Estación interior

Antología / 2003

Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, 2003. Compilación, introducción, notas, diseño y maquetación: Francis Sánchez. Introducción: «Apuntes a (desde) la selección». Prólogo: Luis Álvarez Álvarez. Prólogo: «Para instalarse en Estación interior». Dibujo de cubierta: Nelson Gómez Madero. Ilustraciones interiores: Omar Rodríguez, Elías Henoc Permut, Maikel Mena, Jorge Báez, José Luis Fariñas, Pedro Pablo Oliva, Zaida del Río, Aldo Soler. ISBN: 959-272-020-7.

Índice de poetas antologados: Modesto San Gil, Raúl Luis, Ibrahim Doblado, Nelson Herrera Ysla, Roberto Manzano, Carmen Hernández Peña, Pedro Alberto Assef, Ileana Álvarez, Otilio Carvajal, Francis Sánchez, Arlen Regueiro Mas.


«Hace siglos que intentamos olvidar que la poesía comenzó, en los terroríficos albores primigenios, como un canto coral, y demoró mucho en convertirse en oscuro gemido del que muere. Ambas tesituras siguen válidas, sin embargo. Porque en el terrible viaje del hombre hacia sí mismo —durante el cual, como Jacob, ha de enfrentar, simultáneamente, la asechanza de silbidos inquietantes y la pasión del bien y la belleza—, en ese tránsito misterioso cuya entonación y fibra sólo puede decidir un ser inmenso en su capacidad de logos y de libre albedrío; en ese trayecto, en fin, la poesía, el arte todo, resulta una estación maravillosa, en que a la vez el hombre puede escuchar la transformación intangible de su propia voz, tallada una y otra vez por el filo ardiente de vivir, y, también, la confluencia del grupo humano: quizás por eso de la poesía lírica surgió, a la larga, la poesía dramática en aquella Grecia que apenas podemos imaginar. Pues, al cabo, la poesía entraña igualmente la voz ensimismada en la singularidad del mundo y del poeta, pero asimismo la unidad portentosa de las voces, orquestadas bajo la cúpula intangible del templo que Martí percibiera en la hoy agonizante selva americana. Leer poesía, pues, significa asumirla como un alto, un descenso fulgurante en una estación, desde la cual una vez más se puede decidir un camino en alguna de las direcciones del vehículo —centelleante aeroplano, soñoliento tren preso en sus fierros, artefacto suicida de autopista, platónico Pegaso volador—. Así, una selección de poesía como esta pudiera ser vista efectivamente como una estación interior; incluso, también, como una estación de regresar al origen del trayecto generoso del verso, en esa región avileña extraña, estremecedoramente dotada para la expresión lírica. […]

Por la noticia fortuita de que estos poetas nacieron en Ciego de Ávila, se corre el riesgo de equivocarse gravemente y pensar que este libro es una selección de poesía regional. Quizás lo sea, pero no es eso lo que importa. Lo que hiere de veras en la tal selección, es su sentido de enorme caleidoscopio de la expresión poética cubana, su arquitectura formidable de cámara de voces, enigmáticos signos de eras que se funden en una entonación discordante y, sin embargo, hondamente sinfónica, concertación de afanes, de creación cumplida, estación interior en que es preciso detenerse, porque nos hace saber que la poesía se inventa siempre, emerge para siempre como una deidad húmeda, estremecida y nueva, y que, en cualquier parte, descubre también al ser humano levantándose desde el hervor de espumas insondables».

Luis Álvarez Álvarez («Para instalarse en Estación interior»)


«El libro Estación interior(Ediciones Ávila, 2003) se aproxima a la idea que tengo de una antología, aun cuando su propio enclave la prepara para algunos cuestionamientos. ¿Qué razón hay para dar fe por separado de la poesía avileña, o de la habanera, o de la placeteña (que se ha hecho: Editorial Capiro, 2001), si salvamos el escollo de brindar un testimonio? O dicho al revés: si los gestores de una antología regional son capaces de convencernos de que su propuesta es de una visible expresión cualitativa, su tarea es atendible.

Estación interior alcanza a esbozar un universo, no de la región, ni siquiera de la ciudad, sino de algo más esencial: incluso en sus altibajos este libro, seleccionado por Francis Sánchez y con prólogo de Luis Álvarez, nos retiene en la estación de la poesía. Puede que hojeándolo uno intuya el inestimable cometido de los poetas modestos; probablemente, pero intuirá al mismo tiempo el de los que se lanzan desde sí mismos con una convicción irrevocable. Conformada por once poetas, vivos todos, según aclara el compilador, esta antología transcurre sobre el riesgo que puede ser buscar en la región un símil del mundo. Pero transcurre bien, positivamente, porque encierra, incluso en sus fases más previsibles, un hálito de buen augurio. […]

Más allá del derecho a decir el territorio, Estación interior consigue una tensión favorable: podemos jugar a creer en que hay algo llamado poesía avileña».

Rogelio Riverón («En la estación abovedada», Granma, La Habana, 12 de abril de 2004)


Fragmentos de este libro:


«Apuntes a (desde) la selección» (introducción)