El preso y la luz


Prefería sentarse en los bancos del fondo. Nunca faltaba a la misa del domingo. Achicaba los ojos constantemente, pero su semblante era el de la serenidad y la seguridad que se sienten estando en presencia de una verdad que dimana de la fuerza interior. Su presencia llena de humildad y energía no pasaba por alto, no podía ignorarse, para quien lo conociera y supiera de dónde acababa de salir. Detrás de su constitución ética, estaba la cárcel, y no cualquier encierro, sino la doble prisión de la condena política, esa trampa que es la marginación por motivos de conciencia.

Pedro Argüelles sufrió presidio durante 8 años y un mes, por sus ideas y su trabajo de periodista independiente. Fueron 2.948 días con sus aplastantes noches que cualquier carcelero redondearía a 70,752 horas de trabajo. Imposibilitado de respirar o caminar en libertad, su cuerpo aguantó entre sueño y vigilia un total de 4.245.120 minutos. Un tiempo de vida que la sombra dura y vacía de la cárcel arrancó a sus pupilas, hundiéndolo en un agujero de 254.707.200 segundos ininterrumpidos.

Soltarlo tampoco fue una tarea fácil. Querían imponerle la deshonra de que él mismo escogiera, a cambio de bienestar, la puerta menos estrecha del destierro que le mostraban como tentación. A la cárcel, lo llamó el cardenal Jaime Ortega en más de una ocasión ofreciéndole, como “salida”, lo que Shakespeare definió como “ese otro nombre de la muerte”, el exilio. Pedro se negó siempre, hasta el punto de pedirle al prelado que no volviera a llamarlo mientras no pudiera proponerle una verdadera y sencilla libertad. Y así fue hasta que una buena tarde, cuando ya la mayoría de los demás detenidos en la llamada Primavera Negra habían sido expatriados, lo metieron en un auto y lo bajaron sin más ni más delante de su hogar.

Su hogar, un humilde y reducido trozo de una pobre cuartería, una de esas “casas” a las que hay que ponerle siempre comillas, porque hay que dudar de su habitabilidad, y en las que, cuando golpea el calor, es mejor sentarse afuera, en el portal. Al enterarme de que estaba allí otra vez, después de tanto tiempo sin vernos, dudé un segundo si hacerle la visita, sabía que iban a tenerlo muy vigilado. Pero qué menos podía hacer que arriesgarme a llevarle un abrazo. Y me senté a su lado, en el transitado portal público, y hablamos igual que si retomáramos una conversación interrumpida el día anterior. También le había llevado un regalo. ¿Qué pensarían, quienes nos vigilaban, cuando me vieron extraer un papel de mi bolso y ponerlo entre sus manos?

Esa misma tarde yo debía asistir a la presentación de un libro que incluía una crónica mía sobre las técnicas de supervivencia en el Periodo Especial, como parte de las actividades de la Feria Internacional del Libro en Ciego de Ávila, junto a mi hermano. Al llegar al sitio de esta actividad, encontré el resultado de aquel abrazo de bienvenida que le había dado esa mañana a Pedro en el portal de su “casa”. Extraños, en monos deportivos muchos de ellos, con mirada hostil, copaban el local ya de por sí invadido por un público joven al que le interesaba el tema de sobrevivir. Si la presentación y la lectura no se desarrolló con completa tensión fue gracias a la risa espontánea de aquellos jóvenes ante las anécdotas de nuestras (sobre) vivencias.

Pedro no me reconoció enseguida. Y tampoco pudo leer en ese momento el papel que le puse en las manos. Tuvieron que pasar algunos días, hasta que mandó hacerse espejuelos. Tuvo que adaptarse a la luz exterior, y a leer. La cárcel le había comido los ojos y estaba casi ciego. Cuando pudo, me llamó, y me regaló la cortesía de este elogio: “Al leer tu escrito, sentí que todos estos años no fueron inútiles”. ¿Existirá mayor satisfacción que ayudar a un hombre a recuperar los segundos que suman más de 8 años perdidos, con la posibilidad o la certeza de sentirse al final comprendido? Se trataba de un artículo escrito en mi blog Hombre en las nubes, mientras él estaba preso, donde me solidaricé con su actitud ética al negarse a ser (auto) deportado.

Despacio, al ritmo que le permitía su limitación visual, Pedro caminaba por la ciudad que lo miraba más de lo que él podía verla. Algunos bromeaban diciéndole que se alegrara, porque la ciudad estaba en ruinas, así que no había mucho que mirar.

A través de la Cruz Roja se gestionó la posibilidad de que saliese temporalmente a operarse en otro país. Según me dijo en más de una oportunidad, le comunicaron que, de viajar, sería con carácter definitivo, porque no lo dejarían volver. Por lo que me contó, no le causaba confianza operarse en Cuba. Aunque no estaba seguro de que le hicieran daño, temía que, de haber un resultado negativo, le quedase siempre la duda. Pasaba el tiempo, la oscuridad del calabozo había vuelto, y finalmente hizo el viaje definitivo con su familia, aparentemente por voluntad propia, aunque en realidad obligado.

Hágase un poco de luz, hemos rogado siempre a la madre de los cubanos llevando velas encendidas, en cada procesión ilegal o permitida, antes y después, como símbolo del deseo de que la patria sea “nuestra casa”, algún día, sin necesidad de ponerle comillas, para todos.


En: Rewriting Cuba, Praga, 1 de julio de 2015.