Luis Álvarez Álvarez

«La posesión infinita se esconde, como almendra de rareza escanciada, en la poesía de Francis Sánchez, que sabe al hombre desasido de todo dominio: «Ni la palabra noche, ruido o pecho / son mías, ni la palabra palabra». Pero esa misma ausencia de dominio, esa independencia misma del Verbo, lo convierten en quien, por esencia, ha de elegir con misteriosa libertad. Su primer gesto, por tanto, es ser malabarista de todas las palabras, acariciadas en ademán de selección profunda: «La victoria / es trazar hondas y altas catedrales». Se trata de partir, partir siempre en una búsqueda infinita, que sea y no sea un eco de Mallarmé o de las más bajas palabras: nada es suyo, y tiene que apropiárselo. De aquí que la construcción misma de la poesía —y, por ella, de una visión del universo—se adueñe gradualmente del discurso lírico. Pero no con serenidad de conquistador abrupto, con soberbia de dominador. La voz del poeta, desposeída por principio, busca adentrarse, comprender, ceñirse a la infinitud de ecos de lo humano. Así puede entonces interpelar, humilde, a un niño suicida: «¿Con qué temblor, con qué corpulenta blancura / ya entrabas a la vida, que hirió tus ojos tanto? / Préstame sólo un poco de ese divino espanto / para no acostumbrarme a andar en la espesura». Sus párpados cerrados, pues, son su patria esencial, y se lanza, abriéndolos, a una conquista de sí mismo por vía de la inmensidad del mundo, como un homenaje tácito, apenas discernible, al ojo humildísimo de Antonio Machado, cuya esencia no era ver, sino ser visto, aprehendido, rebasado por el hervor ajeno».


«Para instalarse en Estación interior», prólogo a la antología Estación interior, Ed. Ávila, 2003.