Venía a conversar con el perro…


Venía a conversar con el perro de mirada perdida. Voz baja de las frutas por donde se descongela mi tamaño en torno a mi sombra de ladrón. Iba de uno en fondo detrás de mi hijo en el espejo. Como pasan las reses por el agua infestada, gracias al absoluto de la carne que puede soportar la atención por un momento. Palabra asida de los tobillos dentro de la memoria. Por un momento: —¿Sabes?, el tablero del texto se dispersa y hacia el último plumazo ni habremos alzado al trompo de la harina. Círculos, a los ojos de la mujer desgajada por su propia mano, darán hojas, lunes, algodones con delicado gesto distanciándose del almendro una vez oído y vuelto a soñar contra el muro. Almendras vaciándose por los ejes interiores del horizonte que ni alcanzamos a pedir. Nos negará el árbol de los ojos donde hicimos la sombra. Nos faltará el deseo, la tierra para apoyar el cuerpo sin sombra antes de decir: —¿Sabes?, el tablero. Nos cubríamos con una caricia distinta al pecado, al vientre del invierno, aunque pensabas si no fuera mejor conservar el otro lado del río y el olvido, quizás, con una moneda bajo la lengua. Mejor que no haber asistido o encontrarle sabor a la fruta devuelta. Pasaba una mano por los muslos y me decía que faltaba un círculo para merecer la ingravidez del oficio. ¿Nada más una próxima huella del pájaro en la playa? Lejano aleteo era todo lo que podíamos disentir, permanecer fuera y en la mirada razonablemente. De habernos quedado dentro del espejo o la almendra, ¿sentiríamos la misma conversación a nuestras espaldas? Venía a descansar la mano en la cabeza afilada del perro que no duerme, tenía algo que decirle al mar antes de que se retirara con las estrellas en busca de mi corazón esparcido por el tablero, mi mano desierta y constante en la sombra y en la playa como la uña del pájaro.


En: Epitafios de nadie (Ediciones Oriente, Santiago de Cuba, 2008).