Nostalgias del reloj


Consistía gota a gota en un bostezo enorme en el mismo centro de la casa. Así, caído dentro de semejante grieta, con aquel recuerdo del tamaño de todos los recuerdos, ¿cómo yo iba a sostener por más tiempo el hilo de las conversaciones? Clavija floja de un vacío interior, potente y apagado como un violín en su estuche, afinaba en su tic tac un grito metálico que lo arremolinaba todo.

Y todo se enrarecía dentro de la casa. A mi tío el plomero, apenas imaginar que andaba cerca, se le botaban los ojos de almendra, parecía que un ladronzuelo empezara a palanquear dentro de su rostro con una ganzúa. Y mi prima, la huérfana predilecta de los gorriones y los aguaceros, temblaba pálida y blanda arrellanándose en su silla, encogiéndose más y más dentro de las botas y los lazos de primera comunión. Todos, en muchos años a la redonda dentro de mí, se sumaban al gran enredo del cual ninguno quería sentirse responsable. Hundían, extraían y volvían a ahogar sus vidas en el agua de mis ojos, entre espasmos, sus cuerpos sin sombra.

El hilo de la conversación se retorcía abajo y en torno a los muebles que estaban llenos de grietas y por momentos parecían tener filo. Hasta que en el último desplante, cuando el agua oscura atenazaba las narices, entraban a saco en el revuelto río tomando para sí lo primero que oyesen por delante, no importa quién lo hubiese dicho, ni si a ciencia cierta era con doble sentido o no, y escapaban, echaban a correr por la puerta más cercana, casi siempre la de la calle. La casa quedaba entonces irremediablemente vacía.

A través de un légamo de días contraídos, no se podía andar por las habitaciones sin llevar los ojos a ras del piso como un detector de minas. Por doquier iban apareciendo residuos de piel, a veces se oían portazos, llantos en la habitación de al lado, trozos de conversaciones, y, a partir de ahí, incluso no era extraño que apareciese alguno vivo.

Lo más aconsejable, siendo seguido de cerca por tantos segundos humillados, era caminar como una idea abstracta en busca de otras formas indefinidas en que apoyarme. Halado de esa esperanza deambulaba, tejía el aire encerrado y áspero con las secreciones de mi garganta, casi en las puntas de los pies respiraba el vacío entre las paredes. Tejía no por dejar configurado nada interior específico, ni siquiera como una araña rencorosa. La última gota de voluptuosidad había sido extraída de mi corazón, y este había acabado por reventar y arrasar bajo su substancia gris todos los bordes de la circunferencia perfecta que era yo en lejanos tiempos. Daba vueltas, erraba por las habitaciones detrás del hilo invisible sin el menor rumbo, y sin que ninguna de las cosas amontonadas pudiera mirarme fijo.

Al amanecer de este día, en cambio, me había sorprendido fuera de mí, hecho un remolino de nervios y desperdicios como el que se arma en un lavabo cuando tiras de la cadena. Para empezar, no le había sustituido las flores al retrato, sino que me había entretenido en comparar los nombres de los objetos que formaban un emplasto sobre la mesa del comedor. Y ya cercano a las estribaciones del mediodía, edifiqué una pregunta, una sola, solo para mí. ¿Por qué el agua se niega a subir hasta las llaves? Más o menos en los trajines de este proceso inquisitorial fue cuando doblé por la puerta de la sala que da al cuarto de los libros y los ceniceros. Allí estaba, arrebujado entre la base de la repisa y el cubo donde asomaba la pelusa de los helechos. Daba salticos leves, casi imperceptibles, con un horror humilde.

Luchaba al parecer por echarse a un lado para ponerse a salvo. No pude pasarlo por alto yendo de un pensamiento a otro. Allí estaba. Se ensanchaba como una sanguijuela en los claroscuros de mi mente. Y lo que más confianza me provocó fue comprobar cómo, al llenar mi campo visual, en el acto no obtuvo de mí un sentimiento definido. Ni asco o pudor. Nada. Lo acerqué a los ojos en el cuenco de una mano. Su piel elástica y sin poros hacía pensar en el nylon de los caramelos. Lo olí, y me recordó el olor del sexo.

Probé a dejarlo donde me lo había tropezado. No pude. Me di cuenta de que no podía cuando asocié la idea “piel elástica y sin poros” con la idea “flores en agua”. Apoyándome en el asa de una cafetera de aluminio alcancé el vaso con las flores de mamá. Dejé encima del escaparate las flores y me precipité con el vaso lleno de agua hacia el centro de la sala.

La luz filtrada por los cristales emplomados de los vitrales hacía menos densa el agua, al mezclarse a ella con alboroto. Cayó dentro sin ruido y se hundió en lenta espiral. Casi incrustado al vidrio permaneció inmóvil en el fondo segundos enteros. Se me antojaba que era la mancha de algún vino grasiento, olvidada allí, casual. Un vino con el que alguien hubiese brindado por la salud de un atardecer ya disuelto en el olvido. De súbito palpitó, y empezó a despegarse, a dar vueltas como la minúscula manecilla de un reloj pulsera. Giró, a cada vuelta más aprisa, hasta que logró desprenderse totalmente, y se quedó flotando a mitad del vaso como una burbuja de aire. La aparente burbuja destellaba, imitaba el filo desvergonzado de un cuchillo. Quise encontrarle los ojos. En ningún punto se volvía cóncavo o acuciante, sino que todo él, de principio a fin, daba idea de un gran ojo, como la retina de un cíclope, con vida propia. Bajo el descomunal peso de su presencia no me era posible dejar de sentirme desnudo. Se revolvía y estiraba con la desfachatez, con la autosuficiencia de un niño a punto de despertar.

A pocos movimientos suyos, la circunferencia del vaso me sobrecogió por la estrechez y fragilidad. En un salto pasé de estar de hinojos a estirarme contra la pared del fondo para alcanzar la caja del reloj en las yemas de los dedos. Pesaba realmente, pero nunca tanto como daba la impresión desde su altura.

La apoyé en los muslos, atenazándola con las rodillas. Probé una a una todas las uñas, y la tapa de cristal no cedía. Improvisé extrañas alianzas, pulgares y anulares, índices y meñiques. Finalmente la tapa no se apartó hasta que levantando al reloj por sus orejas lo dejé caer de panza sobre el piso. Al volver a alzarlo y sacudirlo, venían a chorro sus piezas sobre las tablas, ruedas, agujas, muelles, alas y uñas de insectos. De pronto el cascarón no le pesaba a las palmas de mis manos mucho más que una ampolla. A no dudarlo, ya había suficiente espacio para aquel del vaso, que no se detenía en su crecimiento. Empezaba a comprimirse contra las paredes del vaso y tomaba colores cada vez más grises.

Casi toda el agua de las flores de mamá estaba derramada sobre el piso, filtrándose entre las tablas. Seguramente en la caja del reloj descansaría a gusto. Quizás encontraría el lugar para desenvolverse como un delicado velo de novia. Sentí vértigo. Tenía la sensación de estar a punto de sorprenderme desnudo y puesto de rodillas a lo lejos, sobre una montaña.

Corrí hacia la llave de la cocina. Todavía duraba la única hora en que era posible extraer un poco de agua de los herrumbrosos tubos. Mordí la boca de la llave y empecé a chupar con todo mi cuerpo. Mamaba al principio un aire mugriento, desechos de una vida vegetal seca, ardiente. Contraído, esperé a que llegase el primer suspiro húmedo, luego fue el segundo, y otro, hasta que escupí un buche largo dentro de la caja del reloj.

Poco a poco en la caja se fue acumulando un líquido amarillo y espeso, con algunas vetas blancas que dejaban lucir la madera del fondo. Cuando creí que ya había suficiente, consolado por la rapidez con que el agua del vaso iba tornándose cristalina al entrar en contacto con él, apoyé la caja en mi cintura y eché a correr dando saltos de insecto para no lamentar la pérdida de una sola gota. Allí me esperaba, medio cuerpo abultado fuera del vaso, intentando con todas sus fuerzas destornillarse del vidrio que le hacía daño.

Alcé el vaso en una mano, resuelto a desgajar su contenido como una bola de helado dentro de la caja del reloj. Estalló el vaso en el aire y, sin que tuviese tiempo de evitarlo, me vi buscando equilibrio para aquella masa entre mis dedos. A través de un instante interminable, y sin pleno acuerdo mío, fui arrastrado desde lo más profundo por el deseo de arrojarlo a un rincón, echarlo fuera, a la oscuridad. Un deseo ciego, que casi a la par se mordía la cola para hacerme sentir avergonzado como un delincuente. Se suponía que aquello alcanzara un lugar definitivo, pero entre mis dedos tampoco dejaba de crecer.

Escuché caer una gota en algún rincón. Pensé con entusiasmo en el fregadero, el lavabo, la ducha… La segunda gota no se hizo esperar para sacarme de dudas. Sobre madera repicaba el agua.

Contrariado por la idea de un aguacero busqué en el techo alguna grieta, y solo tras arañar con los ojos casi todas las tejas pude descubrir una extraña humedad haciéndome cosquillas en las plantas de los pies. Se derretía entre mis manos, indefenso, goteaba dura, aceleradamente, yéndose entre las tablas del piso. Entretanto, ¿cómo podía proseguir con mi cómodo papel de testigo? ¿Yo, sano, de pie en medio del charco?

Sin pensarlo, golpeado por un resorte profundo, salí corriendo en busca del fregadero. Calculaba por el camino cómo le pondría un tapón al desagüe y lo metería allí. Pero encontré el fregadero atestado de cáscaras y platos.

Doblé a la izquierda, crucé el cuarto de los cojines y el de las cajas de hierro, y entré al baño. Hallé entonces la bañadera convertida en un cementerio de cepillos, cantinas plásticas y adornos de pared.

No quedaba tiempo para cambiar nada de sitio. Las últimas gotas se deslizaron por mis antebrazos y saltaron desde los codos. Con ellas dejé escapar un suspiro, no sé si de alivio.

Siguiendo el rastro húmedo y con un nudo en la garganta, volví a la sala. Sin mayores trabajos encontré el punto donde habían caído las primeras gotas. La tabla estaba floja y saltó apenas al roce de los nudillos. Abajo el agua era espesa, oscura.

Quise hundir un brazo para registrar, pero lo encogí instintivamente al comprobar el frío glacial. Puse otra vez la tabla en su sitio.

Con la ayuda de una espumadera logré destrabar otra tabla, ahora en el comedor. También por allí el agua era infernalmente fría y oscura.

Me arrastré por toda la casa levantando la madera del piso, hasta que arribé a este rincón, donde tras darme cuenta de cómo el agua seguía siendo la misma y no me dejaba ver, me quedé mirando la sombra.

Mis pupilas terminaron por acostumbrarse a la oscuridad. Lo he visto. El sentido exacto de sus dimensiones hace mucho que perdió para mí toda medida de comparación, ni siquiera el alma me sirve. Ahora lo más fácil sería diferenciar su espalda de su pecho, el brillo de sus uñas del de sus ojos.

Sí, tiene ojos. Y por primera vez no me he sentido desnudo en su presencia, porque no es a mí a quien mira.


En: Reserva federal (Relatos. Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, Cuba, 2002).