La libertad de ser nadie


Acercarse a Francis Sánchez, leer su poesía, es como penetrar en posibilidad lúdica de un niño cuyos juguetes fueron siempre las palabras. Poeta precoz y sensitivo, su obra proyecta una construcción sólida en el hallazgo de nuevas preguntas para antiguas respuestas. Dueño de un discurso que se manifiesta desde la tradición y alcanza un estado alquímicamente puro, es una de las voces que ha logrado hacer del dolor una experiencia sublime, arrancándose el miedo, hurgando en la nada, sintiéndose nadie.

Semejante extrañamiento no le ha impedido recuperar momentos y espacios de la cultura que ha investigado profusamente, y que le han posibilitado hacerse de un arsenal bien contundente a la hora de explorar sus propios sentimientos y verterlos en el papel, junto a las gotas de sangre, de un rojo bastante espeso, que salpican con total sinceridad esas palabras que alinea magistralmente para formular versos de una pureza categórica.

Francis, aunque prefiere, como todo poeta, el silencio y la soledad (en más de una ocasión ha dicho que su trabajo ideal sería cuidar de un faro); muy bien que se enrola en cualquier multitud, y es capaz de movilizar los sujetos de cualquier especie, dándole impulso a todo proyecto o labor que requiera de su capacidad para reaccionar con suficiente rapidez; lo cual no limita su intuición, ni el fino humor que lo caracteriza. Por eso advierto que a nadie engañe su aspecto bonachón, y esa apariencia de niño tranquilo, buen muchacho que prefiere la pereza del hogar, las temporadas tranquilas del invierno en una tibia madriguera; muestra es este diálogo donde nos otorga diferentes claves, que nos permitirán acceder, de un modo más eficaz, a su poesía.

Llegaste a la literatura, y en sentido general a la cultura, de una forma bastante temprana. Sin duda hubo una serie de momentos, de circunstancias familiares, genealógicas, que signaron ese destino. Concretamente: ¿cómo se manifiestan estas confluencias en tus orígenes?

Con el paso del tiempo es que he podido mirar atrás, por supuesto, y conectar muchas cosas que me parecían carentes de proyección, para darme cuenta de cómo habían determinadas energías en mi vida, mi familia, mi entorno, que decidían algunas formas de mi destino sobre las que en este momento puedo sentirme más consciente, como lo es la poesía. Vengo de una familia común en un lugar más común, que se debatió por salir de la nada, del hambre, el azar y la ignorancia, y lo hizo con gran angustia pero también con dignidad. Encontré un marco de resistencia, atomizado, donde aún brillaban los rescoldos de la ilusión y la cultura. Al final, revisando, veo que tuve un abuelo, un padre, una madre y, en general, una familia que cooperaba agónicamente para hacerme gente. Mi abuelo, quien terminó sus días bajo mi mismo techo, al cuidado de mi madre, era un hombre que en sus mejores años había recorrido Cuba en busca de trabajo y siempre abrazado a una guitarra, tenía un halo maldito porque aparentemente se había dado al amor fácil, a los guateques y a una vida demasiado alegre tomando en cuenta las necesidades que dejaba en casa, aunque mi abuela, que era recia y autosuficiente como la primera roca del mundo, nunca se casó con otro hombre y sacó adelante a todos sus hijos. Él conocía los secretos y milagros de la vida humilde, sabía cómo vivir siempre a ras de tierra y no morirse de hambre ni de tristeza, haciendo anillos con alambres, medios y pesetas, fabricando colchones, etc., y siempre con una décima a flor de labios o una frase lapidaria de Vargas Vila, pues se había leído todos sus libros. Por cierto, a veces le reprochaban esas lecturas como si se tratase de un pacto con el demonio, obras imposibles para mí, porque se trataba de libros que estaban desterrados de la sociedad, ello despertaba aún más mi curiosidad. Fui, en gran medida, su confidente durante sus últimos años y conocí a un hombre extremadamente bueno, frágil, lleno del susto y el encanto de vivir con muy poco. La calidad de mi padre, de su vida y su suerte, creo que nos marcó a todos en casa, no solo a mí que soy el más pequeño de los tres hermanos y desde que abrí los ojos al mundo le encontré con una pierna desbaratada por un accidente del tránsito, siempre arrastrando sus pies a todas partes, con una eterna úlcera en el lugar del tobillo, consecuencia de los pasadores de hierro, para ganarse la vida gracias a su fama del mejor mecánico de Ceballos y alrededores. Mi padre tenía un gran tocadiscos y una enorme colección de discos de acetato, con marcas de RCA Victor y otras, que eran su vida, cada noche después de rasparse la grasa de los tractores se entregaba en solitario a aquellos conciertos que ahora me parecen algo fantástico. Adoraba la música tradicional cubana, sobre todo las buenas letras, y la mexicana y española, aunque tenía discos de toda buena música, incluyendo la clásica. También leía empedernidamente, veía películas sin parar y tenía una memoria inmensa. A mí ya me tocó conocer a un hombre que no aspiraba a nada aparte de dejarse llevar por los años, ni siquiera le importaba cobrarle o no cobrarle a sus amigos, al parecer su único orgullo era que se mantuviera en firme la fama de su inteligencia, como su habilidad para identificar el problema de un motor con solo escucharlo y que a todos les hallase arreglo. En una oportunidad, ante mi reproche, me dijo que le habían arrancado todo y ya era bastante que siguiese vivo, sin esperanzas, entonces yo no lo entendí, y con el paso del tiempo fue que vine a descubrir algunas claves de su vida, aún lo hago. Hijo de inmigrantes canarios extremadamente pobres —tengo en mi árbol genealógico a un bisabuelo marinero de la isla La Palma—, trabajó mucho la tierra, ahorrando centavo a centavo, estudió mecánica por correspondencia gracias a uno de aquellos cursos que se promovían en la revista Selecciones, se enroló de ayudante en un tallercito, terminó comprando la nave que pasó a ser el lugar donde se arreglaba cualquier cosa a los vecinos, lo mismo un fogón, una bicicleta o un tractor. Como buen pichón de isleño, escribía décimas ocasionales en una libreta que era su libro de bitácora. Al lado del taller estaba el cine del pueblo y no paró hasta llegar a un trato con su dueño para comprárselo, es decir, empezar a pagárselo a plazos, algo en lo que se empleó a fondo, incluso se llevaba aquel cine en una vieja máquina por los montes y bateyes más intrincados, aunque no pudo terminar de pagarlo antes de que llegase un interventor a cercenar sus sueños y solo le dejase por cortesía los discos que ese día uno de sus hijos pequeños reclamaba llorando. Mi madre, tías, primos y parientes se refieren a la etapa del cine como una época de ensueño, pues todos se involucraron en la aventura. Él iba a La Habana a contratar personalmente los filmes que luego llegaban en el tren, y se preocupaba por hacer los estrenos más espectaculares, usando bocinas para llenar de música el pueblo. Cuando se oía un vals específico, llamado Voces de primavera, todos sabían que al finalizar empezaría otra tanda y se movían hacia el cine. En fin, crecí en ese pueblecito, Ceballos, donde la tierra colorada y la lluvia se mezclaban demasiado bien, donde el mejor entretenimiento estaba al lado de mi casa y era un cine de tabloncillos que antiguamente había sido propiedad de mi padre. Éramos pobres, la casa donde crecí había quedado a medio hacer, a mitad el techo, sin terminar las paredes, pero en compensación tenía el azahar concurrente de los naranjales infinitos. Luego también había en la casa un viejo librero y mi hermano mayor, Félix, a la postre gran narrador, se las daba de poeta en los pocos momentos que se lo permitían sus obligaciones como recluta: lo obligatorio del servicio militar, él lo había convertido, con escasos 16 años, en un juramento de servicio permanente dentro del Ejército Juvenil del Trabajo (EJT). Desde entonces, Félix se ha ganado un nombre y un respeto por su sentido ético, y su talento como escritor es bien conocido. Mi otro hermano, Fernando, también es un buen ejemplo de autosuperación. Casi de niño estudió fotografía por su cuenta y era como que el artista del lente por aquellos parajes. Tuvo su primer trabajo limpiando piezas en el taller de la empresa agrícola local, pero poco a poco se hizo Electricista A, que ya era una metamorfosis maravillosa a los ojos de la vecindad, y creó un grupo musical llamado Cítrico 80 que era el arrebato de los guajiros, donde tocaba el bajo. Parte de mi orgullo infantil obedecía a que mi hermano, Agamenón le decían por su gran tamaño, sobresalía dentro de la banda que llenaba la pista del pueblo cada fin de semana y en los carnavales. Él fundó por la misma época un grupito de cineastas aficionados, luego se convirtió en un corresponsal para los medios provinciales y estudió por las noches y siguió estudiando hasta que se graduó de periodista en la Universidad de La Habana: sería profesional del periódico y la emisora radial provinciales, trabajaría incluso para la revista noticiosa Haciendo radio de Radio Rebelde, en la etapa más estelar de este espacio, cuando era el más oído en Cuba. Con el tiempo Fernando y yo nos hemos juntado para hacer nuestros primeros audiovisuales, como Patria de mis ojos, dedicado al poeta Roberto Manzano, que terminamos a fines del 2009 en homenaje al 60 cumpleaños del gran poeta avileño, pero que, a pesar de las buenas opiniones recogidas, solo logramos que, después de mucho sudor y lágrimas, la televisión provincial lo pusiese casi un año más tarde y tramposamente, cuando ya se había estrenado incluso en otras televisoras regionales.

¿Eres consciente de en qué momento se produce el encuentro entre la poesía y tú?

Desconozco cuándo empezó exactamente, yo sé que no termina de empezar. Mis primeras publicaciones: unos poemas que fui enviando al semanario Pionero, cuando tenía unos 12 años. En 1985 apareció mi primer conjunto de versos, el plegable Empapado por virutas de mil colores (Dirección Municipal de Cultura).

Pero, ¿por qué necesariamente la poesía?

Es una cuestión agónica, necesidad de alivio y de ir tanteando una salida, una verdad. Quizás no veo otra manera para defenderme de lo conocido, pero sobre todo de lo desconocido. Aunque lo más seguro es que yo sea tan inútil que no pueda más que concentrarme en la poesía, una forma de no hacer nada, vivir en un estado de víspera permanente.

¿Qué voces poéticas, o libros, han marcado más significativamente tu obra?

Que me hayan marcado más, no sé, de ello daría cuenta mejor el rendimiento de mi obra. Con los que he creado cierto arco de tensión, que me hayan satisfecho o significaran un estímulo importante, acumulo unos cuantos. Hay un libro, no precisamente de versos, para mí el gran banquete: El juego de abalorios, de Hermann Hesse. He tratado de ir por los buenos poetas y vencer esas barreras que aparecen en el camino de la comprensión. Creo que he evitado por lo general ese tipo de lectura parasitaria que solo se adapta oportunistamente a lo que mejor puede aprovecharse en la práctica para una formación personal. De Cuba, hay un grupo de nombres que son como claves de acceso personales para avanzar. Julián del Casal parece una especie de avatar de la poesía, su encarnación y expiación entre nosotros. Juana Borrero, el misterio luminoso de la fugacidad, quizás único verdadero genio. Luisa Pérez de Zambrana, temblor, equilibrio al límite del abismo. José Lezama Lima, la metáfora total. José Martí, epifanía, en especial su Diario de campaña. Con Eliseo Diego tuve una lectura muy cómplice, nimbada luego por el cariño cuando tuve la oportunidad de conocerlo y visitarlo varias veces. Además, Virgilio Piñera, Fina García Marruz, Dulce María Loynaz, Jesús Orta Ruiz, Luis Rogelio Nogueras, Raúl Hernández Novás, Heberto Padilla… Aunque sea un poco ficticia esta dualidad, trato de aumentar el número de capacidades abriendo aquí otra entrada para los no cubanos. Sin Rainer María Rilke y sin César Vallejo quizás sería una estafa tener una palabra como poeta en los diccionarios. El siglo de oro español —o mejor, los siglos— fue algo crónico que contraje siendo muy joven. De Góngora, me fascina la libertad, el descaro de levantar un monumento tan grande a la imaginación. Si uno se lee bien a Quevedo, como yo venía haciendo, puede sucumbir a la tentación de no escribir y dedicarse a gustarlo, algo muy arduo. Sor Juana me hizo sentir la alegría por las vidas y milagros de las palabras. El santo patrono de todos los poetas, lo inefable. A Shakespeare lo leí como quien recibe una carga de símbolos, a los que debía hallarles espacio; Dante, la escritura en reemplazo del cosmos. Fue muy estimulante para mí encontrarme con Borges, cuestión de lenguaje y gracia, así como con T. S. Elliot y Dylan Thomas, creo que por motivos muy diferentes. Fernando Pessoa me parece el poeta más inteligente que haya existido, a veces pienso que basta para cerrar la historia de la poesía y evitarnos mucho cloqueo.

¿Qué momento te parece el más apropiado para escribir/leer la poesía?

Cuando estoy triste, cuando no tengo esperanzas ni refugio para huir del espanto del mundo, suele funcionar mejor si es de noche y una pobre señora no quiere venderme un jarro de limones.

¿Y esa realidad de la vendedora de limones influye en tu obra?

Todo me cierra el paso para que yo tenga que volver a mí, a la poesía. Así más o menos lo leí en alguna parte y me di cuenta de que era justo lo que me pasaba. Por otra parte mi obra es mi realidad, la única que debiera importarme, aunque con frecuencia me dejo llevar por otras y me gusta.

¿Existe algún tema en particular que te interese tratar en tu poesía?

A priori, nada me sobra.

Entonces supón que tuvieras que definir tu discurso poético. ¿Cómo lo harías?

Lo cierto es que la mayoría de los patrones literarios me parecen sospechosos cuando desde antes del hecho poético ya están allí con demasiada prepotencia. No me siento atado a ninguna forma. Quizás esto sea una limitante muy grande, porque lo mejor pudiera ser adoptar un recipiente, un estilo o un discurso, que sepamos que resista todo nuestro vertimiento y dedicarnos a llenarlo una y otra vez, con el estímulo y el orden que imprime en un espíritu saber los bordes y el fondo a que se aplica. Pero no soy así, qué le vamos a hacer. Me encanta que el poema, incluso el libro, surja de la entera libertad y abundancia de posibilidades a que puedo sentirme tentado desde todas partes, que su fuerza y límites sean únicos en cada momento, expresión de la singularidad de la vida. No sé si lo logro, solo hablo de una expectativa en que se funda mi experiencia.

¿En qué lugar de la tradición literaria ubicarías tu obra?

Debiera caber entre Adán y Eva, no más. Me gustaría que se deslizase entre La Divina Comedia y esta palabrita repetida, llenando una página: «Grito».

¿Cómo sueles escribir tus poemas?

No hay un método único. Por lo general es angustioso y demora.

De tus poemas, ¿cuál te parece mejor?

Todos son solo apuntes en una preparación para el de verdad, que ya casi está a punto.

Ser poeta, para ti, qué representa: ¿limitación o ventaja?

Se aprende a buscarle sentido a las insuficiencias y a veces hasta algo se halla.

¿Qué representa para Francis Sánchez ganar un premio?

Nada que ver con la poesía. Pertenece al entorno de las frivolidades de la vida literaria, la broma pesada permanente del mercado agropecuario y la empresa eléctrica y sus tarifas.

¿Y publicar un libro?

Solo significa poner un poco de orden dentro de la literatura en que vivo inmerso y que siento como un gran caos. Una vez publicado un libro, se cumple la fatalidad y debo dejar a un lado determinados trozos literarios, eso me concede más espacio para respirar y seguir registrando. Creo que todo lo que ocurre fuera de la escritura es un gran equívoco, aunque lo que pasa puertas adentro no lo sea  menos, pero parece que esta es la única parte del entierro en que a uno le han dado vela.

¿Esperas alcanzar reconocimiento o fama como escritor?

En honor a la verdad, no espero absolutamente nada. Aunque, en honor a la verdad de la verdad, creo que lo más decente es no perder las esperanzas hasta el último momento, por el bienestar de quienes dependen de mis habilidades para comer y vestir.

¿En tu opinión cuál será el futuro de la poesía?

He pasado por muchas etapas históricas del ánimo, digamos que estuve en el clasicismo, en el romanticismo, así tenía ilusiones y todo era muy divertido… pero ahora, sinceramente, no creo que la poesía sea collar del futuro sino viático del presente. El futuro es un código muy alterado, una manía de tramposos, políticos y falsos profetas que no se conforman con cobrarnos el diezmo de cada día y quieren endeudarnos también por lo que nos falta por vivir. No veo futuro. Vivo como puedo en la poesía de la que alcanzo a agarrarme en cada momento. Sí, me parece interesante que a próximas generaciones les sea apetecible lo que a mí me alimenta o me alivia, pero en realidad no creo que tenga que funcionar de ese modo para que sea mejor.

¿Qué proyectos literarios más inmediatos tienes?

Al revés, ellos me tienen. Son demasiados —demasiado confusos, demasiado ambiciosos, etc.— y no sé cuáles van a ganarme al final, así que no puedo correr riesgos revelando mis preferencias desde ahora. Te puedo hablar de lo que está hecho ya, aunque no publicado: una novela para jóvenes, una novela en décimas, una exposición de poesía visual que debe recogerse en un libro, un ensayo sobre la influencia de Casal en Lezama Lima (y a partir de ahí intento una retrospectiva del «fermento Casal» en la historia de la poesía cubana), un par de libros de cuentos y novelas, tengo tomos de sueños anotados que pueden ser novelas, o cuentos, o poesía, o simplemente sueños.

Muchos escritores y artistas ven, el hecho de residir en el interior una limitación, o fatalidad, que signa sus carreras. ¿Qué idea tienes tú? ¿Provincia o capital, destino o elección?

He ido de una posibilidad a la otra, porque creo en todo lo contrario: ni lo uno ni lo otro. De alguna manera hay que romper el maleficio con los pocos recursos que se tienen a mano en medio de tantas trampas, y quizás una vía sea la del conocimiento a fondo, para superar esa angustia, es decir, agotarla.

 ¿Ciego de Ávila: amor o desamor?

He tratado de inventarme con algo de amor esa provincia que mencionas, aunque para ello tuve que trabajar primero en ese amor sin compromiso hasta que quedó más o menos tangible, sabes a qué me refiero (darme a hacer revistas, investigaciones, antologías, eventos, etc.), pero de todos modos fue inútil. Yo sabía que al final el lugar donde me había quedado a vivir no me lo perdonaría, y así ha sido. Realidad e irrealidad se funden dramáticamente en la vida provinciana, amor y desamor dependen de saberlas distinguir. En definitiva, la representación de una sociedad muy centralizada pende de pocos hilos, y eso se vive con mayor tensión en los niveles inferiores del orden social, como en las pequeñas regiones. La suerte de mi lugar definitivamente resulta para mí un infierno cándido. A veces me lo explico como una liquidación generacional. Soy uno de aquellos jóvenes que irrumpieron a principios de los años 90, con la caída del muro de Berlín y el llamado Período Especial. Salimos a la calle y entramos a la poesía a ganarnos la vida con las uñas, esperando libertad y dándonosla, iconoclastas, pisábamos los miedos de mucha gente sobre los que habíamos crecido. Pedíamos, por ejemplo, que la Asociación Hermanos Saíz se desgajara de otras organizaciones políticas y fuese independiente. No teníamos nada y a poco aspirábamos. Nos definía la negación a que nos domesticaran. Tuvimos que rechazar por primera vez que alguien revisase y aprobase el poema que íbamos a leer públicamente, mandamos a callar por primera vez al agente «secreto» que presidía siempre las sesiones del Taller Literario, íbamos a la iglesia y tratábamos de sacar a la virgen en procesión cuando lo uno estaba mal visto y lo otro prohibido. Nuestros poemas hablaban sin complejos de creencias religiosas, deseos suicidas, otras preferencias sexuales, planes de emigrar, citábamos a malditos o exiliados, hacíamos comparaciones directas con las obras y los hechos trágicos del estalinismo. Nos tocó dejar sin uso clasificaciones como «literatura revolucionaria» que habían sido lugares comunes. Nuestra libertad psíquica era tan espontánea y vital que incluso nos sentíamos por encima de la realidad, apuntábamos al desasimiento y la independencia espiritual, pasando por alto el hecho de que las circunstancias macrosociales fueran las mismas, quizás confiábamos que más tarde o más temprano la historia política nos alcanzaría y se pondría en frecuencia con nuestros espíritus y todo lo que ya aquí se había derrumbado. ¿Qué pasó? Nada. Solo pasó la década de los 90 y sentimos otra vuelta de tuerca. No sé si distingo bien, pero cuando miro alrededor veo que los de la generación del 80 que no emigraron, por lo general han sabido adaptarse, heredaron la habilidad evolutiva de los coloquialistas y la generación del 50, maestros en eso de llegarle arriba al poder, en definitiva los suyos eran pecados más de transición. La mayoría de aquellos jóvenes de los noventa aún tenemos el estigma de los excesos de pesimismo y libertad a que nos entregamos, porque lo hicimos tan descarnadamente. Vivimos marcados por la llama espiritual de nuestra libertad, pasión que por lo general no conducía a nadie hacia ninguna parte. Y precisamente nada nos queda por hacer aquí para pasar a mejor vida, salvo una demostración de exceso de virtudes domésticas, propias del domesticado. Lo cierto es que hay que tener mucho valor para vivir en paz en el infierno.

¿Qué opinión te merecen tus contemporáneos, quienes viven en la misma ciudad?

¿Es decir, los avileños…? Bueno, me parece un poco forzado hacerme un criterio realista sobre esa, digamos, forma difusa de la conciencia colectiva. Ahora que me doy cuenta, dudo que existan. Tal vez mañana sí; pero, por hoy, no existen del todo.

Llegamos casi al final y quisiera hacerte algunas preguntas que le propicien a nuestro lector un conocimiento más íntimo de Francis Sánchez. Empiezo con el lugar común, que no deja de ser interesante: ¿Qué libros llevarías a una isla desierta?

Uno que tuviese márgenes muy amplios, donde escribir. Y si fuese la Biblia, mejor. Creo que en esa situación no debe ser un pecado.

¿Tu color favorito?

Nunca me lo planteo, pero quizás el azul.

¿Qué prefieres comer?

Dulces y dulces.

¿Vicios o adicciones?

No fumo, no soy esclavo de ninguna bebida aparte del agua, y no me apetece el café. Creo que me gusta de un modo irreprimible, cuando oigo o leo una definición, pensar exactamente todo lo contrario.

¿El mayor defecto de Francis Sánchez?

Yo.

¿La mayor virtud?

Mi esposa, Ileana, y mis dos hijos, Francis Rafael y Fredo de Jesús.

Aparte de la literatura, ¿qué otras pasiones tienes?

Jugar y hacer excursiones con mis hijos por los alrededores de la ciudad, la depresión, poner orden en mis lecturas, los sueños, la naturaleza, la libertad y la nostalgia, valga la redundancia.

¿Tu música favorita?

Mozart, Bach, Lecuona, Bola de Nieve… La trova cubana, la más tradicional, y un joven menos conocido, Ariel Barreiro. La música de la ópera Cats de Webber, en especial Melody. Todo lo que he oído en voz de Nina Mouskouri. La canción «Qué será», de José Feliciano, desde niño siempre me sobrecogió.

¿Qué películas te han impresionado más?

El cine de Tarkowski influyó profundamente en mi manera de soñar. Me parece una obra monumental La Strada, de Fellini, que conocí primero a través de Raúl Hernández Novás, así como Alguien voló sobre el nido del cuco. Creo que la poética de Theo Angelopoulos es un bálsamo, todas sus obras: La mirada de Ulises, La eternidad y un día… No me canso de ver la saga de El señor de los anillos, y verla junto con mis hijos es algo divino. Me sentí identificado con cierta opresión emotiva y por eso fue muy especial para mí Habana Blues.

¿Qué pintores distingues como significativos?

Fidelio Ponce, el drama del color blanco.

¿Si no fueras Tú, quién te hubiera gustado ser?

Si vamos a salir del bache de ser yo, entonces evitaría caer otra vez en la pobreza de una sola persona. Me gustaría ser multitudes. Las que escuchaban las voces inimaginables de Sócrates, Jesucristo y José Martí, por ejemplo. O las que seguían a San Francisco de Asís al campo, las que veían las puestas de las obras de Sófocles y Calderón de la Barca y las que derrumbaban el muro de Berlín, para empezar.

¿Cuál es el sueño más entrañable de Francis?

Soñar, cosa a que soy habitual, se me da más como una pesadilla, pero si entiendo por dónde viene tu alusión, pensándolo bien el mío pudiera resumirse así: la vida eterna a través del amor de Cristo, y «con todos y para el bien de todos». Aunque, bueno, llegado ese momento seguro me las arreglo para olvidar la resurrección de alguna gente, es mi derecho si se trata de mi sueño personal, porque hay algunos que con una vez basta; nadie es perfecto.

¿Cómo te gustaría ser recordado?

Paso (y con ficha, es de suponer.) 

Gracias, Francis, por acceder a este diálogo entre poetas de La Ciudad de los Portales. Te invito a que nos propongas tres textos, los cuales podrías comentar brevemente; y así cerrar esta entrevista, permitiendo al lector un conocimiento más amplio de tu poesía y tu persona.

Voy a ser disciplinado y mencionarte solo tres, además que comprendo que ya los has tenido en cuenta: «Si pudiera como tú, Juana» (en mi primer libro: Revelaciones atado al mástil), «Plegaria a una foto de Martí entre las cañas» (en el libro Luces de la ausencia mía) y «pedaleo» (en Caja negra), este último más por complacer a quienes se divierten imaginando algunos vasos comunicantes que existen con otro poema de Ileana donde ella dice haber descubierto que yo la trataba de matar en un verso.


En: Ciudad de los Portales: Los Poetas I (Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, Cuba, 2014).