Salvador Bueno: un sillón ocupado en las letras cubanas

Lo conocí en 1998. Ese año, el 12 de octubre, él recibía en una ceremonia en el Hotel Nacional de La Habana el premio «José Vasconcelos». La medalla de oro, conferida por el Frente de Afirmación Hispanista a intelectuales de la lengua castellana por la obra de toda la vida, entonces ya había ido a parar a personalidades de la talla de Jorge Luis Borges y León Felipe. A ellos él se sumaba con no menos dignidad, como un venerable hombre de letras cuyo trabajo paciente y servicial había contribuido a que se apreciara mejor la literatura cubana más allá de nuestras costas. Coincidentemente, ese día, la misma institución mexicana entregaba además con carácter excepcional, el Premio al Talento Joven a mi esposa, la poeta Ileana Álvarez. En los próximos años compartiríamos varias veces, invitados siempre a actividades en que el Frente y su presidente, Fredo Arias de la Canal, seguirían potenciando el conocimiento del patrimonio literario cubano, especialmente bajo su influjo. Fue al año siguiente, en Holguín, adonde viajamos para homenajear a la poetisa Lalita Curbelo, que le pedí que me dejara encender una pequeña grabadora, en medio de una de aquellas pláticas de sobremesa que él aderezaba con sus diversos saberes y con el rico anecdotario de quien había sido no solo investigador, sino también protagonista o testigo excepcional de los avatares de la literatura y la sociedad cubanas durante buena parte del siglo XX. Entonces la centuria estaba llegando a su fin, cerrándose, lo que era un buen pretexto para pedirle un breve repaso, una revisión no solo de lo que dejaban esos cien años, sino además de su propia y peculiar mirada. No me animaba al comienzo más que el interés por recoger, como una curiosidad, parte del tesoro de aquellas conversaciones, y conocer de cerca a alguien que había preferido dedicar sus energías al estudio y la promoción de otros autores y de la tradición, bien desde una cátedra universitaria, bien como articulista, o bien —así desdeñaba su vejez, aún muy activo— dirigiendo la Academia Cubana de la Lengua. Quise aprovechar para retrotraerle a la situación frente a un joven que pregunta en un aula, a medias porque no sabe, a medias provocativo. Al volver a mi casa, enseguida preparé la transcripción y se la envié con este mensaje: «Aquí le hago llegar una copia textual de la entrevista que logré grabarle en los días agitados de nuestra estancia en el hotel Pernik de Holguín. Tal como me comprometí, se la entrego para que la revise y la enmiende todo cuanto usted entienda conveniente, y luego me la devuelva.» Pero pasó el tiempo y pasó… y cada vez que lo llamaba por teléfono, me pedía otra prórroga. Hasta que volvimos a coincidir en torno a una mesa, entonces no le dio más vueltas al asunto: lo que pasaba, era que él creía que tal vez se le había soltado la lengua a propósito de algunos temas sensibles, y que, pensándolo bien, seguían siendo incómodos, al menos mientras algunas personas implicadas estuvieran vivas. Me pidió que dejara fluir un poco más las aguas bajo el puente. Lo cierto es que el respeto me hizo guardar esta «entrevista», y desde entonces ha permanecido inédita.

Al dejar de estar físicamente, Salvador Bueno (La Habana, 1917-2006) clausuraba una extensa obra en que trabajó hasta última hora, compuesta sobre todo por investigaciones, ensayos, artículos y antologías, que empezó cuando en 1950 publicó Contorno del modernismo en Cuba (Talleres Tipográficos de Editorial Lex, La Habana), una conferencia que había pronunciado en la Universidad del Aire el 3 de septiembre de ese año. Después, en 1953, la Comisión Nacional de la UNESCO imprimió Medio siglo de literatura cubana (1902-1952). Su Historia de la literatura cubana, adaptada para el programa oficial vigente en los institutos de segunda enseñanza de Cuba, apareció en 1954 con el sello Minerva y luego se seguiría reeditando tras el triunfo de la Revolución. Entre sus monografías sobresale El negro en la novela hispanoamericana (Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1986), con la que había obtenido en 1978 el grado de Candidato a Doctor en Ciencias Literarias por la Academia de Ciencias de Hungría.

Los hitos de la poesía también recibieron siempre el beneficio de su atención, desde Imagen del poeta Milanés, una separata de la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí (La Habana, 1963). En sus últimos años, la labor como Presidente de la Academia Cubana de la Lengua lo mantuvo en la misma humildad en la que Dulce María Loynaz había dejado esta institución al morir. Por entonces fue el promotor principal de la colección Clásicos Cubanos que, gracias al financiamiento del Frente de Afirmación Hispanista, y bajo el sello de la Academia, devolvió a la vida y puso otra vez en circulación muchos libros imprescindibles, siempre con sus prólogos y notas. Aunque quizás tardíamente, recibió otros reconocimientos: el Premio Internacional «Fernando Ortiz», en el 2000, ese mismo año el Premio Nacional de Investigación Cultural y, cuatro años después, el Premio Nacional de Ciencias Sociales.

Cuando ya ha corrido no poca lluvia bajo el puente, creo que es necesario que entregue a los lectores aquella parte de sus palabras que un día grabé.

Francis Sánchez cargando a uno de sus hijos, y Salvador Bueno. Holguín, 2000.

Su amor a la literatura, ¿herencia familiar?

Yo no puedo decir que en mi familia tenga el antecedente de algún pariente que se haya dedicado a la literatura. Aunque mi padre sí era un gran lector y también, según me dijo, siendo muy joven había escrito algunos artículos. Yo pienso que las etapas de la vida cubana por las que he pasado, fueron las que me llevaron a interesarme por la literatura, como una expresión necesaria del hombre, es decir, de toda la sociedad. Estudié en el Instituto de La Habana en una época tormentosa, cuando hubo hasta un ataque del ejército y de la policía, creo que el 3 de marzo de 1934, donde nos lanzaron bombas lacrimógenas. Incluso existe una crónica que publica después Pablo de la Torriente sobre aquel hecho terrible que había ocurrido allí, en un lugar donde había cientos de muchachos y muchachas. Como la policía estaba exacerbada, cualquier gesto de repulsa era suficiente motivo para emprenderla contra nosotros. En aquella situación, teníamos largos períodos de tregua, la mayoría de las veces por huelgas de los mismos estudiantes, aunque en definitiva siempre era el gobierno el que cerraba las aulas. Después de la caída de Machado se abrieron los institutos para hacer los cursos relámpagos, pero en eso vino la huelga de marzo del ´35 y se volvieron a suspender las clases, y así estuvimos otros meses. Todo eso me fue inclinando, además, a la lectura. En los largos períodos en que no había obligaciones estudiantiles me dediqué a leer todo lo que caía en mis manos, no solo obras de pura creación como novelas, cuentos o poemas, sino que también leía ensayos críticos, históricos… Leía mucho, de lo bueno y de lo malo, en posiciones contradictorias, lo que yo pienso que en definitiva me abrió un espectro muy amplio.

¿En estos inicios, como hombre de pensamiento, usted estaba ya marcado por lo social?

Esa vocación nació y se desarrolló a lo largo de esos años en el Instituto de La Habana, luego en el Instituto de la Víbora y por último en la universidad, porque la agitación continuó a lo largo de todos esos años. Entré a la universidad en 1938, y Abel Santamaría en 1942. La situación de inquietud que había en Cuba era muy grande, sobre todo entre los estudiantes. Entre profesores de todo tipo y calaña, encontré que los había ciertamente muy positivos para los alumnos porque no solo eran buenos en su materia, sino que mantenían una posición cívica que nos impulsaba a nosotros a seguir sus pasos. Por ejemplo, allí estaba Vicentina Antuña que nos transmitía sus inquietudes, de esa manera también nos orientaba. Yo creo que esos fueron unos años de lucha valiosísimos para mí en ese sentido, porque iba aprendiendo con los libros y más allá de los libros.

Entrando en la materia de sus propios desvelos, ¿qué piensa de la poesía cubana del siglo XX en comparación con la del XIX? ¿Aquella espiral ascendente —como diría Lezama— que significó sin duda la poesía del XIX, en relación con lo que se escribía entonces en el resto de América, cree que haya continuado durante esta última centuria?

Considero que en la poesía cubana del siglo XX no se podrá ver fácilmente esa espiral ascendente del XIX. Aunque es indudable que los poetas cubanos de esta última centuria van mostrando primero un gran deseo de estar en la actualidad del mundo, mantenerse al tanto de las ideas, de las tendencias, y por otra parte, una gran voluntad de ser auténticos con ellos mismos. Esto es algo que a mí me parece esencial siempre para un poeta: querer ser auténtico consigo mismo. Ocurre que, en los quince primeros años del siglo, la poesía escrita en Cuba estaba retrasada en relación con la del resto de Hispanoamérica. Sin embargo, de esa etapa de desilusión fueron surgiendo grandes poetas como Regino Boti, José Manuel Poveda, Agustín Acosta y otros. Y de esa forma, a pesar de lo que significó la frustración de la República, ellos buscaron los mejores modos de expresarse teniendo en cuenta la situación del país. Poveda, por ejemplo, muestra una poesía y una prosa de un escepticismo total, pero también tiene una gran ira… Hay un poema de él que se llama «Trapo sucio», dedicado a la bandera, donde le dice precisamente a la gente que su bandera era eso, un trapo. Así fue como después surgió otra poesía entre 1920 y 1930, donde encontramos también a autores notables que reaccionaban contra sus antecesores sin llegar a apartarse totalmente de ellos. Son poetas como Tallet y Regino Pedroso, que por un lado se inclinan mucho a las preocupaciones sociales y al mismo tiempo también poseen un escepticismo que van a ir tratando de aplacar. Entonces sobreviene un importante acontecimiento, la revolución contra Machado, que significa una nueva frustración para los cubanos, porque cuando esperábamos que los gobiernos surgidos tras la caída del tirano mejorarían la situación del país, ocurrió todo lo contrario. El caso más evidente fue el de Grau San Martín, quien fuera elegido por una mayoría enorme, y, además, con unas manifestaciones de entusiasmo tremendas, esto Cintio Vitier lo cuenta muy bien en su novela De peña pobre.1 Había júbilo porque salía electo por fin un presidente popular, y sobrevino la frustración generalizada. Entonces, yo creo que con esas recaídas siempre va surgiendo el espíritu rebelde del cubano, que se coloca frente a esos vacíos y frente al mismo escepticismo que brota de semejantes experiencias. Ahí tenemos el caso de Chibás que es, yo diría, un reformista, pero que mueve en torno suyo a una serie de muchachos que después van a dar origen a la Generación del Centenario. Y, además, en la poesía (parecía ya que no estábamos hablando de poesía) hay grandes maestros que nacen a principios del siglo, Nicolás Guillén en 1902, Lezama en 1910… Esas figuras importantes van logrando que se les escuche. Guillén por su particular expresión, por su propia comunicatividad, la que lograba quizás más fácilmente que otros.

¿Cree que sea exagerado referirse a Orígenes como un movimiento?

No, porque sin duda era un movimiento. Hay que ver que Lezama, y los más jóvenes, Eliseo, Cintio, Fina, son los que le van a dar vitalidad. Tal es así que viene la Revolución que obliga a tomar actitudes, y Lezama y ellos se quedan en Cuba. Aunque dicen que él trató de irse, pero lo cierto es que se quedó en Cuba cuando su hermana se fue. Él era un hombre que vivía muy sumergido en su propio ambiente. Recuerdo cómo una vez en su casa me confesó que él no podía vivir sin las manchas de humedad que se veían en las paredes, o sea, aquello que al fin y al cabo alimentaba su asma, precisamente las manchas que lo mataban.

Con la Revolución, ¿qué significación seguía teniendo para usted Lezama?

Te voy a decir algo que seguro te va a asombrar, mucha gente ya no recuerda que Lezama Lima fue vicepresidente de la UNEAC. Yo tengo un carnet con su firma. El carnet de la UNEAC había que renovarlo cada cierto tiempo, pero yo guardé el mío, y lo conservo como un tesoro, un carnet de la UNEAC con la firma de Lezama Lima como vicepresidente, es decir, vicepresidente sustituto, pero que al salir Guillén al extranjero se quedaba cumpliendo funciones como uno de los vicepresidentes primeros.

¿En qué época?

La UNEAC se funda en 1961, y eso es en los primeros diez años. Además, en 1959 se ofrece una serie de conferencias en la escalinata de la Universidad, allí invitan a los poetas y escritores más destacados, hay un aporte de Tallet, un aporte de Regino Pedroso, y también de Lezama, pero ese testimonio de él casi no se conoce, aunque sí fue publicado ya, porque Ciro Bianchi lo incluyó en un libro donde pudo reunir muchos trabajos de él dispersos y poco conocidos.2 La iniciativa de ofrecer esa conferencia en la escalinata, ese testimonio suyo hay que pensarlo muy bien. Es decir, que algunos han tenido el deseo de acentuar el carácter retraído o el carácter antirrevolucionario de Lezama, pero hay que leer detenidamente su obra.

En la segunda mitad del siglo XX, tenemos la poesía que se hace ya dentro de este proceso revolucionario.

Hay hasta un debate en torno a lo que se ha llamado «Primera generación poética de la Revolución», algunos que venían publicando antes de la Revolución, como es el caso de Roberto Fernández Retamar, y también los que empezaron a publicar ya en los primeros años. Entonces, en 1959, aparecen los festivales del libro cubano, y allí nos encontramos una selección de poesía joven que preparan Retamar y Fayad Jamís.3 Hay que atender a lo que ellos dicen en el prólogo, y a los autores que están allí incluidos, es algo magnífico. Se va acentuando cada vez más el deseo de identificación con las prioridades de la identidad, pero también el deseo de penetrar en la propia personalidad, y de esa manera yo creo que se lograron los mejores frutos de esa primera etapa de la poesía en la Revolución, es decir, lo que llega a coger fuerza plena con los jóvenes que fundan El Caimán Barbudo en el año 1966, Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Casaus…

¿Cree que en este siglo XX tengamos algún intelectual que sobresalga al extremo de poderle reconocer como la figura más significativa?

Me parece que indudablemente la figura intelectual más importante de este siglo en Cuba es Fernando Ortiz, y pienso que en el nuevo siglo debe suceder que las nuevas generaciones conozcan completamente, y sigan, sus orientaciones. Sus obras deben reeditarse, y habrá que insistir siempre en los mensajes fundamentales de su labor.

¿Qué revista, de las publicadas en esta época, considera que pudo haber traído el mayor impulso para la cultura cubana?

Yo creo que cada periodo de este siglo XX ha tenido en la cultura una revista notable, y que cada una ha sido insustituible a la hora de jugar su papel. Por ejemplo, para la primera generación literaria de la República fue Cuba Contemporánea, que se publica del año ´13 al ´27 y que sirve de vehículo para todos esos poetas, intelectuales en general de la primera generación. Ahí puedes encontrar trabajos de los hombres más relevantes de su tiempo, como Fernando Ortiz. Luego hay otra revista significativa, Avance, desde el año ´27 hasta el ´30. Yo creo que de la segunda generación republicana la revista a destacar es esta. Claro, ocurre que aquí lo predominante es el ensayo, más que la poesía o la narrativa, pero es que esta es una generación de ensayistas, con Marinello, Mañach, etc. Avance también refleja lo que significó la ruptura causada por la dictadura de Machado, cuando tuvo que autoclausurarse, por la censura impuesta. Viene entonces un período de transición desde 1930 hasta el año 1940. Aquí hay que destacar los Cuadernos de Cultura que en 1934 y 1935 empiezan a publicar el Ministerio de Educación y la Dirección de Cultura, y que presentó unas siete u ocho series, cada una con seis autores. Yo mismo puedo afirmar que me beneficié mucho de esos Cuadernos…, porque ahí encontré autores del siglo XIX, y además, se distribuían gratuitamente. Otra publicación importante fue Cuadernos de Historia Habanera, dirigida por Emilio Roig de Leuchsenring, quien logró sacar de las imprentas una enorme cantidad, aparte de otras publicaciones. Esto va a llenar una época muy difícil económica, políticamente y en todos los sentidos. Mientras, ya va surgiendo una tercera generación, que tiene varias tendencias. Por ejemplo, aparece al final de la década el grupo Orígenes, los que empiezan a publicar sus cosas en los años ´38 y ´39.

Dentro de ese mismo período están surgiendo nuevos escritores con un perfil muy nuevo, como es el caso de Onelio Jorge Cardoso.

Precisamente sobre la revista Orígenes, ¿cree que su salida entre 1944 y 1956 haya tenido las consecuencias de más largo alcance?

Orígenes tiene una gran importancia sobre todo por la poesía, lo que se ha ido comprobando al paso del tiempo. Pero eso no quiere decir que no hayan continuado surgiendo otras revistas substanciales. En el año 1944 se publicó La Gaceta del Caribe, que solamente salió durante ese año y aparecieron nada más unos diez u once números, pero no deja de ser un aporte digno de ser resaltado. Desapareciendo Orígenes, viene Ciclón (1955-1957), un verdadero huracán, surge desgajada de su antecesora y tiene otras características. Llegamos a 1959, aquí indudablemente es la revista Casa, de la Casa de las Américas, la que ha tenido un peso fundamental en todos los sentidos, no solo en el terreno estrictamente literario, sino también en el pensamiento, la ideología…

Cintio Vitier en los últimos tiempos ha tratado de demostrar que el movimiento de Orígenes constituía una respuesta, de manera consciente, a la frustración de la dictadura de Batista, y que se igualaba en cuanto a su carácter emancipador con lo que fue la Generación del Centenario y la respuesta política y armada del movimiento encabezado por Fidel. ¿Hasta qué punto cree usted que esto sea así?

Mira, yo conozco hace muchos años a Cintio, lo quiero y lo admiro mucho. Pero la imagen que da Orígenes, la revista, y no porque haya sido publicada antes de 1959 sino por lo que ofrecía, está muy lejos de semejante tesis. Hay que leer Lo cubano en la poesía, y Cincuenta años de poesía cubana (1902-1952), para advertir que Cintio tiene sus inclinaciones y preferencias, incluso hay ciertos poetas en esa antología a los que él no les da la real importancia que tienen, por sus prejuicios origenistas, como son por ejemplo Navarro Luna, Regino Pedroso o Nicolás Guillén, escritores de izquierda, muy de raíz popular, pero él no lo advierte así. Claro, él publica Lo cubano en la poesía en 1958. Yo asistí a toda esa serie de conferencias, así que las viví, y el aporte crítico es extraordinario. Pero lo que le faltaba a los poetas de Orígenes es que no tenían una definición política porque estimaban, como estimábamos muchos, que la política estaba corrompida. Y entonces, con la Revolución, pues se define Cintio afortunadamente, de una manera que nos conmueve, es cierto. Claro, Cintio tiene también el aporte martiano porque él es, junto con Marinello, de los grandes analistas de Martí. Y Martí inevitablemente lo empuja a ciertas posiciones que él, originalmente origenista, no percibía. Entonces Cintio, particularmente él, ha ido tomando una posición política muy respetable, su condición de católico militante no le ha cerrado el paso. Ahora es, por ejemplo, diputado a la Asamblea Nacional.

¿Qué magnitud le concede a Jorge Mañach atendiendo a lo que, según sus propias palabras, considera usted como prioritario, es decir, la lucha por salvar la identidad nacional?

Un escritor de gran calidad y que publicó dos libros valiosos, uno Pasado vigente,4 el otro Historia y estilo.5 Pero tenía una serie de contradicciones. Ya el hecho de que escribiese al mismo tiempo en Bohemia y en el Diario de la Marina, indica su posición contradictoria. Además, a veces se lanzó a movimientos políticos que iban realmente en contra de él. No voy a referirme sólo al ABC, no, aunque él fue uno de sus ideólogos, sino que después, cuando se crea el movimiento político donde se veía a Mañach junto a Pardo Llada, ese hecho ya disminuía considerablemente su nivel. Aquel momento que vivíamos se hizo tan político, que ya había que tener una definición. No obstante, creo que su biografía Martí, el apóstol6 es un aporte tremendo a la cultura cubana; se ha dicho a veces que si tiene esto o lo otro mal, pero indudablemente es la mejor biografía de Martí, y llegó a gran cantidad de lectores, no solo a los cubanos porque, al haber sido publicada primero en Madrid y luego en Buenos Aires, circuló mucho. Ha sido una enorme y magnífica contribución al conocimiento de Martí. Igualmente, por otra parte, hay que ver en el campo estrictamente literario lo que significan los grandes aportes de los escritores comunistas, y no es solo Juan Marinello, tenemos también a Ángel Augier, a José Antonio Portuondo… Ah, y no se me puede olvidar Mirta Aguirre, hoy la conocemos principalmente como poetisa pero también es una ensayista fundamental y una crítica estupenda. Claro, el problema es que el Partido tenía serias dificultades para publicar. Aún así, los aportes individuales de cada uno de esos escritores han sido decisivos.

Hábleme de la Academia Cubana de la Lengua.

Primero que todo debo decir que el verdadero fundador de la Academia fue Fernando Ortiz, pues él en España y Chacón y Calvo en La Habana lograron la necesaria autorización de la Academia de la Lengua Española, así quedó constituida en Cuba en 1926. Su primer director fue Enrique José Varona y su primer vice el propio Fernando Ortiz. Pero, claro, la Academia se encuentra que a poco de fundada llegan los años ´30, período en que no funcionó. Y hay que señalar algo: se escogieron para su fundación los mejores intelectuales de entonces, porque existe una carta de Fernando Ortiz a Chacón que yo he leído, donde le dice son este y este y este, y hace una selección muy adecuada. La Academia va trabajando muy bien cuando Chacón y Calvo llega a ser presidente, a partir de los años ´50, se hace un trabajo muy provechoso, se publican algunas cosas, empieza a salir el boletín de la institución, y se le da un carácter oficial que hasta entonces realmente no tenía. Pero ese período que es tan positivo sufre un cambio lamentable, cuando en el año 1969 muere Chacón y Calvo y el que lo sucede es Antonio Iraizoz,7 quien intelectualmente no tenía un nivel muy alto, pero había sido el último embajador de Batista en España. Este personaje, primero machadista, después batistiano, se opone drásticamente a la Revolución y declara que en la Academia no entrará nadie que tenga que ver con el sistema, con el gobierno. Mi profesor de Literatura Raimundo Lazo me presentó como candidato en el año ´72 o ´73, y resulta que ahí Iraizoz inició una campaña en contra mía. Sí le dio entrada, sin embargo, a todo escritor que fuera masón, porque él era masón de categoría. Murió Iraizoz y lo sustituyó Ernesto Dihígo en la presidencia. Dihígo, profesor universitario, hijo de Juan Miguel Dihígo, hizo un trabajo mucho más serio, pero seguía en la misma posición. En una oportunidad [José Juan] Arrom quiso interceder por mí. Arrom, cubano, profesor desde hace más de cincuenta años en universidades norteamericanas, ha publicado importantes libros sobre la cultura cubana. Viviendo en los Estados Unidos, durante los primeros años de la Revolución no pudo visitar Cuba, pero ya con la apertura por el año 1978 y los contactos con los exiliados, vino de visita, y me dijo: «Yo voy a hablar con Ernesto Dihígo, porque me parece que esa es una posición absurda.» Después me dijo: «Hablé con él inútilmente, dice que no y que no». Pero entonces pasó algo más grave. Cuando algún individuo, escritor o lo que fuera, pensaba irse del país, ingresaba en la Academia porque, claro, ser un académico era un respaldo respetable, prestigioso, así se dieron algunos casos.

¿Alguien en particular?

Recuerdo el caso de Armando Álvarez de la Hoz. Ingresó y se fue.

¿Y cómo es que Salvador Bueno logra tomar asiento en la Academia?

Aquí viene lo más interesante. Resulta que Dihígo se enferma, tiene que viajar con frecuencia a los Estados Unidos, y Dulce María Loynaz es la que queda como directora. Entonces Dulce María, católica militante, decide en el año 1985 que debe ingresar José Antonio Portuondo. Ella misma, además, lee el discurso de recepción de José Antonio, con un gran respeto por su obra. Y así fue como entró el primer comunista y se rompió la barrera. Por eso yo digo que todos le debemos a Dulce María que, por su prudencia, y por su cubanía, salvó a la Academia. No deja de ser verdad que ella tuviera sus choques con Nicolás Guillén, por algunas cosas que él dijo en su momento contra la Academia, pero ella supo ver que había que dar un paso en otro sentido, porque la Academia o se estaba llenando de viejos que duraban poco, o de individuos que lo único que tenían en mente era abandonar el país. Ya después de ingresar Portuondo, se abre el camino para que la institución pueda estar de acuerdo con el país, porque el problema es que se trataba de algo aislado dentro de Cuba, y una Academia contrarrevolucionaria no podía existir. Además, que, de acuerdo con sus estatutos, no puede tener posiciones políticas. Claro, lo que no deja de ser una contradicción, porque de hecho las tiene. Dulce María nos recibía a los académicos en su casa, una vez al mes como teníamos estipulado. Recuerdo que en ese entonces cuando alguien hablaba de aumentar el número de miembros, ella decía que no tenía suficientes sillones para que hubiera más académicos. Yo ingresé en el año 1992.

Apareció un sillón.

Sí, afortunadamente. Yo, que la conocía desde el año cincuenta, fui enseguida a visitarla y darle mi agradecimiento.

¿Sabe quién lo propuso?

Sí, Lisandro Otero. Pero, además, y para que veas cómo son estas situaciones de complejas, en la Academia había ingresado Néstor Baguer,8 un individuo que aparte de no tener méritos era un personaje difícil. Yo no diría que un delincuente ni nada parecido, pero resulta que entonces empieza a transmitir para Miami por la prensa independiente. Estamos a principios de los años noventa. Dulce María, que lo soportaba, aunque no impidió que entrara, a mí me dijo cuando fui a visitarla para darle las gracias: «El único académico que me da dolores de cabeza es Néstor Baguer.» Y tal fue así que hubo un disgusto entre ella y Baguer, por lo que este dejó de asistir a las sesiones. Cuando a mí me eligen director, a los pocos meses vuelve otra vez él, asiste a dos o tres sesiones, a mí aquello me extraña, me preocupa, entonces reviso los estatutos, que no éramos nosotros quienes los habíamos hecho, y decía que el académico que deja de asistir más de dos años y no ha pedido licencia para esa ausencia, queda automáticamente fuera, y así sucedió.

¿Cómo es el trabajo en la Academia?

Nuestra principal tarea es ocuparnos del idioma, mantener relaciones con la Academia Española y las otras. Cuando yo ingresé, resulta que la mayor parte del tiempo se la pasaba el secretario, que es Delio Carreras, profesor e historiador de la Universidad de La Habana, leyendo los papeles que recibían de que en la Academia tal se murió tal, o en la Academia tal ingresó tal. En fin, yo no creo que nosotros ahora estemos trabajando perfectamente, pero sí preparamos todos los informes que la Academia Española necesita, por ejemplo para estudiar determinada palabra. Y en los últimos años han ingresado intelectuales de calidad, como Retamar, Ambrosio Fornet y otros. Durante treinta y dos años no se había publicado ningún boletín. En el año 1964, Chacón y Calvo sacó el último número, y los que vinieron después de Chacón, Iraizoz, Dihígo y Dulce María, no se habían preocupado por rescatarlo. Yo entendía que el boletín era algo muy necesario, como una fe de vida, porque se daban buenos discursos que se los llevaba el viento. En el año 1996 se reanudó la publicación del boletín y ya vamos por el cuarto año que lo publicamos.

Usted ha recibido el premio «José Vasconcelos», otorgado por el Frente de Afirmación Hispanista, de manos de su presidente y director de la revista Norte, un día en que se celebra la llegada de Cristóbal Colón a América. ¿No ve una contradicción con su americanismo de raíz martiana?

Precisamente en el discurso que pronuncié en ocasión de recibir este premio, me referí a que desde hacía mucho tiempo yo leía la revista Norte que publica el Frente, y también conocía que ya por veintinueve años se venía entregando este premio a distintas personalidades de las letras hispanoamericanas, como al argentino Borges, el venezolano Uslar Pietri o el español León Felipe. Para mí significó un enorme honor recibir entonces esa distinción. Pero es que yo coincido, además, con los puntos de vista y los mensajes que el Frente está logrando divulgar, abogando por una integración de nuestras nacionalidades y culturas. Sí, tenemos que buscar que nuestro mundo de habla hispana se concentre y se defienda. Atesoramos un idioma que lo hablan más de trescientos cincuenta millones de personas y, por lo tanto, la comunicación entre todos es importante. Con motivo de la entrega del premio, un periodista me preguntó suspicazmente que por qué yo lo recibía un 12 de octubre, el Día de la Hispanidad. Y yo le decía que ese no era el Día de la Hispanidad sino el día de Hispanoamérica, porque España se realiza con América. Y América hoy, todos nuestros pueblos juntos, tiene un peso mayor en el mundo que el que puede tener España, por lo que unidos debemos cooperar para una mayor presencia de nuestra identidad común.


24 y 25 de octubre de 1999 / 10 de enero de 2011


1 México, 1978.

2 Se refiere a un pequeño ensayo incluido en el libro Imagen y posibilidad, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1981.

3 Referencia a Poesía joven de Cuba, Ed. Popular de Cuba y el Caribe, La Habana, 1959.

4 Pasado vigente, Ed. Trópico, La Habana, 1939.

5 Historia y estilo, Ed. Minerva, La Habana, 1944.

6 Martí, el apóstol, Ed. Espasa-Calpe, Madrid, 1933.

7 Antonio Iraizoz (1890-?) maestro, periodista y diplomático. Fue miembro de la Academia de la Historia de Cuba y de la Academia Cubana de la Lengua. Consúltese el Diccionario de la Literatura Cubana, t. 1, Ed. Letras Cubanas, 1980, pp. 460-461 y Max Henríquez Ureña: Panorama histórico de la literatura cubana, t. 2, Ed. Letras Cubanas, 2002, pp. 379-380. 

8 Autoridades cubanas revelaron en 2003 la identidad de Néstor Baguer como el agente Octavio de la Seguridad del Estado. Su verdadera historia puede encontrarse en el libro Los disidentes, de Luis Báez y Rosa Miriam Elizalde, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 2003.