Visión


(Fragmento)


Alas de ángeles juntan las hormigas

entre humeantes resquicios de mi sueño,

aguas petrificadas y hondas cargan

para encender el ojo de la pérdida.

¡Benditas muchedumbres del viento en mi raíz!

¡Bendita medianoche, el fulgor de las nieves!

Se desgarra en silencio la memoria

y el grito, la luz caliente desborda las islas,

va borrando los bordes pulidos de las tazas.

¡Viva el horizonte, como una hembra,

del enfermo contorno que persiguen mis ojos,

que aprieto y limpio sobre el pecho atravesado!

¡Viva el árbol de sangre en un salto al vacío,

su fruto en lo entrañable!

Ansias como alas bebo,

el fondo de una mano

cerrándose en multitudes como sombra apedreada.

Quebrantable es el río, su fluidez menos soberbia

que una paloma enhiesta en sus uñas.

Y las orillas – águilas cuando la eternidad

aún no se contemplaba sobre las superficies,

no era aún esta sed de montaña en las tierras de aluvión –

las ubicuas venas de sílice abiertas a ambos lados

murmuran mi cuerpo como un vino, su espuma

a la altura del eco que taló mis entrañas.


2.

Bocarriba me extiendo,

en las márgenes eléctricas de un océano de latidos.

La noche, amurallado jardín,

calla entre mí, sin límites…

En su fugacidad escriben las estrellas

duras sílabas como ojos de un pez bajo las redes.

La tempestad escriben en el báculo

que pesa en la conciencia del carcelero solo.

Espejos resonantes, bajo el bosque

por el trueno humillado.

Garganta entonces mía,

seca, donde revienta la espesura,

migas de abierto mar.

Hágase el dolor, cosmos, sea una honda corona

el instante de tránsito,

sea no más que un juego yo, no más que un temblor,

grito entrando a la música,

reúname todo al filo de mí mismo

y, gota virada al revés, alumbre.

Guarde en los girasoles la sospecha

de que algo tocado

nunca podría desaparecer.

Aquel que deletrea mi sangre, lee sombras.


3.

Albas sin antes ni después

amolaban quienes velan sus huertos mientras duermen,

ablandándolas en el vino ácido de las costumbres.

Todo arquero se encierra en el breve hontanar,

en la ceñida torre de su espasmo,

y sueña morir con la sed de su enemigo,

con la niebla vidriosa del mastín

erguido junto al pozo.

Mis ojos reproducen la escama del pez mudo

que aprisioné en las redes.

Llaga inefable es el rocío del bautismo

entre mis uñas largas desapareciendo…,

vuelo de ida sobre el mar,

cuando la desgajada luz de la tarde sueña

que mi país es la espuma de unos ojos golpeados

contra las casas, y que estuvo en mí,

ciñe aún su rumor mi cintura de náufrago…

¡Qué leves las montañas

abiertas en mi ijar!

¡Qué posible el acero frío de los crepúsculos

diluido, entre mis carnes!

Me acostumbré a vivir a la sombra de un pájaro.

Me he sentado a vivir, como al pie de una encina

un hereje hojearía grandes tomos,

y mi corazón no soporta mirar sino bajo las piedras,

debajo de los árboles torcidos, y las vasijas

hechas pedazos de tanto ir contra la fuente.

Gobierno desde aquí invisibles ejércitos.

Acaudillo una edad perdida desde siempre,

la multitudinaria

espiral de mi grito olvidado en el pozo.


4.

Con estos mismos párpados de sal

libaremos el alba.

Escojo grano a grano mi antigua transparencia,

acopiamos ya todo lo que no sea el fuego,

todo lo que no sea el sol de las espadas

para abandonar la ciudad como un gran ruido,

dejar lejos los muros del jardín,

la soledad, las curvas perfectas de este cántaro.

La noche, infinito bosque sin árboles,

es tal vez nuestro único paso fuera del cerco.


En: Antología cósmica de Francis Sánchez (Frente de Afirmación Hispanista, México, 2000).