País de las nieves secretas


El Sanatorio,


Nika:


es esta pared blanca y ancha como tu mano cuando te ha parecido que un agujero negro floreció y has venido corriendo a enseñárselo a alguien grande. «¿Arranca ortigas de mi frente?»,1 has dicho. La barranca comienza al otro lado del jardín y conduce a un pobre basurero municipal. (Si puse «Nika» al principio, es sólo mi manera de asir el miedo como un vaso que deja de servir y arrojarlo al montón de desperdicios.) Luce


mi letra en este muro así, como tú en Yalta, mirando allá a la cámara con pupilas oscuras mucho más que aquel lente absurdo. Hay fracturas en los ladrillos y de letra a letra salta mi mano. Sí, tú puedes leer sólo lo que falta por escribir, tan gruesas letras de la oquedad, intersticios, hollín, raicillas, humedad, cáscaras de pintura, cadáveres de insectos… y entenderías todo: te hablo con mis defectos más abundantemente, exprimo una verdad


de perturbados zumos. Una vieja revista Sputnik, olvidada, inútil como añicos de una nave espacial, me abrió los abanicos de tu tristeza súbita, donde el Mar Negro alista su invencible flotilla de naufragios. Provista de redes en el fiordo de una página eternamente amarilla, sola con tu pelo, gobierna tu mirada azabache los naranjas y azules del verano. Tu voz se encoge entre esos tules y me alza a otros roces. «Con mis dedos la tierna


lluvia escucho»,2 confiesas. Ojalá ya consigas doblar con uñas duras su corazón. Y llegues a raspar ese balde de cedro. Que restriegues el fondo de la lluvia, te suplico. Prosigas asomada con sueño a tu mano, y las migas del silencio las eches fuera de tu libreta de notas como a flojos escalones. No hay meta para estos trillos tristes que en el bosque incursionan. A tiempo lo sabemos: las puertas no ilusionan a la sierpe de nuestros pasos. Cuando me aprieta


la camisa de fuerza, escapo a caminar descalzo por la nieve junto a ti, sólo para en un último instante volver quizás la cara un poco y descubrir tu huella fina. Si el mar algún día subiese hasta aquí, a dispersar la pared de ladrillos donde te escribo como en un sueño —¿o es que sueño que te escribo y me asomo a tu habitación mientras duermes?—, ciego, daría media vuelta y aullando por los techos huiría. Servil torero enfermo que sorprende en el lomo


mullido de la bestia su propia infancia rota bajo estrellas de hielo. ¿Acaso hay diferencia entre este albergue para enfermos de demencia, que en las afueras de Camagüey ni se nota tras los laureles, y esas páginas donde gota a gota, letra a letra tu golpe se ennegrece? Continúa adelante, Nika, aunque ya estremece nuestro pie el viejo vidrio de nieve que es el lago. ¡Corre! Como te sueño, distinto a lo que hago, ¡no mires atrás! ¡Mucho menos al fondo! Mece


por las ramas más altas un corazón ligero —«¿Vendrá alguien el domingo?»—. Como si una pedrada interminable fuera, yo pongo mi mirada contra el muro pintado de cal, y el desespero semeja el aluminio frío de algún caldero botado en la barranca. Crece, escapa. Derrubia con tu afilada edad toda fe. Hazme rubia la áspera cabellera de la muerte que apenas me he dejado cortar, lee al tacto mis venas, salta el muro por donde se desliza


la lluvia3


1 De Nika Turbina (Yalta, 1974), años ochenta, revista Sputnik. Esmalta, en una foto, la falta, el estigma de sus cinco años mirando el ahínco de la nada. Su escritura, negro en lo negro, se apura: prodigio del León, el brinco.


2 Ibídem.


3 Mientras daba forma a esta carta como agua rota que cae del cielo, Nika Turbina seguía siendo, para mí, una niña prodigio, poetisa hermosa y de mirada negrísima, con quien me había encontrado por primera vez en 1986 a la vuelta de una página de una revista Sputnik. Así me la devolvió, inalterable en aquella lozanía, al cabo de una década, otro ejemplar viejo de esta publicación. Porque su entendimiento precoz de la tristeza continuaba mezclado al recuerdo de mis días en un hospital psiquiátrico en Camagüey, mi amor no había retrocedido, crecía como nostalgia de un mundo sumergido, infancias impermeabilizadas por el sentimiento de pérdida. Ya no existía la Unión Soviética, ni aquella publicación circulaba en Cuba, y lo más simple: no éramos niños. También detrás quedaba el sabor del suicidio como el rastro de una fruta que me había llevado a vivir en las naves al otro lado de los laureles. Mientras retomaba vestigios propios con la vaga idea de sacarlos a la orilla quizás armando un libro, unos diez años después de escribir mi poema-carta, entré a Internet por primera vez, y su nombre se convirtió en una de las islas hacia las que enrumbé en el mar de la información. Conocer el final de su vida, otorgó algún sentido a los versos que yo había escrito años antes. Descubierta por el poeta Yevutschenko, presentada en giras a través de Europa y Estados Unidos, probó la admiración y la popularidad. Con sólo once años, en 1985, ganó el León de Oro de Venecia: de lo que ya daba noticia aquella revista, pues se convertía en la segunda poeta rusa en obtener este galardón, y la primera, Anna Akhmátova, lo había recibido a los sesenta años. Sin embargo, mientras se acercaba a la adultez, bajo la presión de un nuevo matrimonio de su madre, se hundió en una crisis que la apartó de la creación poética. Buscó refugio en el alcohol. En 1997 intentó quitarse la vida lanzándose desde un quinto piso. Gracias a donativos provenientes de muchos países pudo recibir tratamiento médico para volver a caminar. Nuevamente escogió el alivio fatal de la bebida, y la olvidaron. Puso fin a sus horas saltando otra vez a la calle desde el balcón de su casa. Su cuerpo fue cremado. Ese día apenas acudió a llevarle flores quien había sido su profesora de Arte Dramático, Alena Alexandrovna Galich, con algunos estudiantes.

En: Epitafios de nadie (Ediciones Oriente, Santiago de Cuba, 2008).