Cuando desaparecieron los baños de la ciudad

En plena canícula insular, el 27 de julio de 1906, los vecinos de Ciego de Ávila amanecieron con la sensación de que ese año el sol martillaría más fuerte sus molleras, mientras un cosquilleo importuno se alojaba en sus axilas. Porque, está comprobado que basta que una persona tenga conocimiento de que le negarán una libertad o satisfacción, para que empiece a sentir con patético realismo todas las mortificaciones que pudieran desprenderse del probable agravio. Esa mañana se sentía un olor mayúsculo engordando en el aire, después que el periódico El Pueblo salió a la calle con un grito, un gran titular en primera plana: LOS BAÑOS. Esta nota editorial —sin duda, tema apetitoso para las tertulias de los lugareños de entonces—, decía:


«Se le suplica al señor Alcalde Municipal, ordene que los baños públicos que fueron clausurados vuelvan a funcionar. Es mucho el calor, señor Alcalde, hace falta agua para mitigarlo un tanto, y los que carecen de cómodas duchas en sus casas piden se les proporcione lo que es del pueblo y con perfectísimo derecho lo reclaman para satisfacer sus necesidades. Con profunda pena, señor Alcalde, tendremos que dejar este suelto permanente hasta que se nos preste atención y se le conceda al vecindario lo que por nuestro conducto viene pidiendo hace tiempo. ¿Seremos atendidos? Veremos».


Quedaba planteado el desafío. Si el calor se mantenía sin solución, también la queja se mantendría en primera plana. A partir de ese día, palabra por palabra, la misma nota editorial se imprimiría cada noche en los talleres de El Pueblo. Tal reclamo, por supuesto, era más que justo, y una mayoría de vecinos humildes, sin duchas, estaban agradecidos porque aquel periódico hiciese honor a su nombre abriendo semejante trinchera en sus páginas. ¿Qué se ablandaría primero? ¿La aspiración civilizada de la comunidad de pobres carcomidos por el sol veraniego? ¿La honra del dueño de El Pueblo, inmiscuido en una prueba de fuerza que podía costarle arrastrar eternamente un manchón de tinta como señal de impotencia? ¿O la indolencia del alcalde, exhibido en la picota periodística? Grave era la apuesta. Desde entonces la nota editorial se reproduciría siempre con una aclaración al pie, todo un reto: «Este permanente empezó a publicarse el 27 de julio».

Otro desenlace, sin embargo, debieron temer desde un principio los dos grandes desafiantes —alcalde y dueño del periódico—, de cara al vecindario. Si el exabrupto se prolongaba demasiado, la seriedad pública podría terminar quebrándose antes que sus férreas convicciones. Y temprano iba a destaparse, efectivamente, el divertimento.

El periódico El Baluarte, aprovechando quizás una decaída en el ánimo popular necesitado de alternativas refrescantes, quiso sacar su propia tajada del asunto, y publicó un comentario que en las filas de El Pueblo no pudieron pasar por alto. Otras veces en El Pueblo se habían hecho los de la vista gorda con insultos provenientes de aquel rotativo que trataba de ganar notoriedad a su costa, porque el silencio era la mejor de las respuestas para ese tipo de oportunistas. Pero esta vez la insolencia había ido demasiado lejos. «¡Oiga El Baluarte! ¡Óigalo bien!», fue el título de una nota de indignación con que El Pueblo tuvo que responder a su contrincante, el 11 de agosto de 1906. Casi una tercera parte de la página ocupó la réplica o defensa, que, en uno de sus momentos más solemnes, aclara:


«El Baluarte, haciendo pujos de gracioso, nos dice que se conoce que no tenemos el cuerpo muy limpio y por eso tenemos tanto apuro por los baños. Efectivamente, como no somos hala leva, ni estamos subvencionados por partidos, tenemos que vivir pobremente como la mayoría del vecindario, sufriendo la inclemencia del tiempo, sin tener cómodas duchas, como usted y sus paniaguados, para mitigar el calor».


En pro del honor de los litigantes de El Pueblo hay que decir que, ese día, cuando aconsejaron a sus pudientes rivales que lavasen sus conciencias, no dejaron de reproducir la misma nota de demanda «Los baños», letra por letra, sin perder orgullo al hacer pública su pobreza. Pero, tomando ventaja de la burla por otras vías, se reservaron el derecho a jugar con la afrenta recibida. Líneas debajo del tirón de orejas dado a El Baluarte, hay una décima ejemplar en cuestiones de convertir reveses en victorias. El poeta anónimo (¿todo «el pueblo»?) ve la ocasión de hacerse eco del diferendo y, dubitativo entre algazara y lástima, sugiere la guerra de tufos que amenaza destaparse en el lugar, no menor a la larga contienda entre «viejo» y «nuevo mundo» que había devastado a Cuba.

Este autor, tan fino como pragmático, parece advertirnos que las polémicas de la prensa local palidecen ante el choque brutal de olores que empieza producirse, cuando el hombre común, el que nunca quisiera dar una mala imagen, pero tampoco tiene cómo pagar una ducha, intenta disimular su deuda con el agua. Según ve las cosas el poeta —que quien se gasta este don quiere llegar siempre a profeta—, si el Alcalde no cede en cuestión tan peliaguda, hombres y mujeres, incluso quienes abriguen una auténtica inclinación al progreso, no tendrán otra alternativa que aprender a «olvidar», es decir, a aceptar en su vecindad un nuevo género de damas y galanes:


Con mucho sprit y gracejo

nos ha mandado a bañar

uno que puede apestar

el nuevo mundo y el viejo.

No frunza Vd. el entrecejo

por esta galantería,


Pero mientras se repite monótonamente la demanda, para ir «olvidando» los calores, ensaya el poeta su propia fórmula mágica, un comercial. He aquí el botín de El Pueblo, insinuado en el canje de la peste por el sabor de una bebida que los aztecas reservaban para sus dioses: a la resignación inminente, grosera, también puede sacársele placer. Quizás de este modo, entre sorbo y sorbo, serán menos aburridas las tertulias, más disimulados los vapores, y se podrá hojear con un descuido gentil las páginas de los periódicos en busca de novedades o «cosas del dí», sobre todo aquella página donde destaca una nota a dos columnas que empieza a envejecer y corromperse sin remedio, la que dice: «Se le suplica al señor Alcalde…»


estas son cosas del día

que debe Vd. olvidar,

dedicándose a tomar

chocolate La Ambrosía.


En: La sombra en la espiga canta. Panorama de la décima avileña (Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, Cuba, 2004).