La crisis de la baja cultura

Arturo Arango se pregunta por qué los jóvenes no entran en esta polémica.1 Voy. Nací un año antes del Congreso de Educación y Cultura en que Fornet cifra el inicio del «periodo gris». No sé si aún soy joven, no sé de qué forma el desencadenamiento de este «susto» me pertenece, y si es principio, mitad o final de tragedia, novelón o comedia… ¡Sí me duele esta intelectualidad cubana de la que soy parte, lo que va quedando de nosotros! Es deprimente.

Amir Valle lo ha sugerido con aprensión, lo tengo advertido hace rato: vivimos en lo fundamental fuera de la historia, nos fueron poniendo —y nos acomodamos— al margen, hasta esta posición de cada día, amnésica, inofensivamente al margen. Habrá círculos del infierno más inclementes, celdas de castigo peores, por estrechas, y circunstancias de humillación y ostracismos tal vez más crueles para los huesitos humanos que pueden repartirse los cangrejos, como lo que vivió un Delfín Prats sin derecho incluso a ejercer lenguaje de mudos, o aquel calvario (?) que pudo significar para algún escritor tener que trabajar en las sombras de la biblioteca nacional, cuando no de alguna municipal. Pero no debe de haber al cabo, en nuestra historia, un campo de acción intelectual tan estrecho, asfixiante y por eso tan ridículo, como este del que hemos hecho folclor los escritores e intelectuales cubanos en general durante las últimas décadas

Veo normal que se tema por el regreso de esas «torturas». Pero a mí, entre finales de los ochenta y buena parte de los noventa, nadie me condenó a vender tapitas de litro de leche puerta por puerta, ni a cambiar ropa vieja por libras de arroz en las arroceras del fin del mundo —una parte del fin que queda cerca de la costa sur de Sancti Spíritus—, y nunca tuve la suerte de contar con un verdugo en la esquina contraria —como decía aquel boxeador de un filme: «en el ring al menos sé de dónde vienen los golpes»—, que una «parametración» me obligase a cortar hierba en los naranjales para venderle a los cocheros. De todo eso hice, también temo tener que volverlo a hacer, digo, y no sé a quién temerle. ¿Pobre de mí que ni Pavón tengo? Vuestro barullo es bastante habanero, así vuestras referencias tienen el don extenso de la mercancía con valor simbólico nacional e internacional. Las desgracias humanas arrastran la característica de padecerse siempre demasiado concretas, con fecha, lugar, rostros exactos, pero cuando se vive en un cuartón de provincias el marco contextual de la queja o la comunicación se nos hace polvo en las manos, nuestra sangre como «evidencia» se confunde rápido con la tierra que pisamos, y esas exactitudes difícilmente llegan a hacerse visibles más allá de «la pocilga» (como le decía Arzola al hato de Ciego de Ávila). Si Arzola hubiera escrito que yo y Adrián fuimos a sacarlo de aquel cuartel de Jatibonico donde le habían dado buena tanda de patadas, nuestros nombres no ilustrarían nada. Si yo contara aquí ahora mi calvario vivido —hace muchísimo menos que lo que dista de los años 70, nací ese año— en una oscura editorial provincial para publicar un libro de cuentos, por tener un nombre sospechoso el libro y yo detrás más de un agente en busca de sospechas, agentes con nombres que no dirían nada a nadie —nunca tronados, siempre promovidos—, poco aportaría a esta tragicomedia cuyo tablado central es capitalino. Hay muchas islas dentro de la Isla, historias dentro de nuestra Historia, las edades geológicas —claro, quiero decir ideológicas— en esos lugares no coinciden obligatoriamente con aquellos periodos que parecen empezar y terminar por decreto en un perímetro habanero, también existen muchos niveles de amnesia y mediocridad en nuestro vacío, que van desde la fragmentación de la suerte nacional hasta el desinterés y la indolencia por el otro.

Si jugáramos a otra cosa que no fuera la ingenuidad y el miedo a cogernos con la puerta el dedo de escribir, temeríamos algo peor que estos «crímenes» intelectuales, estos «verdugos» gremiales, jugaríamos a ser menos «intelectuales de farándula», esta versión carnavalesca del «artista de capilla», pues en esa otra dirección es como me imagino que debió continuar en serio el juego de aquella línea ascensional de lo mejor de la intelectualidad cubana del siglo XIX, con Martí a la cabeza, y no menos cívica, comprometida y abierta en el XX, con Varona, Fernando Ortiz, Mañach, Villena y tantos. Para esa tradición que nos juzga desde los genes, los acicates, las necesidades, los problemas culturales siempre estuvieron en el pellejo de todos los cubanos. Es patético este circuito cerrado que hemos aceptado como el nicho ecológico donde debemos vivir y desarrollarnos en lo literario y extraliterario, sin cámara de ecos posible, al margen de los tantos y tan cruciales dilemas de la vida, sin pertenencia a un cuerpo y una fluencia vital que rebase nuestra suerte, preocupados no más que del ciclo de nuestra subsistencia cultural. Circuito que construimos a diario, donde transmitimos y retransmitimos una imagen de nosotros mismos tan ñoña, caricaturesca y reducida.

¿A correr y juntarnos porque salió Pavón en la televisión? ¿Salió caminando una cucaracha que creíamos muerta? Me parece algo divertido en medio de la casa en que vivo, que es tan grande y tiene pendientes problemas y sustos tan graves. Por supuesto, estoy de acuerdo puntualmente con los criterios de Desiderio, sobre todo en esa parte en que subraya la capacidad de desentendernos del destino de los demás que hemos instrumentado, entre unos y otros, casi todos. De las diferencias que tenemos y por las que hay que abogar en el complejo ejercicio de la solidaridad —ateos-católicos, negros-blancos y otras por el estilo refiere Desiderio—, eludimos a veces decir con sus letras la principal, la perentoria: entre revolucionarios y no revolucionarios. Vara de medir que también se guarda el político confuso o desinformado como último recurso. ¿De esa no debemos ocuparnos nosotros, sino única y exclusivamente quienes administran el poder y consultan sus oráculos? ¿Hasta ahí llegamos? Es la combinación que traspasa verticalmente todas las demás, y, en el punto decisivo de la vida o la muerte, es ante la cual otras parecen coyunturales en cuestión de ser o no ser. Entre las filas de marxistas, ateos y religiosos pueden, en distintas circunstancias, haber indistintamente quienes «están» y «no están» con «esto»: algo que fue, y es, la verdadera fuente de trabajo de los colegas de Pavón.

Nuestro hogar y la familia y su agenda de problemas, decía, es tan grande. Por poner un ejemplo: ¿algún intelectual o grupo se ha pronunciado sobre el «plan carretera»? «Plan imagen» creo que le dicen también. Vas mirando por la ventanilla de un ómnibus y crees que te enteras: a lo largo de la carretera todos construyen, todos cambian paredes de tablas y ladrillos por gruesos muros de bloques, echan techos de placa, sustituyen bohíos por casas buenas, etc. Yo me enteré mejor: a mi tía, que vivía al final de un terraplén por donde sólo pasa algún que otro tractor, se le quemó su casa con todo dentro. Así, sin nada, mi tía lleva ya casi dos años, porque están priorizadas las construcciones de aquellos que viven donde puedas verlos cuando pasas en auto. Me parece indecencia mayúscula que, en mi hogar, mi país, con un déficit habitacional tan grande, se juegue de esta manera con una necesidad así, al punto de definir el problema, la respuesta y la economía de los recursos básicos como cuestión de «imagen» pública. ¿No puede ser esto síntoma de un mal gravísimo? ¿Cuándo, en la historia de Cuba, este dejó de ser el tipo de problemas de sus intelectuales? Desgraciadamente para todas esas personas que viven lejos de las carreteras y fuera, muy fuera de los foros públicos y especializados —ni imaginar que tengan una dirección de correo electrónico—, desgraciadamente para el devenir de una nación cuyas necesidades entroncarían siempre con los valores éticos, para la identidad y el sentido de la dignidad del cubano, tales imágenes no entran en nuestros circuitos cerrados, no escribimos de eso, nuestros debates no desbordan nuestros eventos culturales y no escapan a la demanda ministerial, y nuestras revistas especializadas no tienen secciones para eso.

¿Pavón creó el Congreso de Educación y Cultura? ¿Allí los documentos rectores se aprobaron sólo con su voto? ¿Él llenó las calles de la isla con lemas como «La calle es de los revolucionarios»? ¿Es tan difícil imaginar a quién pedirle cuentas en una sociedad tan centralizada y con tanta concentración de poderes? Pareciera que el largo proceso de evolución de los escritores cubanos, con nuestro profundo complejo de supervivientes sociales en medio de los traumas políticos, pasando entre francotiradores y simples choteadores, nos ha llevado a adaptarnos a lo que en algún momento consideramos malformación: saber exactamente en cada momento, en cada situación, cómo mirar para el «otro lado». La valentía me parece algo peor que un despilfarro cuando los golpes van a parar al más indefenso. Es muy lindo, glamoroso casi, recibir un nombre al pie de una vitrina, viniendo de una época así, al parecer cerradita: «quinquenio gris», y tener hasta «verdugo propio» condenado por un tribunal y que concede entrevistas a la televisión. Pero, víctimas de entonces, sobrevivientes, incluso si quisiéramos ocuparnos apenas del pisotón al escritor o al artista, queda mucho por ver aún aquí, ahora, todos los días. Y me abstendré de llevar nota de cada joven o menos joven trastocado en «apestado» por determinados periodos o perpetuamente, no solo en La Habana, también en lugares intrincados de la geografía nacional, como Holguín, quizás por ser un criticón, o por pasarse de determinadas rayas, algunos tan jodidos que ni nombres tienen para que un alguien se cuide de borrarlos u otro alguien se afane en rescatarlos.

Pediré que se atienda a un síntoma peor, de consecuencias más nefastas para la cultura, que no es el «martirio», ni la inclemencia asumida, algo en definitiva consustancial al destino del hombre de alta cultura al menos en nuestra tradición idealista, sino el decadente síntoma de la simulación y el vasallaje, la carrera por ser un intelectual «correcto». La televisión en estos días, a propósito del cumpleaños de Fidel, nos ha traído a determinados personajes tan o más preocupantes que Pavón. Parecen nuevos, desconocidos, pero tienen nombres y rostros de escritores —muchos jóvenes, algunos muy jóvenes— que creíamos conocer desde hacía tiempo, veníamos compartiendo ideas con ellos, creyéndoles lo que escribían, y de pronto están ahí, trajeados, interpretando discursos y papeles tan distintos, de un oficialismo ramplón. Muy muy valientes, muy muy iconoclastas y profundos sólo en el análisis de la situación internacional. La AHS los aúpa como la nueva «vanguardia». ¿Por qué los necesitan a ellos en esa postura? ¿Por qué ellos necesitan montarse esos personajes? ¿No será síntoma de una fragilidad gravísima? ¿Será que, según la idea que tienen de sus vidas, y de acuerdo con las aperturas que la sociedad se permite, no les queda otra salida para que los acepten, «triunfar e imponerse»? Verbalizan su nivel de comprometimiento provechoso, entonces es cuando la vida les empieza a cambiar. Ya están en la televisión, ganarán más premios, recibirán condecoraciones, ocuparán puestos académicos, integrarán delegaciones oficiales al extranjero: son confiables. Es como funciona un sistema decantador que a veces ni se pule y agota en el cerco a la oveja negra, sino precisamente en la promoción y calidad de vida del intelectual que escribe, pero sobre todo vive, en tono de falsete, oportunamente conforme.

La oficialidad refrenda a ese tipo de intelectual, que evita un comportamiento problemático, capaz de convertirse en vocero coyuntural, o de prestarse para confundirse entre la masa coral, dando la imagen de que las consignas y los discursos gastados, impersonales, también provienen de los cauces por donde se van armando las calidades artísticas de sus obras. Intentamos, aprendemos a sobrevivir en las grietas del pedazo de espacio al aire libre que nos tocó. Este efecto camaleón es, también, aceptémoslo, herencia de nuestros periodos grises, legado de nuestro afán de supervivencia y nuestro endémico instinto de adaptación. Lo peor es que la vida pública y la oficialidad en Cuba son un mismo y único espacio, y las grietas que la política deja en la realidad pueden hacerse tan pequeñas que —ay, Borges— finalmente ni Dios habite en ellas. Entre ese miedo que nos sube la adrenalina, miedo a otros «fantasmas», como a un decrépito Pavón, debíamos dejarle lugar a un poquito de vergüenza por nosotros mismos.

En Ciego de Ávila, Cuba, 12 de enero de 2007.

  1. Este escrito lo envié y circuló por la red de correos electrónicos, en los primeros días de 2017, durante lo que se llamó «La crisis de los emails», o «La guerrita de los emails». Protesta masiva que, aunque parece muy conocida y quedó ampliamente documentada en la web, no se ha contado ni medianamente bien. Desde un primer momento, los hechos iban a ser manipulados, tergiversados, incluso por algunos de los intelectuales participantes o que entraron rápido en escena dándoselas de exégetas socorristas. Ocurrió que, cuando Fidel Castro enfermó y cedió el báculo a su hermano Raúl, Ministro de las Fuerzas Armadas, había un miedo generalizado a que volviese la política de mano dura contra los artistas, pánico a que el General de Ejército apostase sus hombres fuertes otra vez al frente de la cultura, y ese estrés explotó a la mínima oportunidad, cuando en un programa televisivo («Impronta») rindieron homenaje a Luis Pavón, funcionario cultural de los años 70. Por entonces, para escritores y artistas habitantes de Cuba, el uso del correo electrónico era la forma más inmediata y extensiva de lanzar una alarma, y se desató la avalancha. Escribíamos, y mandábamos copias de lo recibido, a toda nuestra libreta de direcciones. Teníamos la disculpa, la coartada, de redactar unos textos catárticos en formato de mensajes privados, cuya reproducción inmediata (reenvíos) no era de nuestra total responsabilidad. Sin otras libertades, sin Internet, sin blogs, contábamos en el correo electrónico con nuestra única posibilidad de llenar un ágora o de crear un foro. Salieron a relucir muchos problemas, no solo del pasado, no solo materia de archiveros. Pero, enseguida hubo quienes llegaron a un acuerdo con las autoridades para cerrar la Caja de Pandora y ponerle una etiqueta, revolucionariamente. Interesaba recuperar el silencio y, para ello, era necesario construir un relato que redujese el malestar a un tema de memoria histórica, al caso específico de un programa de la televisión, y a la supuesta asignatura pendiente de contar bien qué pasó en el «quinquenio gris» (1971-1976). En realidad, lo más conveniente seguía siendo evitar que se hablase del presente. Según la versión más tranquilizadora de lo sucedido, aquel anacronismo de homenajear a un defenestrado sería el único factor desencadenante de la cadena de correos, y el error a rectificar, con lo que el reparto de actores o intelectuales participantes se redujo a las viejas víctimas de Pavón que habrían tenido razones justificadas para alarmarse y a los primeros que se hicieron eco del pánico, o sea, la élite de La Habana preocupada con perder beneficios, prestos a sentarse en torno a un buró. Enseguida se dieron esos diálogos con dirigentes de la Televisión Cubana y del Comité Central del Partido. Allí quedó zanjado «el problema», superado aparentemente el miedo irracional. Lo que vino después sería un arreglo de la escena, para eliminar cualquier evidencia de mayores crímenes. Y la élite se repartió en comitivas por aquellas provincias desde donde algunos habíamos levantado nuestras voces, llegaron escoltados por funcionarios de primer nivel, decididos a explicarnos a nosotros mismos qué (nos) había pasado, como si la cualidad real de los acontecimientos estuviera supeditada sólo a su instancia. Un escritor, Senel Paz, el viceministro de Cultura Fernando Rojas, y uno de los vicepresidentes del Instituto Cubano del Libro, Fernando León Jacomino, viajaron hasta Ciego de Ávila para intentar aleccionarnos durante una larga noche de debate en un salón de la Casa de la Cultura. El despiste de un programa que había mostrado en la pantalla a Luis Pavón luciendo sus medallas, era al parecer la prioridad social de los intelectuales: hacer una buena arqueología, informar el pasado, es decir, ceñirse al pasado. Apareció una nota de la UNEAC en el periódico Granma que, por supuesto, no informaba nada de la catarsis vía email, con contenidos muy actuales puestos en juego, sino que apuntaba apenas un gazapo de la política cultural de la televisión. Ileana Álvarez y yo, miembros de la Unión, enviamos una carta abierta, rechazando aquel comunicado. Como consecuencia, Fernando León Jacomino reaccionó, remitiéndome muy particularmente una carta abierta (otro email), denigratoria, que se convirtió en la única participación pública de un funcionario o representante del Estado dentro de aquella «guerrita». Cuando más combativo se ponía el vice, enumeraba mis cobros de derechos de autor por libros publicados en Cuba, como si se tratara de una prueba de mi compra al contado y, por tanto, la traición a mis dueños. Le respondí, y el ciclo de esta polémica apareció en algunos medios en el extranjero, nunca en Cuba. Lo más importante que vino entonces, fue que Desiderio Navarro, el primero o uno de los primeros en haber respondido con susto ante el televisor, convocó a un ciclo de conferencias para reescribir la protohistoria de la Revolución. Un año después, en la Feria del Libro de 2018, Desiderio pasó por Ciego de Ávila en una gira nacional, acompañado por el Ministro de Cultura, Abel Prieto, presentando un libro con las conferencias organizadas desde su Centro: La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión (Centro Teórico Cultural Criterios, 2007). Nadie me invitó y no asistí a esta presentación en el parque central de Ciego de Ávila, por supuesto. Nuestro teórico y traductor, sumado como la mayoría al relato historicista del poder, pretendió cerrar el compás de estas polémicas en el momento en que su grupo acudió a reunirse con los dirigentes del país, incluso llega a afirmar (lamentar) que ningún funcionario participó en la tormenta de ideas desatada sin previo aviso, mentira muy repetida que desconoce la carta abierta que Jacomino me dedicó y, de paso, ignora todo el pandemonium que salió de aquella Caja de Pandora y que nunca consiguieron volver a tapar. Mi artículo «La crisis de la baja cultura», tuvo repercusión en otros trabajos escritos y circulados por entonces, recuerdo en especial un texto de Víctor Fowler; se reprodujo en las revistas Encuentro de la Cultura Cubana, Consenso, Vitral, La Habana Elegante, y en Diario de Cuba. Antonio José Ponte describe nuestra «guerrita» en su libro Villa Marista en plata: Arte, política, nuevas tecnologías (Hypermedia, 2014).