piedra


solo tienes tu mente, es el fondo de la cueva. sobre ese caleidoscopio de eclipses esbozados por un sueño en llamas, debes ir dibujando, descubriendo los grandes animales de mirada petrificante. pero en alguna grieta sientes gotear el tiempo justo para sacarle música al cetro de tu herida. ¿con qué manos? ¿con qué lamparilla separar el bosque vocinglero de la sangre? cada pálpito en el viento que has colmado de trampas, acusa la angostura de tu emoción bajo la nieve, demasiado marchita, quebradiza. donde te condenas, ninguna pavesa fortifica cerca ni lejos. ningún jeroglífico excede a la ceniza del ojo. pero esa silueta que es tu grito, soñada, te hace crispar los dedos, aún más adentro de la pared de sal que no has grabado. solo es tu pensamiento, con pezuñas muy finas, que en la oscuridad salta, de una rama a otra. ¿y si fuiste feliz por un instante? ¿cómo sobrevivir a esa visión? ¿si el cabritillo en el presbiterio eludiese su garganta, incierta disidencia al nivel de tus párpados? tendiéndole un cerco al cirio del sueño te abres, descubres en las grietas cómo huyes mucho más desde el fondo. eco descarnado. labio a labio. vena a vena. irrumpes frondoso en tu propia costumbre a través de ausencias concéntricas. desenvolver tu mirada en los brazos como discontinuas tijeras del pastor: él, solo puede prometerse esta amarga cueva para separar a su ganado menor del invierno, a veces de manera imperceptible. en la jarra portátil del dolor, te exprimes ambas manos, martilladas, y lijadas por soledades equidistantes. pero en la próxima clavija de las sombras aguarda por ti el aullido como un terror de magia, sortija que labraste en leche y nieve. la estrella que no estaba verdeciendo delante de tu puerta cuando aquellos patricios te arrojaban a las básculas y al apetito exterior. quizás por ese túnel aéreo de su rosa podrías volver. devolverte al cielo abierto, cifra inflexible que innovaban tus carnes lágrima a lágrima. minuto que se derrama en la gravilla, tu eternidad de presentir o escuchar dónde acaba la obertura de la tierra y empieza el ánfora sinuosa de las uñas. tu más íntima soledad multiplicada. enjambres que se apagan, aumentan cada punta de una estrella en el interior líquido de otras palabras no dichas, como en un sueño. después de haberte mirado oscuramente al corazón.


En: Música de trasfondo (Poesía. Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, Cuba, 2001).