Gran carpa


Somos artistas de un circo que pasó, hijo. Todo lo que retenemos, todo lo que medimos con la palabra se mueve sobre un silencio delgado, casi transparente, antes de saltar por un cero en llamas.


Es una vieja tradición familiar.


Una hermana de tu abuela, con menos de veinte años, recorrió desnuda el pueblo, luego escapó en una bandada de ilusionistas, y no regresó hasta haber empujado a un hombre por un barranco. Aquel, la había invitado a su choza al verla bailar sobre una esfera, pero a mitad del trillo parece que sintió miedo y la amenazó con una navaja. Mi madre se fue a trabajar a La Habana con una sola muda de ropa; con una sola esperanza de ser tocada por una letra de neón, extrajo el brillo a los mosaicos y a las cucharas hincándose de rodillas en sus ojos más negros que piedras de río.


Tu padre intentaba segar hierba en los naranjales para vendérsela a los cocheros, aunque al amanecer apenas obtenía un conocimiento simple, que no alcanzaba para recuperar lo invertido: sentir que el rocío es uno, inmenso hijo bastardo, pero la hierba no. Hay muchos tipos de hierba, como la que sustituye las cuerdas vocales de un hombre en el desfiladero, y como otra muy tierna que es la única de que se alimentan los caballos de la ciudad, a la que nunca encontré.


Somos domadores de animales hambrientos que no han dormido en toda la noche.


Tragamos antorchas. Descansamos brevemente en la contemplación de blancuras espesas como espinas.


Nos han encerrado vivos en un ataúd, nos han cortado en siete estuches de bolsillo que no sabemos volver a unir. Nuestras manos aparecen en el lugar de los pies, la cabeza ocupa el bajo vientre. Y, como si no fuera suficiente el caos de esta soledad, a nuestras pequeñas cajas dispersas entre el público las atraviesan con espadas. ¿El dolor debe ser el mayor secreto, la trampa que aún articula esta explosión de los sentidos, puesto bajo llave en otro cofre? Apenas dudamos si el miedo será nuestro o será también otra ficción.


Somos artistas de circo, hijo. Los herederos de una extraña alegría, con un deseo irreprimible de marchar al destierro.


Creo que ya nunca perderé esta costumbre de mirarte al estómago —cuando cierras los ojos—, para comprobar si debajo de ti aún vibra esa cuerda transparente.


En: Extraño niño que dormía sobre un lobo (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006).