Donde antes estuvo el telón de acero


Visitar Eslovaquia, para un cubano que nació y creció, como se dice, «dentro de la Revolución», ha podido significar la extraña oportunidad de salir del hueco de una trinchera, la grieta real del comunismo, y hacer un viaje en el tiempo cruzando una frontera hacia la posibilidad más lejana pero posible de una sociedad democrática.

El pequeño país que antes integraba la República Socialista de Checoslovaquia, surgió y alcanzó su independencia por la pacífica Revolución de Terciopelo en 1989. Desde entonces, Eslovaquia vive una inevitable etapa de transición, compleja y dilatada quizás por la suerte que tuvo de que el cambio fuese no violento. Quienes controlaban el poder dentro del abolido sistema totalitario, se beneficiarían de su acumulación de influencias para prosperar gracias a las nuevas oportunidades.

¿Quién sabe hasta cuándo, hasta cuántas generaciones más allá de las que empiezan a ver el cambio, puede durar ese período de transición? Muy estructurales y profundas, muy antropológicas pueden llegar a ser las distorsiones provocadas por la falta de libertad y la simulación generalizada.

Por eso, para este cubano, llegar a Bratislava significó entrar en una zona fronteriza no solo desde el punto de vista geográfico, sino también histórico, que le atañe y afecta directamente.


Devín y el monumento

Y así iba yo uno de estos días, con mi cámara fotográfica, por las orillas del Danubio, tomando muestras de la belleza de los paisajes y la atractiva calidad de la vida cotidiana, cuando llegué a Devín, un pequeño poblado a unos 13 kilómetros de Bratislava, donde las aguas del Danubio y el Morava se unen. Quería visitar las ruinas del gran castillo construido en 1237 sobre una elevación y que constituye un hito en la historia y la cultura. Napoleón quiso abolirlo a cañonazos.

Bueno, creía yo que las ruinas de la fortaleza de Devín eran lo que más me iba a impresionar. Pero no. Me esperaba un singular monumento, más sentimental que sólido, frente al que me hallé de pronto, abajo, entre el peñasco del castillo y el río.

El Monumento a las Víctimas del Telón de Acero es como el marco de una puerta hecha donde antes estuvo un muro y representa, a mi entender, esa entrada que quizás tenían en sus mentes todos los que intentaban escapar —según la propaganda roja— desde el paraíso hacia el infierno. Por eso, aquí las huellas de metrallas son los signos más elocuentes sobre la tosca piedra. A quienes trataban de salir, los cazaban a tiros o, de ser capturados, los fusilaban.

Se lee esta inscripción: «Durante el período comunista en la antigua República Checoslovaca cerca del Telón de Acero 400 hombres y mujeres fueron asesinados. La Confederación de Exprisioneros Políticos ha levantado este monumento para que su sacrificio en la búsqueda de la libertad inspire a las futuras generaciones».

¿Y por qué buscaban ser libres preferiblemente por este sitio?, pregunté. Constituía el punto más cercano a Occidente adonde se podía llegar. Ya sobre la orilla opuesta del río era —y es— Austria.

Difícil resulta ahora imaginar, sobre este amplio y hermoso paisaje de primavera, las cercas y alambradas que existieron en este mismo lugar, las garitas, los perros, y los soldados prestos a apretar el gatillo. Nada queda de aquellos obstáculos, salvo el río que se usó como un muro natural.


Reflejos en el agua

El aspecto disuasivo y a la misma vez tentador de la masa de agua me hizo pensar en el paralelismo con Cuba, el mar, los balseros y un verso emblemático de Virgilio Piñera: «La maldita circunstancia del agua por todas partes».

Y pensar que en esto tampoco tuvimos suerte. No es lo mismo intentar cruzar un mar infestado de tiburones.

Los nombres de las víctimas aparecen aquí grabados sobre el lado interior del dintel. Viéndolos, aún sin entender la grafía, entiendo más: si un día se hiciera monumento similar sobre la costa cubana, seguramente los nombres de familiares, amigos o conocidos de cada uno de nosotros estarán allí o, de no ser por pequeños cambios de circunstancias, hubieran podido estar.

Entonces, en ese otro monumento por hacer, ¿el recordatorio de los nombres de balseros tragados por el agua no superaría ampliamente a este listado, como mismo la superficie del océano a la de un  riachuelo?

Quizás en invierno tenían más posibilidades de éxito, si la superficie se congelaba, porque ahora veo que al llegar la primavera corre muy rápido el río, imposible de cruzar a nado.

Pero también lo intentaban, increíblemente, volando.

Y oír estas historias, de personas que se subían al castillo y, armadas de alas, se lanzaban con la ilusión de llegar planeando hasta el otro lado de la frontera, me causa asombro y no me saca de la imaginación extraordinaria de los mismos hechos si tuvieran lugar en Cuba. Sin embargo, los elementos naturales no constituían el principal valladar para los que querían llegar a la libertad, sino la vileza humana. Alcanzados por las balas a mitad del vuelo, podían caer al agua y ser arrastrados por la corriente.

Hoy Devín es una zona de paseo y campismo. Aficionados a la pesca se juntan en la orilla lanzando sus anzuelos tan lejos como pueden. Austria y Eslovaquia pertenecen a la Comunidad Económica Europea, así que cualquiera toma un ómnibus en Bratislava y llega a Viena casi en una hora, sin más trámites que pagar los 7 euros del pasaje.

Por el camino, nos enamora el extenso panorama del hombre en armonía con la naturaleza. Campos de trigo y girasoles, grandes turbinas de parques eólicos generando energía limpia, y las típicas y coloridas comunidades campestres.

De las casas, destacan los jardines bien cuidados. Y casi sin querer, uno se pregunta: ¿siendo otra nuestra naturaleza, esta no es la misma armonía que uno desea encontrar en el suelo de la patria?