores, como el hecho de que el panorama de las letras avileñas y cubanas se sienta jalonado desde una nueva arista, con un volumen de justas expectativas. Pasará lo poco que queda de este si­glo XX, y pasará también esta selección como una imagen más cosida al cuaderno de nuestras horas. A la vuelta de estas páginas, algunos fragmentos tal vez yo no estén con nosotros, pues la histeria impredecible de los vientos deberá arrancar de sí mismo a más de un nombre. El mayor prodigio que constará siempre es el de probar, repasando los fuer­zas contenidas en estos particulares estilos, hasta qué punto muchos ya han llegado a merecer conti­nuar creciendo desprendidos como hojas, solitarios cual árboles.

Razón tuvo desde siempre Cintio Vitier —tal si hubie­se gritado sus noticias no en vida sino subido al árbol del tiempo—, cuando afirmó que todo crítico debería centrarse en la esencia del poeta, asumien­do su centro por único punto de partida y de refe­rencia legítimos. Siempre las limitaciones y los de­fectos de un poeta consisten precisamente en aque­llos errores y malformaciones que lo alejan de las virtudes de su propio centro. La poesía es una, sí, pero —así el universo para Spinoza—, tiene su centro en todas partes. Aquí, en nuestra selección, ese eje imaginario parece cruzar por tantos sitios como au­tores quedaron incluidos. No es nuestra intención llevar este acto profético hasta los niveles del pa­roxismo, adelantándonos a destacar aquellos auto­res y poéticas que se impondrán por su propio peso. Baste con que nos ciñamos a describir cómo por en­cima de los extremos, desde el espíritu críptico al empuje más oratorio y discursivo, desde la norma clásica donde en la naturaleza se diluye cualquier otro marco referencial hasta la poesía donde el su­jeto encarna las prolijas resistencias de su época, es atomizado o se fuga en un nihilismo a ultranza, persiste la voluntad inquebrantable de mantener la institución del verso, cual núcleo formal por exce­lencia de la Literatura. Y el interés por comunicar, por hacer inteligible la voluntad expresiva, triunfa en una poesía de tono reflexivo cuando no confesional.

Quizás puedan extraer de aquí sus respuestas al­gunos críticos que han jugado a esbozar una es­pecie de “mapa de la sensibilidad cubana” y que, en medio de los conflictos puestos de moda como clichés por el instrumental de una crítica a veces autodefinida como postmoderna, han enmarcado a nuestra provincia en una zona neutral, coinci­dente con aquello de estar en el centro del país. Respuesta nodo desasida, más bien radical, que al apartarse también censura, participa. La crítica, y los sistemas de investigación y de selección de la obra literaria, forman parte de los mismos mo­dos de representación que juzgan, y están sujetos a un progreso de lo imaginación, a una sensitiva reinvención periódica de la realidad. Sin embargo, lo más obvio que se le debe exigir a cualquier es­trategia en este sentido, es precisamente que no carezca de imaginación, de riqueza. Hoy en día quienes trazan coordenadas a diestra y siniestra, la mayoría de las veces padecen desde la raíz de sus motivos una estrechez estéril. La cientificidad de cualquier análisis oracular, decíamos, nunca debe sustraernos a lo noción de que todo pensamiento, toda impronta humana crea, ficciona desde lo más íntimo. Y lo menesteroso de nuestros actuales sis­temas de legitimación —entroncados en el cuerpo de la literatura cubana no menos que en nuestra vida literaria—, parece impuesto por la intencionalidad desesperada, mejor patética, de quienes se muestran más partes que jueces en el asunto. Dar a priori como un hecho, por ejemplo. que la fe en las posibilidades de la palabra, en el manejo de la retórica, ha agotado los últimos ra­yos de su verano, no dice nada de nadie que esté por venir, sino de ese alguien que escasea de ener­gía y libertades interiores para saber esperar.

Ojalá se les dificulte un poco el trabajo con estos poemas a quienes practican de oficio la crítica so­ciológica, y así puedan andar más proclives a caer en la atención mesurada a los gérmenes, a las individualidades que acarrean aquí sus propias le­yes naturales. Y ojalá no se les dificulte tanto, ni a los sacerdotes de este ni de ningún otro oficio de transustanciación, para que siga hablándose de poesía, y continúen abriéndose las trincheras don­de tengan oportunidad de definirse las posiciones, las actitudes, los rostros de que se alimenta esa visión serena de la poesía a través de los tiempos. De cualquier modo, abrir una trinchera en la tierra y caber por ella, en cuestiones de literatura, siempre será una humilde manera de sembrar, de soñar los pigmentos de una próxima estación. La luz que irrumpe en nuestra casa, viene desde el mismo fondo. Para los lectores desprevenidos en algunos asuntos, queda siempre la gracia de buscar con más oportunidades en estos poemas la emo­ción, el diálogo cómplice. A los lectores en máxima alerta, les cabe el derecho a no aceptar como ínte­gras ningunas de las hazañas sugeridas aquí, y reelaborar sus propias emboscadas verso a verso. Todos merezcamos este advenimiento dándole con­tinuidad en nuestros espíritus con una lectura ardua.

Agosto, 1999.

En: Arribos de la luz (Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, 2000).