Como si el corazón del capitalismo estuviese allí

Un amigo me preguntó cómo salí a flote en los días que siguieron al gran derrumbe del comunismo en Europa. Mi testimonio iba a unirse a los de otros escritores cubanos dentro de un libro.[1] Empecemos diciendo que yo nunca había disfrutado lo que se dice un colchón de rosas. Cuando conocí a Ileana, vendía tapas de litro de leche de casa en casa. Lo hacía escondido, era algo ilegal, es­tábamos en los primeros años de la década de los 90 y todavía mucha gente mostraba hostilidad hacia cualquier forma de ganarse la vida que se apartase del control estatal. A veces tuve que salir corrien­do después de ofrecer una tapita, porque llamaban a la policía o me gritaban para desmoralizarme ante el vecindario y dejar claro que en aquella casa no se le compraba nada a parti­culares: «merolicos»,[2] era como en realidad nos decían en tono despectivo.

Mi hogar quedaba en Ceballos, un pueblo pequeño rodeado de naranjales, donde nos vanagloriábamos de que la tierra colorada se pegaba a la piel y a los zapatos de una manera que nunca volvía a quitarse —lo llamábamos «el cuño de identidad»—, y de tener un pasado norteamericano y próspero, pues las primeras casas las construyeron colonos que vinieron desde los Estados Unidos al finalizar la guerra contra España. No había mucho más de qué sentirse orgullosos por allí. Viajábamos en tren y por carretera hacia la capital de la provincia, distante a unos quince kilómetros. Aunque, hablando con total exactitud, debo aclarar que yo no vivía en el pueblo, sino en el barrio de La Cooperativa, en las afueras. 

Mi madre estaba casada con un campesino coo­perativista al que le habían construido una casa que nunca sería de su propiedad. El provecho de la Cooperativa no pasaba de algunas viandas a la semana y un litro de leche diario, por lo que nuestro banquete cada día era un fufú que cambiaba de color según la vianda predominante, siendo la papa y la malanga las menos frecuentes, mientras el plátano burro era nuestro plato fuerte habitual. Por razones obvias, evitaba vender dentro del mismo pueblo, y me dirigía a otros lugares de la provincia. Pero, me sentía cansado de sudar la gota gorda, de sufrir tantos sustos por ahí y también de que me explotasen mis proveedores, a los que compraba mercancías al por mayor para pagarlas muchas veces después de la venta.

Había quienes se dedicaban a transportar los productos en grandes cantidades desde otras provincias y nos los pasaban a los vendedores. Debo consolarme con la idea de que yo era un poeta, para no decir que fui un inútil que siempre se dejó engañar y terminaba generalmente endeudado. No sabía en absoluto regatear, pujar, esas virtudes del negociante por cuenta propia. Siempre algún traficante me convencía de que quería ser mi amigo, de que me estaba ayu­dando, y me daba un estrecho margen de ganancia, con lo que al final solía acabar debiéndole dinero a mi empleador ocasional porque unos aretes se desarmaron o porque perdí unas flores plásticas saltando una cerca.

Hasta que convencí a uno de mis dos hermanos, Félix, el escritor exmilitar, para construir una «máquina de plástico» —como le decíamos a los aparatos artesanales con que se fabricaban todo tipo de objetos para vender por la calle— y montar un negocio fami­liar, convertirnos en productores. Nuestro padre era un buen mecánico, así que con la mezcla de nuestro embullo y la sabiduría del viejo logramos hacer realidad el diseño rústico. Fue una gran odisea de ingeniería y electricidad, de cortar aquí y soldar allá. Luego, en los momentos de euforia, y haciendo un juego con mi nombre, nos referíamos a aquel aparato como «el Frankenstein».

No obstante, a la larga seguí vendiendo de puerta en puerta nuestros propios productos y los de otras «marcas», esto me reportaba mejores dividendos a corto plazo. Por ejemplo, viajaba cada sábado a otro municipio, a Pina,[3] para tomar clases de secundaria y preuniversitario, cursando la Facultad de adultos Obrero Campesina, pero junto con mis libretas llevaba también oculto en mi mochila un pequeño mercado. Y al concluir las clases, salía a caminar de casa en casa hasta que me sorprendiera la noche, proponiendo hebillitas de pelo para las niñas, paquetes de rolos, peines, y sobre todo juguetes, como trompos y pistolas.

Armamos la flamante industria en casa del viejo y me turnaba con mi hermano para hacer el trabajo duro. Ambos preferíamos la frescura de la noche y que la mañana nos sorprendiera cumpliendo otra jornada de halar la palanca y abrir y cerrar los moldes que pasábamos por una palangana llena de agua para que se enfriasen. Recuerdo que él estaba aterrorizado ante la posibilidad de que lo descubrieran. Nuestro invento tenía que mantenerse fuera de las miradas de curiosos; a nadie conocido debíamos revelar nuestra fuente de vida. Parecía peor que ocultar una bomba casera. Vivíamos como si el corazón del capitalismo estuviese allí, a nuestro cuidado, en el cuarto de atrás.

Aun sin poder soñar con una cuenta de ahorro, no nos poníamos de acuerdo sobre el rumbo de nuestra empresa. Las polémicas fraternales con mis «socios» giraban sobre si sería ético sacrificarnos para hacer dinero, “acumular riquezas” —esta frase técnica que repetía mi hermano, sacada de El capital de Carlos Marx, tenía una variante coloquial curiosa que se manejaba constantemente en las asambleas de los artistas provincianos: «el peligro de metalizarse»—, o si lo correcto sería sólo obtener el sustento imprescindible de cada día. Nosotros no procesábamos metales preciosos, sino plástico, entonces ¿«plasticarnos», en nuestro caso, sería una buena opción? Semejante pudor no nos dejaba avanzar —impedía, por ejemplo, contratar a otra criatura parlante para que se colgara a la palanca—, lo que me parecía sintomático en la medida que revelaba hasta qué punto unas personas con hambre podían carecer de libertad interior y estar asustadas, creyéndose obligadas a respetar el muro de su propia miseria y añadirle incluso nuevos ladrillos.

Aunque me opusiera a aquella mentalidad, acababa sintiéndome sucio tras tantos debates, por el confuso instinto de desear dinero para algo más que gastarlo en comida. La parálisis del espíritu emprendedor de mi padre se debía a su honradez representativa de épocas antiguas. Nadie lograba hacerle entender que el precio de un revólver —salían dos de una sola inyección, en menos de un minuto—, fabricado con materia prima tomada de los basureros, pudiera equivaler al salario de un día en una empresa estatal. Él parecía no haberse enterado sobre la llegada del Período Especial —el nombre ambiguo que acuñó Fidel Castro para designar la nueva crisis del país tras la desaparición de la Unión Soviética—, o no quería darse cuenta.

Pude dedicar una parte de mis ganancias para algunos lujos, como regalarle una bata de casa con bordados a mi madre, quien desde hacía tiempo vivía avergonzada porque no tenía con qué sentar­se en el sillón del portal. También compré un par de botas enormes que me vendió un liniero de la empresa eléctrica, montañesas, las que no se romperían tan fácilmente como los tenis que ofertaban en las nuevas tiendas recaudadoras de divisas. Grandes botas que entonces me ganaron el epíteto de El Leñador, como pasé a ser conocido entre los amigos.

Cuando nos hicimos novios, Ileana dibujaba maracas para el esposo de su hermana, quien disfrutaba un contrato como artesano con el Fondo de Bienes Culturales y vendía souvenires en los recién abiertos hoteles de Cayo Coco. Su negocio era mejor, reportaba más ganancias y se corría menos peligros; además, ya estaba cansado de luchar con la forma de pensar de mi padre y mi hermano, así que les dejé a ellos aquel negocio del plástico, todo lo que había invertido en moldes, y me puse con Ileana a dibujar paisajes tropicales sobre las maracas.

Al casarnos por lo civil, sin trajes y sin luna de miel, en la tienda de los matrimonios nos concedieron el derecho a una hor­nilla de carbón, una camisa de mangas largas con rayas, y un blumer que incluso a las dos suegras juntas les quedaba grande. Ella vino a vivir conmigo a casa de mi madre, en Ceballos, y nos convertimos en fabricantes de maracas. Trabajábamos para comer y para ahorrar peso a peso, con el plan de algún día poder comprarnos un cuartico en la ciudad, aunque con la angustia de que tampoco estaba permitido comprar viviendas, ni siquiera diez metros cuadrados en una cuartería o ciudadela —nuestro sueño ilegal no alcanzaba a veces mayor diámetro—.  

¡Miguel Matamoros, sabrás tú lo que es hacer maracas! Los palitos se los comprábamos por cantidades a un carpintero. Las güiras y las semillas yo las recolectaba por ahí, por todas partes. Caminé ciudades, e infinidad de pueblos y bateyes, mirando por arriba de los techos en busca de los gajos inconfundibles de las matas de güira: sobresalen entre cualquier vegetación, pues son rectos y largos como lanzas. Pagaba cada fruto a peso, haciendo el cuento de que Ileana no salía embarazada, aprovechando la fama del jarabe de güira para aumentar la fecundidad de las mujeres, porque si se enteraban que las quería para hacer maracas me pedirían un precio demasiado alto. Entre Ileana y yo les abríamos los huecos con un cuchillo, les sacábamos la tripa, las lijábamos una vez que estuvieran secas, y por último las dibujábamos con un pirograbador. Algunos pintores amigos, miembros de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, los únicos con permiso para vender en los hoteles, nos daban una tercera parte del precio de venta.

Primero Ileana empezó a sufrir alergia al ácido de las tripas de las güiras, luego resultó que mis dibujos obtuvieron buena aco­gida, me hice famoso en el sector de los suvenires por combinar las técnicas de pirograbado y el calado sobre la cascara seca —aunque en realidad de esa forma sólo evitaba usar la lija, la parte más odiosa de la producción en serie—, lo que determinó que me quedara solo a cargo de las maracas, e Ileana se concentrase en manejar la cocina y cumplir con su centro laboral, la Dirección Provincial de Cultura, donde era investigadora de tradiciones, para no perder la esperanza de recibir al menos una pensión si llegábamos a la vejez. Casi siempre anulaban el tren, no circulaban autobuses, y ella iba y venía de la ciudad en bicicleta. Por las tardes, si se acababa el carbón, recogíamos gajos secos en los naranjales y armábamos el fuego en el patio.

Apenas conseguíamos mejorar un poco nuestra dieta, comprar aceite de cocina, ropa interior, jabón de baño y otras mercancías básicas, además de ahorrar algo. Pero hasta guardar dinero nos provocaba dolores de cabeza, pues corrían rumores de que iban a cambiar la moneda y todo el mundo iba a quedarse en cero.

La naturaleza también se sumó al bloqueo imperialista que era la única causa oficialmente reconocida de nuestros problemas. Per­dí mis botas, mi calzado seguro de mañanas, tardes y noches, cuando les parecieron apropiadas a los valientes hombres de una brigada de salvamento que entraron una vez en la casa para rescatar a mi mamá en medio de una inundación. Ese golpe de agua fue como si alguien pasase una raya negra subrayando definitivamente mis sentimientos de abandono y desolación en medio de aquellos años, para que nunca vaya a confundirme y escoger otros recuerdos.

Habíamos asistido a un evento literario, una Jornada de la Poesía Cubana en la cercana provincia de Sancti Spíritus, y cuando llegamos frente a nuestra casa nos en­contramos con una escena dantesca: todos los arbustos aplastados, basura incrustada en las paredes, y mi madre que lloraba mientras tendía algunos libros sobre las piedras de la calle para que se secaran al sol. Se había roto una presa, un gran golpe de agua había bajado por la cañada que pasaba junto a nuestra casa, y en cuestión de segundos el barrio había quedado bajo una espesa nata de fango y excrementos. Poner los libros al sol no ayudó mucho, se echaron a perder casi todos.

Una semana después apareció alguien elaborando un listado de pérdidas; dijeron que nos iban a resarcir. Yo puse en la lista: televisor, refrigerador, colchones… y me sentí tentado a anotar los libros, cada uno de los títulos, y también las botas que les gustaron a los rescatistas, pero hubiera sido inútil, parecería una broma, y estaba convencido, como efectivamente ocurrió, de que nunca íbamos a recuperar nada. La crecida, a fin de cuentas, solo afectó a unas cuantas familias en los límites de un pequeño poblado, por lo que la noticia de que una presa mal hecha había cedido a la lluvia nunca apareció en la prensa. Lo único que obtuvimos fue el derecho a comprar sin hacer cola en un comedor público.

¿Si aplazamos algún sueño? Fueron tantos, en la misma medida que tan grandes eran nuestras ansias como jóvenes, escritores y recién casados. Sentía que pasaba mucho tiempo sin escribir, leía muy poco, soltaba mis pulmones cayéndole atrás a los centavos, y me puse flaco como una hoja de hierba. Entre la desesperación y la tragicomedia se movían las ilusiones de unos poetas de pro­vincia entrampados en aquellas situaciones, y para entenderlo así me basta con recordar que fue por esa época cuando un grupo de amigos hicimos un pacto: el primer día del siglo XXI, nos reuniríamos para celebrarlo en París bajo la torre Eiffel. Claro, si lográbamos encontrarnos allí, dábamos por descontado el éxito de nuestras vidas. Pero, si alguno de nosotros faltaba a la cita, tendría que estar muy justificado, hallarse fuera del mundo, por haber muerto ahogado en el intento o porque se suicidó.

Varios salieron de viaje y anduvieron cerca, pero no creo que ninguno haya acudido al lugar exacto de nuestra cita, ni nadie hasta donde conozco intentó suicidarse más allá de alguna metáfora en un poema o un cuento. Achaco nuestro fracaso a la confusión que de pronto se armó en el mundo con que si el nuevo siglo empezaba en el año 2000 o en el 2001. Hubo mucha discrepancia con ese detalle.

Seguí tratando de esquivar los palos de la vida. El turismo, como se sabe, presenta temporadas bajas y altas de acuerdo con las estaciones. De pronto, las maracas no se vendían en tiempo muerto, y había que buscar soluciones alternativas. Me sumé a las oleadas de gente de la ciudad que recorrían los campos cambiando ropa vieja y cacharros por comida. Entonces descubrí un verdadero filón: en la costa, al sur de la pro­vincia de Sancti Spíritus, existían grandes arroceras, y aquellas familias te daban un jarro de granos por cualquier objeto más o menos útil, por un par de medias o por una vasija plástica. Empecé a traer arroz en sacos desde el Sur del Jíbaro y lo vendíamos en la casa. Un día buscaba y al otro día vendíamos.

Viajaba haciendo autoestop. Salía por la madrugada, cerca del mediodía llegaba a lo más intrincado del Jíbaro —mientras más lejos, daban más arroz—, rápido hacía mis trueques, y después volvía siempre con un saco al hombro, pasando de carretas a camiones, lo que parara, sudando por litros y oliendo a rayo. Tomaba atajos, terraplenes y caminos apartados, para huir de la policía que te decomisaba cualquier bulto sin hacer averiguaciones, acusándote de acaparamiento.

Las mujeres de Ceballos se movilizaban con jabas cuando aparecía un cartelito ingenuo en una ventana de nuestra casa: «Hay arroz». Ganábamos como cuatro pesos en cada libra. Pero tuve que dejar de visitar el Jíbaro después de que una mañana, entre ta­citas de café, me puse a conversar demasiado amigablemente con una familia, sobre el tema favorito de entonces, es decir, sobre las mismas penurias puestas de moda por el Período Especial, y toqué el punto de la muerte reciente de mi padrastro y, en medio del clima de confianza, no me di cuenta y seguí de largo, y conté cómo mi mamá se había visto en la necesidad de darme la ropa y todas las cosas del difunto para que las cambiase. «¿Un muerto?», dijo el hombre de la casa, y de pronto todos se miraron como si hubieran descubierto veneno en el café. Había metido la pata. A ellos mismos yo les había cambiado algunas ropas. Expliqué que eso no tenía nada que ver —»¿Verdad que ustedes no son supersticiosos, verdad…?»—, dije que necesitaba irme, y salí casi corriendo.

Aquel comentario se regó entre los campesinos, según me trasmitieron después otros colegas. En fin, jamás volví por allí, aunque durante algún tiempo seguiría viajando para lo mismo hasta un lugar que le dicen La Tomatera, perdido en la geografía intrincada de la provincia de Camagüey.

Muchos otros malabares ensayé, y de ninguno salí ileso. Por ejemplo, corté hierba en los naranjales para vendérsela a los cocheros de la ciudad. Parecía una empresa rentable, solo debía poner a sudar mi cuerpo, mientras la hierba se regalaba por kiló­metros, húmeda y tierna. Pagué a un tractorista para llevar los bultos de hierba hasta la casa de la madre de Ileana en la ciudad, en el barrio de Chincha Coja. Entonces me convencí de que cualquier forma de ganarse la vida nadando contra la corriente es una ciencia, incluso vender hierba para los caballos. No es lo mismo la Hierba de Guinea que la de Pandora, la Sancarlos o la Lechosa, y es decisiva la hora en que la cortas y cómo la amarras. Se quejaban los cocheros, el tractorista creía que merecía una fortuna por el riesgo, y para colmo alguien de la Cooperativa dijo que seguramente yo me dedicaba a traficar otros productos más valiosos bajo la hierba, quizás gallinas robadas, o naranjas, por lo que casi voy preso.

Mi amigo me pregunta cuándo llegó el final del Período Especial. ¿Pero, llegó? Ese punto me parece tan confuso como abotonar un siglo que queda estrecho y no cierra bien. Nunca he sabido qué hacer con la extraña suerte de haber vivido dentro del campo minado del socialismo, en una isla, y seguir en el mismo atolladero después que la caída del muro de Berlín ya era historia. Colocarme el probable comienzo y el dudoso final de las consecuencias de este invento mayúsculo, creo que de eso se ha tratado mi vida. Quizás cierta presión sobre nosotros empezó a aminorar cuando nos casamos por la igle­sia, y el sacerdote, un español carismático que suplía la falta de vocación de los cubanos para el sacerdocio, se apiadó y nos hizo un gran regalo de bodas.

Pero, por la manera en que nos vimos obligados a adquirir una casa, íbamos a vivir mucho tiempo en ascuas. Estaba prohibida la compraventa de viviendas. Arreglamos el traspaso de la mejor manera posible. Se hizo una triple permuta, la propietaria original seguiría constando como tal en los papeles, pero redactó un testamento convirtiéndonos en sus herederos. De ahí en adelante sólo debíamos confiar que, ocurrido el deceso de una anciana a quien nunca le habíamos visto el rostro, pues vivía con sus hijos en la capital del país, no apareciese bajo su colchón otro acto de última voluntad a favor de otras personas. Y esto no era lo único que teníamos que esperar. También rezábamos para que ningún dirigente se interesase en nuestra casa. Existía una ley según la cual, en casos de herencias entre parientes que no fuesen de primera o segunda generación —ni hijos, ni nietos—, el gobierno se reservaba el derecho a tomar el inmueble, si lo consideraba de «interés social», supuestamente para abrir una escuela o un taller de fogones.

Algunas paredes estaban levantadas hasta la mitad, así que solo con muchas maracas por delante lograríamos terminar de construir «nuestro» nido. Nacieron los hijos, y aprendimos a esperar un día tras otro hasta la fecha tan temida. Ese día, una inspectora del gobierno nos visitó con el objetivo de determinar el valor social de la edificación. Ileana no podía ocultar su nerviosismo. Recuerdo que yo había decidido dejar de pensar siquiera en la posibilidad de un desalojo, confiarle esa preocupación en exclusiva a Dios, y visualizar en mi mente que sería imposible que me sacaran vivo de allí. “No puede ocurrir, nunca va a ocurrir”, le decía a Ileana, sonriendo.

Por suerte la inspectora se lo tomó con la tranquilidad del burocratismo y nos concedió la gracia de reconocer el testamento a nuestro favor. Eso se parecía a cruzar una frontera. Respiramos aliviados como si dejáramos atrás una emboscada y nos alejásemos definitivamente del territorio enemigo. Aunque, realmente no era tan así. La propiedad de la casa y la alegría de los hijos que la empezaban a llenar con su inocencia y sus ruidos, quizás sólo constituían la prueba, la terrible o ansiada sentencia, de que tendríamos que quedarnos a vivir en Cuba por mucho tiempo, a pesar de los pesares.


[1] No hay que llorar, selección de Arístides Vega, Ediciones La Memoria, La Habana, 2011.

[2] El término merolico llegó a Cuba con una popular novela mexicana de la época, Gotita de gente, donde se llamaba así a un vendedor ambulante de bagatelas. Por entonces la ley revolucionaria había extirpado del país cualquier iniciativa económica privada.

[3] Aunque tras el triunfo de la revolución el nombre oficial de este municipio pasó a ser el de un mártir (Ciro Redondo), la gente lo siguió conociendo por el nombre del antiguo dueño del central azucarero. Ajustes de cuentas al estilo revolucionario se llevaron también al campo de los topónimos. Pero, la gente se resistió al cambio, así que en la práctica muchos lugares empezaron a tener una existencia doble, con un nombre oficial y otro usado popularmente, como la actual Isla de la Juventud que sigue siendo conocida por Isla de Pinos, o el municipio Primero de Enero (fecha del triunfo), realmente llamado Violeta.