Amanece


Sus poros y sus sentidos se dilatan en el aire de la habitación donde ha entrado un rayo de luz. Se restriega los ojos. Descubre que es dueño otra vez de sus nervios, sus latidos y el calor de su cuerpo. Y puede sentir, por encima del cansancio de su corazón y a través del silencio oscuro de la casa, aquel ruido que hace su madre levantada desde muy temprano, cerca de allí, probablemente en la cocina.

Acuden a su mente unos versos de un poeta inglés que escapaba de un manicomio y se tendía sobre una colina a respirar, y piensa que él también por instantes llega a sentirse así, como un dios, sin ninguna prisa, desde que está convencido de que no le pertenece todo el tiempo de su vida y que en algún momento tendrá que escoger entre morir o dejarse meter dentro de una jaula. Cada nuevo día significa algo más que un pequeño desvío de oxígeno hacia sus pulmones.

Retoma sus chancletas, y sale a buscar el vaso con leche que lo espera todos los días sobre la mesa del comedor.

Tira la puerta del cuarto sin romper el silencio de la casa.

No está el vaso con leche. Algunos pensamientos giran en círculos como aves oscuras dentro de la gruta de su mente sin que se disponga a hacerlos suyos. Alguien ha encendido la bombilla del comedor, pero, por más raro que parezca, no está el vaso con leche.

Sigue caminando hacia la cocina. Halla todo en penumbras, calderos, platos sucios bajo el grifo. Angina de pecho, eso padece la madre, y últimamente tiene la presión tan baja que suda frío, a veces se queda con la vista en blanco. Va a buscarla a su cuarto. Y la encuentra envuelta en la colcha a pesar del calor que hace. A su lado ronca aquel hombre que nunca lo mira ni se sienta a la mesa cuando ella sirve tres platos, un individuo que duerme desnudo. Le susurra, pero ella no responde, no se mueve. Y empieza a halar la colcha agarrándola con ambas manos, despacio para no despertar al padrastro, aunque hala con todas sus fuerzas.

La colcha está trabada entre los dedos rígidos de ella, que no afloja ni abre las manos. El terror lo ahoga. ¿Muerta? ¿Su madre puede estar muerta?

Por primera vez se siente solo en el mundo y tiene enfrente una prueba palpable de su falta de energías para continuar adelante. Es el cuerpo pálido y frío de ella bajo la colcha. Imagina y puede oír cómo llegan enseguida sus hermanos molestos, empujan la puerta, entran corriendo y lo acusan abiertamente, dicen que él la apagó poco a poco, le chupó el corazón, metido siempre bajo su falda.

Cualquier sugerencia de sustituir a la difunta y hacerse cargo del hijo menor, les parecerá una idea monstruosa a las esposas de sus hermanos, algo totalmente impensable. Y ellos tampoco pueden, menos que menos, aunque quisieran —los oye, los ve gesticular por las esquinas de la casa—, porque ni el ejército ni el periodismo les dejan tiempo libre. Entonces, al día siguiente, cuando el entierro concluya y el enjambre se disperse, su padrastro hallará algún pretexto para expulsarlo de una casa que estaba construida antes de conocer a su madre.

El padrastro podría incluso lanzar la hipótesis de que la causa de la muerte ha sido el monstruo del hijo adulto que nunca se desprendió de ella, es lo que calcula. Y vendrán a confirmar esta coartada los amigotes del taller, medio mecánicos y medio máquinas, en primer lugar el que pasa a recogerlo siempre por la madrugada haciendo bulla, golpeando el cristal de la ventana, porque nunca se da por enterado de que bajo este mismo techo y entre estas mismas paredes hay otras personas que tratan de seguir durmiendo.

Comprende, con una tranquilidad que proviene de un conocimiento antiguo, que llegó el momento de poner fin a su vida. Apartarse, quitarse del camino para que pasen los demás, nunca sería algo tan embarazoso como sobrellevar las miradas y las burlas.

Infinidad de veces había repetido mentalmente los últimos hechos de su vida con el objetivo de pulir sus actos. Buscar las pastillas bajo la almohada de la madre —en efecto, ahí están, redondas, multicolores—, y tragárselas una a una, mientras más duras y pequeñas mejor, definitivas, con agua del lavabo, y acostarse después en el piso del baño, bajo la ducha, a recibir el sueño.

Quisiera alejarse del remolino de ideas que crece como un agujero en su interior. Dios no le incumbe. Había tenido siempre demasiada conciencia de sí mismo y de sus limitaciones físicas, por eso a Dios lo sentía llegar después, tarde, y de un modo tan desproporcionado que nunca alcanzaba a inmiscuirse en sus vagos y grandes designios. Piensa, sí, en la impresión que le causará con su muerte a los dos hermanos, tan mayores y tan concretos: después que la noticia del suicidio se asiente en sus cabezas, cuando pasen los días, quizás acaben por cubrir con algo de virtud y misericordia el recuerdo del más pequeño y débil.

Aumentaba la frialdad del piso, mientras los semblantes de sus hermanos crecían en el fondo de su memoria, potentes, cada vez más nítidos. ¿Y si tomó las pastillas equivocadas? Busca las cuchillas de afeitar del padrastro, las usadas que ha dejado sobre el marco de la ventana, y toma la menos sucia y la lleva a su brazo izquierdo, no tiene filo, no corta. Escoge otras cuchillas y estira más su brazo, y sigue intentando hacerse incisiones con la desesperación de no ver que su carne se abra ni que brote sangre. Poco a poco, su agobio se transforma en un sentimiento de libertad, entre una cuchillada y otra, mientras descubre que tampoco siente el más mínimo dolor. Nada. No siente nada. Y se pone en pie de un salto arrojando la cuchilla con la sospecha extraordinaria de que está en medio de un sueño, y la cuchilla atraviesa la pared provocando ondas como si hubiera caído en un estanque.

Corre otra vez hacia el cuarto y hala el bulto de la colcha y busca los ojos de la madre. Confía en que el impacto de una visión tan insoportable como sus pupilas petrificadas pueda hacerlo despertar. Pero, los dedos rígidos no sueltan la colcha que la cubre. Y se golpea la cabeza una, dos, tres veces, y le pide al sueño el dolor y la sangre que se esperaría lógicamente de una cabeza destrozada, si fuera real, un dolor que nunca pudiera ser disimulado, y se mira en el espejo, pero lo que descubre es su piel perfectamente sana. Y de un salto arremete contra el cristal que revienta en miles de alfileres por los aires. Abre los ojos, entonces, despierta, en el instante en que empezaba a faltarle la última gota de oxígeno.

—Mami —exclama, e inmediatamente desciende sobre él un sentimiento de vergüenza. “A lo mejor —piensa— no grité de verdad”. Comprueba que está sudando.

Salta de la cama y mete los pies en las chancletas. Deja su habitación y entra en el cuarto de la madre. Ella no está. Siente miedo por esa forma de dormir solo el padrastro, con la boca abierta, desnudo y bocarriba, similar a la postura que tenía dentro del sueño.

Corre por el pasillo. Tampoco encuentra el vaso con leche sobre la mesa del comedor. Pero, descubre un ligero olor a desayuno que flota en el aire. Sigue el rastro de ese aroma y, a los pocos pasos, tiene por fin a su madre parada frente al fogón. Está de espaldas. Vela el jarro de aluminio con leche, tambaleándose, medio dormida.

Y no sabe cómo domina tantas ganas de abrazarla por detrás, apretándola, dándole besos en las mejillas, y de echarse a reír como un loco.

“¿Será que ayer volvió a darme otras pastillas de esas, disueltas en la leche, para obligarme a dormir?”, se pregunta, con verdadero fastidio. Y después, hablándole directamente a ella, exterioriza el malestar físico de sentirse engañado: “¿Por qué lo haces? Tú sabes que, si yo lo quisiera, podría hibernar como un oso.”

Parado detrás de ella, esperando que la leche hierva, sigue recriminándola por su testarudez y porque, con sus acciones, parece echarle la culpa de la enfermedad, como si él tuviera algún chance de elegir su propia cura. ¿Puede ser una mujer tan irracional que piense que dormir es la solución?

De pronto, un ruido lo interrumpe. Es el amigo del padrastro que golpea la ventana usando quizás una moneda.

Casi siempre el padrastro se queda dormido y el otro que no puede esperar mucho hace bulla, lo llama, incluso dice algunas malas palabras, hasta que alguien responda o abran la puerta de la casa. Se decide, por hacer un favor, y se dispone a abrir. Pero, en el último momento, cuando ya está casi llegando a la puerta cerrada, se adelanta su padrastro desnudo, el hombre que no lo mira —¿alguna vez lo miró?—, nunca lo ve, cruza delante de él y abre la puerta.

—¿Estás bien?

—Claro… ¿Por qué?

—Había mucho ruido… ¿no oíste un cristal roto…?

—No —dice el padrastro, mientras aguanta la puerta con las rodillas—. Déjame dormir.

Suena el portazo en su interior como el grito de una bandada de pájaros que levantan vuelo, no puede aceptarlo, vuelve corriendo hacia la cocina y halla todo en penumbras, calderos, platos sucios bajo el grifo.

Corre al cuarto de ella y tampoco está acostada, y encuentra al padrastro durmiendo, con la boca abierta, enredado en la colcha. Vira hacia su propio cuarto y quiere abrir la puerta con el impulso que trae, sin detenerse ni perder tiempo. Choca contra la puerta, el picaporte no cede; toma el picaporte con ambas manos y lo aprieta para darle vuelta, y no gira, no lo siente moverse, como si sus manos no lo estuvieran envolviendo.


En: Cadena perfecta (Ediciones Hermanos Loynaz, Pinar del Río, Cuba, 2004).