Rafael Almanza

Francis ha llegado a esta forma no solo por sus habilidades con la imagen, patentes en el ejercicio de la fotografía y el video, sino porque la poesía concreta le permite liberar el grito latente y doloroso  —y por eso mismo tan válido y efectivo— que atraviesa su poesía discursiva. Es el grito de la libertad y de la justicia que cualquier hombre tiene que enfrentar en estas circunstancias que vivimos, en Cuba y en el mundo, y que quizás no se acaben nunca. Es el grito de los salvos en el cielo de Júpiter, en el Paraíso del Dante. Es el grito de Dios en nosotros, exigiéndonos toda la libertad y toda la justicia de Dios. Francis ha llegado a la poesía concreta desde el centro de su experiencia como poeta, y es por eso que esta poesía concreta es concretamente poesía. De la poesía concreta ya canonizada —nada es demasiado nuevo en el mundo de la neofilia—, presenta Francis varias de sus cualidades mejores: el golpe de la síntesis, la economía de medios, la explotación de los sintagmas como discursos, el juego de resignificación de la tipografía, el fotograma incorporado o dominando al texto, los recursos intertextuales, la ironía hasta el sarcasmo, y desde luego la desenfadada intención política. Como en mucha poesía visual, a veces está al borde de la obra plástica, más que del poema en sí mismo: pero la poesía visual ya vemos que no es ni fue nunca cosa de páginas ni de libros, ni tampoco de palabras dichas o mudas. Me llama la atención, precisamente, la excelencia de los medios puramente plásticos que contienen estos poemas, infrecuente entre los poetas discursivos que hacen poesía visual. El artista que es el poeta maneja con eficacia el color, y, notable, se desenvuelve con igual mérito en lo vertical y en lo horizontal. Conozco pintores poderosos que se especializan en una u otra gracia, porque fracasan en alguna. Por otro lado, estos poemas funcionan como carteles.


«De cómo y por qué convienen las cicatrices», en el catálogo de la exposición Cicatrices, enero de 2015.