Antología personal "Mi pequeña diferencia del mar", de Francis Sánchez (Ediciones Unión, La Habana, 2018)
Antología personal “Mi pequeña diferencia del mar”, de Francis Sánchez (Ediciones Unión, La Habana, 2018)

Desde hace más de diez años estaba por publicarse. Al cabo, realmente ya era muy escéptico de que se imprimiera algún día. Pero, para mi sorpresa, a poco de llegar a España, alguien me avisó de que lo había visto sobre una mesa de la librería de Ediciones Unión en La Habana. ¿Se reportaba un nuevo insecto para mi colección, o sería otro espejismo?

Comprobé su existencia cuando mi hijo trajo tres ejemplares. Aquí está una suma de mis poemarios publicados desde Revelaciones atado al mástil (1966) hasta Epitafios de nadie (2008). Recientemente he sabido que se presentó en mi ciudad, Ciego de Ávila, por la poeta Masiel Mateos, este pasado 21 de marzo, Día Internacional de la Poesía. Entonces, en la pequeña celebración local, mi hermano Félix Sánchez y un poeta amigo, Heriberto Machado, leyeron tres de mis poemas. Tres textos tristes.

Uno, el dedicado a mi padre, especie de despedida, escrito cuando aún él estaba vivo. Otro, alegoría de mi madre —la comparo con Cenicienta y con la Bella Durmiente— que falleció en mi pueblo natal, Ceballos, unos días después de yo salir de Cuba. Y el tercero, “Curso órfico”, aquel que habla sobre mi antiguo vicio de acaparar escrituras: El placer sexual de robar libros / me dio el suplicio para pasar la juventud. Los tres, pérdidas irreparables.

De la gran biblioteca armada a costa del placer o la insania literaria, también me separé como para siempre. Incluso, la presencia a posteriori de esta antología, y que no sepa bien dónde colocarla ahora, si en una esquinita de alguna ilusión provinciana, si en una hendija de algún prurito literario nacional, atestigua para mí que no existe ya aquella biblioteca, no me importa o no sé bien qué puerta se quedó abierta y cómo el ladrón fue robado.

Sinceramente, no me queda casi nada de aquella inocencia, ingenuidad o locura con que veía surgir los libros a través de duras concentraciones de espacios vividos, como marcas tectónicas, sucesiones notoriamente secretas, pero siempre en cualquier caso leales, definitivas, dentro de la casona indestructible de una Historia, la de una nación, la literatura o las emociones. Jamás existió esa casa cerrada en un bosque sagrado para el convoque de almas gemelas. En Cuba, en todas partes, se lee mal, sin verdadero desinterés, o no se lee. Los poetas recalentados se tragan a buchitos unos a otros en salones de funerarias vigiladas. Las sectas de los muertos han tomado el jardín.

Por último, consciente de que me había quedado fuera del crimen organizado que significa la vida literaria, me senté un día a esperar la vida siguiente. Porque la cobardía generalizada a lo largo de la patria, hacía que no nos invitaran a nada —a nada bueno—. Incluso para la presentación de un libro con que habíamos ganado un concurso, aunque fuera en una villa de franceses, remota y lateral como Cienfuegos, siempre en el último momento faltaba el boleto, se caía la luz.

Pero, la poesía es cuestión de fe. Creo —crear y creer— porque me da la gana. No le debo nada a nadie —decisión inconsulta—, y menos al Estado. Mi máxima aspiración no es que me mantengan, o que me perdonen la vida, y mucho menos que venga otro preso cuando todos estén durmiendo a salvarme, a darme de comer o hacerme préstamos. La verdad es que por la mañana cuando abro los ojos tengo muy poco aparte de ese asombro por un nuevo día, nada con qué pagar, nada para devolver determinados desarreglos aparte de mi propia fe hecha de pérdidas, una poesía personal casi imposible de leer bien.

Agradezco, sí, a Roberto Manzano, por el prólogo hermoso. Manzano es uno de los sabios de la tribu conectados con los ciclos de la naturaleza. También, a los editores encargados, que fueron unos cuantos a través de los años —Jesús David Curbelo, Jamila Medina, Ibrahím Hernández, Daniel Díaz Mantilla—; a veces pensé que nunca podrían llevar mi libro hacia la otra orilla y que más tarde o más temprano terminaría cayendo como una vasija rota de sus manos. Hoy lo hojeo. Gracias.

***

CURSO ÓRFICO

Para Antonio y Arzola

la práctica sexual de robar libros

me dio el suplicio para pasar la juventud,

dormirme en costas blancas y hacerme siempre al océano

con la ilusión de entrar a un laberinto.

hurgué el lomo diverso de Dios, voces pesadas

y fijas como hojas de inmensas puertas,

sin asirlo, porque alguien vigilaba.

violé sepulcros, raras ediciones

que a través de la ropa, desde cintura abajo,

en el pecho, a la espalda, tornaban a la vida.

florecían helado fragor de las entrañas

y me quitaban la respiración.

sólo ese placer, sólo esa oscura corriente

me hacía naufragar por ciudades utópicas

como Santa Clara, Sancti Spíritus, La Habana.

burlé muros de toda antigua biblioteca.

bruñía en cada templo el amor incestuoso

de las sacerdotisas con sus dioses, la búsqueda

de una verdad callada, viva, amoral y dulce.

pasó la juventud o está pasando.

poco o nada recuerdo el camino en el mar.

creo que leí una parte de mis caudales,

aunque estoy más seguro de haberlos soñado

en los días febriles en que vagué tras ellos.

guardo —sí— certeza de que hubo una caricia

al menos, un dolor infinito, insaciable

como un libro imposible de cerrar.

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