Apuntes a (desde) la selección


No habiéndolo encontrado, ni existiendo otros que se lo propusieran, por más deseos que teníamos de darlo a leer, decidimos sobreponernos al prejuicio de formar parte de sus páginas, sin esperar más, y hacerlo; con préstamo de Eliseo Diego: «…habrá otras razones más graves para hacer un libro, pero ninguna más legítima». En un principio fue sólo el rumor de la necesidad de una antología. Moví junto con Otilio la primera piedra, la idea. Y cuando aún nuestro sueño no se había dejado acariciar, quedé solo, porque, según Otilio, disfrutar la propiedad de una computadora iba a obligarme en definitiva a aceptar las mayores tajadas de trabajo. Así, después de un acarreo grande, jornadas de búsqueda y análisis de textos, informaciones, imágenes, discriminando y tratando de seducir al mismo tiempo, y después de otros tantos días de realización, prácticamente interminables, en que las ideas tuvieron que pasar una a una por el ojo pequeño de la realidad, queda afincada en la tierra esta antología. Vista entre el común de sus similares a lo largo del país, pudiera inquietar a algunos por estrecha —¿pocos autores?—, o por amplia —¿muchos textos?—. Ha primado, sobre el ansia de testimoniar las prolijidades de una región literaria, el interés por dar a conocer intensamente cada poética personal.

La galería de versos expone obras de pintores avileños (Omar Rodríguez, Elías Henoc, Maikel Mena, Jorge Báez) y en especial de Nelson Madero, quien hizo la ilustración de la cubierta y en tiempo récord los retratos de los poetas para portadillas interiores. Con ellos vienen otros artistas, de la vanguardia nacional: Fariñas, Oliva, Zaida, Aldo. Todos conceden obras originales especialmente para nuestra publicación. Coronando la suma de voluntades está el prólogo de Luis Álvarez. Un pórtico suyo, con el alto vuelo que él acostumbra en sus criterios, entusiasmará incluso al viajero más agotado que descienda del tren en este punto, donde nunca antes existió una referencia semejante.

El resultado general debe parecer una antología de los poetas de Ciego de Ávila: todos, si no activos, al menos vivos. Ojalá fuera sólo otra, una; pero históricamente han escaseado las resonancias: ni dossier en revistas, ni estudios, ni otro tipo de compendios… Tal silencio, visto a lo lejos, admite justificaciones: en fin, quizás nadie desee formar orquesta mayor que la de una voz propia o íntima. El poder definitorio de la poesía, se somete al aliento de cada obra y autor en solitario; entretanto, el valor de uso de una antología obedecerá siempre a una pobre acumulación de aproximaciones y transferencias.

Cuando asumo la responsabilidad de acentuar transitoriamente una obra individual y colectiva, tengo bien claro que ni el vacío anterior, ni mi entusiasmo, deben de asegurar en lo adelante el elogio o la pasiva numeración de estos estratos. Nadie salva a la poesía, por las mismas razones que nadie puede detenerla; y bastará con que acierte a lanzar esta antología dentro de sus voraces llamas hechas de tiempo humano, de dudas, justicias e injusticias, para que me sienta útil. Es más, evito la gimnasia habitual de abanderar un risco conquistado para la dicha, ahora mismo, en momentos en que las provincias cubanas multiplican hasta el vértigo los planes editoriales. Toda antología le debe tanto a la esperanza como a la desilusión.

A modo de antecedente, aunque en un extremo distinto a este esfuerzo por decantar y actualizar nuestra poesía, se encuentra la muestra panorámica Arribos de la luz, «jóvenes poetas avileños» (Ed. Ávila, 2000), amontonamiento de semillas que ensayé entonces con el menor uso de la criba. Igual caridad efusiva tuvo otra oportunidad en Antología de la décima cósmica de Ciego de Ávila (Frente de Afirmación Hispanista, México, 2002), donde con el pretexto de seguir una estrofa esbocé algunas fronteras —borrosas, ambiguas aún— de la historia de la lírica en la provincia, sin distinguir entre literatura oral y escrita. Hay goces parciales a veces más sanos que la intransigencia intelectual, como ensayar, soñar casi un rastro colectivo, para ir demarcando un territorio. Sin embargo, aunque la historia —ese «un de cuando en cuando que es el siempre», siguiendo a las órdenes de Eliseo Diego— alcanza a envasar un flujo infinito de fragmentos, nombres y definiciones, no sucede igual con la memoria. Tampoco con la literatura. Por la conciencia de ese peligro, ante el vacío nace el juego que es darse las manos los poetas en antologías. Juego que precisa obstáculos, límites y abismos concretos, para extenderse sobre lo oscuro como una posibilidad, para que tenga sentido. Sería muy poco provocador dedicarse a mostrar o a escoger sin abrir los ojos, sin hacer distinciones.

Muchas antologías deja de ser Estación interior, por supuesto, más de las que probablemente sea a la larga. Pudo haber sido, por ejemplo, un esmerado florilegio de aciertos, de versos contundentes, y quizás fuese otra distinta. Algunas características de esta selección parcial: son autores que ya han recorrido un camino —curva vital comprobada por la calidad de libros salidos de las imprentas—, con obras representativas de cada poeta, cada travesía cumplida, versos hijos de la madurez preferida por ellos, acatando su coherencia a tenor de sus individualidades. Contra la numerología que exhorta a nunca quedarse varado entre el número perfecto —10: realización espiritual— y el del orden cósmico —12: salvación—, son once aquí los poetas incluidos. Quizás en las batallas del espíritu siempre deba faltar, o sobrar, uno. ¿Judas o Mesías?

Más justificadas estarán estas notas, creo yo, si traigo para cerrar algunos datos sobre autores ausentes en la actual selección, pero sí dignos de tener en cuenta; y así, como quien no quiere las cosas, bosquejo los ciclos de la poesía en la región que hoy ocupa la provincia de Ciego de Ávila, es decir, los contornos precisos en que se ubica este constructo crítico, cuáles límites conozco, cuáles son los que escojo y los que evito o se me niegan. Se trata de una región identificada, desde los albores de sus asentamientos urbanos, como «tierra de tránsito», pues su desarrollo dependió siempre de hallarse casi en la exacta mitad, en la cintura de la isla, y nunca le escasearon, entre sus primeras y más destacadas edificaciones, fondas, hoteles y comercios a ambos lados del camino real y otras vías. Donde una vez estuvo activa la construcción militar más extensa de las Américas, La Trocha de Júcaro a Morón, compuesta entre otros elementos por un collar de fortines y una vía férrea.

El primer libro impreso en la antigua zona de La Trocha, que se conozca, fue un tomo de versos, Los hombres de Ciego de Ávila (1893), semblanzas de vecinos hechas por Andrés de Piña y Varona, un humilde empleado de correos. Durante la etapa de la República llegaron a difundirse, con cierta importancia para el terruño, nombres como José Inda Hernández (Cantos y rumbos, Talleres Tipográficos Gutenberg, Ciego de Ávila, 1939), Carlos Manuel Bravo (Briznas, Ed. Lex, La Habana, 1951) y Félix Triana Terry (Fronda sonora, Morón, 1951), entre otros. Ya desde 1959 hacia acá, en el mismo grupo de quienes han cerrado sus ojos para siempre, sobresalen dos poetas marcados por sinos trágicos. El decimista Lucas Buchillón (Tamarindo, Florencia, 1935-1977) aprendió a teclear con un dedo tras sufrir un accidente que lo dejó paralítico; así obtuvo el primer premio del concurso «Cucalambé» (1973) y mención en el concurso «26 de Julio» (1974) con el cuaderno «El valle de las garzas», aunque su obra nunca formó un libro hasta la aparición de Poesía escogida (Ed. Ávila, 2001). Raúl Doblado del Rosario (Ciego de Ávila, 1946-La Habana, 1985) agonizó prematuramente, dejando el cuaderno «El que llega» contenido en Lluvias y memorias (Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1978), y sin alcanzar a ver impreso el libro Casa del viento (Ed. Unión, La Habana, 1985).

Esta antología se ocupa sólo de cierto presente, o sea, de autores vivos. Entre las ausencias de este lado, las hay que deben cargarse a mi cuenta, otras no tanto. Raúl Rivero (Morón, 1945) fue un poeta muy premiado y editado en Cuba, con títulos como Papel de hombre (Premio «David», Ed. Unión, 1970) y Poesía sobre la tierra (Premio «Julián del Casal», Ed. Unión, 1973). Elsa Burgos Alonso (Ciego de Ávila, 1945) ofreció a las librerías un título digno de consideración: Hímnicos (Ed. Ávila, 1997). Manuel Vázquez Portal (Morón, 1951) publicó «A mano abierta», cuaderno incluido en la antología Seis a la mesa (Ed. Letras Cubanas, 1984) y Del pecho como una gota (Ed. Unión, 1990). Abel Germán Díaz Castro (Morón, 1951), después de alistarse en la importante antología Usted es la culpable (Ed. Abril, 1985), presentó El día siguiente de mi infancia (Ed. Letras Cubanas, 1987). José Rolando Rivero (Ciego de Ávila, 1957), diseñador algún tiempo de Ediciones Ávila, y autor de Santa palabra (Col. Pinos Nuevos, 1996), quizás integrara esta selección, si él mismo no se hubiese adelantado a prohibirlo. Antonio González Martín (Ciego de Ávila, 1959) tiene textos memorables en la plaquette La herejía de los girasoles (Centro Provincial del Libro y la Literatura, Ciego de Ávila, 1991).

Muchos creadores vienen siendo dados a conocer por la editorial avileña, sobre todo jóvenes, desde el año 2000 en que se echó a andar un plan nacional de masificación de las publicaciones territoriales. Por ejemplo, Rigoberto Fernández Castillo (Sancti Spíritus, 1956; reside en Chambas) con Meditaciones de Caín (2001) y Érase una vez mi casa (2002), tomos que privilegian a la bien llamada estrofa nacional. Hoy, gracias a una labor editorial sin precedentes, infinidad de nombres de poetas parecen gotear en el aljibe de la literatura. Nombres a puñados, haciéndole nuevas promesas al oráculo. Un oráculo que —cuando todo se me vuelve confuso, tanteos, pura intuición— dejo de interrogar. No hallando otras razones más graves ni más legítimas para aplazar el conocimiento de la estación afincada aquí, sea ya su interior, léase el viaje.


Introducción de: Estación interior (Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, Cuba, 2003).