Francis Sánchez trabaja en un parque en Ciego de Ávila.

Extraigo esta foto del agujero de los recuerdos. Me parece de la era antigua. Tiene apenas dos años. Lo que observo es la manera en que ese tipo con mi nombre hacía la revista Árbol Invertido por un par de parques en Ciego de Ávila. Si fuera de una fecha más cercana a la fundación de la revista (2005), él no aparecería en mejores condiciones de trabajo. Aquí, buscábamos la señal wifi como oro en el desierto (dígase, un cartón de huevos o un litro de aceite, para usar la unidad de medida cubana).

Pasábamos los controles policiacos de ETECSA y de los “revolucionarios” del barrio, sin grandes facultades camaleónicas. Tras una metódica eliminación de especies y habilidades ciudadanas en Cuba, habíamos llegado a este punto en que nos quedamos desprovistos de cualquier técnica de camuflaje o sobrevivencia en la llanura, ante el acecho del supremo Estado socialista. Éramos ese grandulón que aparece en la foto, cara pálida y con una calva que le brilla, a buen tiro, que hacía la única publicación independiente en esa ciudad, una de las poquísimas que se pudieran estar fabricando en el interior de la isla. ¿Detrás de qué palo iba a esconderse, además, “gordo”, en esos shorts infantiles?

Llegábamos al parque, al ruedo, casi por inercia, cada vez con menos ganas (de intentar ocultarnos o de que nos perdonaran la vida). Y había casi que adivinar qué letra, qué hipervínculo pasaba por aquella pantalla a los rayos del sol, a los azotes de la lluvia y los chiquillos que jugaban a la pelota, entre las videollamadas de familias numerosas que se transmitían secretos a gritos por Imo (única app autorizada para esos trajines), sobresaltado entre las noticias de los familiares que iban cruzando fronteras desde Ecuador hacia los Estados Unidos.

Pasábamos la vida (se nos pasaron más que horas) haciendo clic de una forma desesperada, inútilmente casi siempre, para abrir la maldita página o subir el video ya comprimido al máximo. Porque, sí, estábamos atrapados en la cámara lenta de la conexión a internet, pero sobre todo en un tremendo apagón de libertades individuales, en un país desconectado.

Bueno, en realidad no era nada del otro mundo, practicábamos sólo “distintos modos de cavar un túnel” desde adentro del mundillo que nos tocó por la libreta. Por cierto, si traigo esta imagen, título de un poemario de Juan Carlos Flores, es por el impulso de decir que me encanta el suicida desdeñoso, quien fabricó su propia salida con una reconcentración ejemplar de tiempo, absurdo dentro del absurdo, y le dijo al vecino: “Voy a la bodega a ver si llegó el pan y al regreso me largo de aquí”.

A veces nos sorprendíamos en situaciones tan curiosas, sin pensar mal, porque nunca vamos a pensar mal sobre los bípedos compañeros que se acercaban por nuestra espalda, de pronto, a ver qué hacíamos, o a pedirnos ayuda para descargar una cosita de internet.

Unos perros callejeros —en esta foto— se habían topado tantas veces con ese tipo ahí, mudo y solo en el parque, quizás concluyeron que era otro de los suyos, vivía también a la intemperie, y empezaron a acercarse, a reunirse en torno a él.

Siendo prácticos, quizás se armaba otra típica relación de simbiosis, mutuamente beneficiosa. Si el grandulón les daba seguridad, incluso para echar una siestecita a su sombra, ellos al mismo tiempo ocupaban el banco, llenaban los espacios vacíos a su alrededor, con lo que no se la ponían fácil a otros bípedos que quisieran sentarse a su lado (¿para espiarlo de cerca?).

Hoy, en otra vida (dígase, lugar), después que he venido pensando contra mis deseos si continuar o no con Árbol Invertido, hallé esta foto. Y algo cambió. Parece que me tragué el pesimismo sin darme cuenta, como esos empastes de dientes que se nos caen mientras masticamos.

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