¿Deprimidos pero contentos?

Cuba es el segundo país con más altos niveles de depresión en Latinoamérica, solo superado por Brasil. Las estadísticas aparecen en un informe de la OMS (Organización Mundial de la Salud) dado a conocer en Ginebra. De dicho informe, paradójicamente, este es el dato omitido por publicaciones cubanas que se han hecho eco.

El discurso estatal, quizás no sabe manejar bien este récord, como el otro que nos sitúa entre los países con mayor tasa de suicidios. ¿Pero, deprimirse y suicidarse no son, a grosso modo, trastornos típicos de sociedades desarrolladas? También lo es el envejecimiento poblacional. ¿Entonces, por qué no se manejan nuestros índices de depresión, ansiedad y suicidios, de igual manera que se hace con el aumento de la vejez, como “logros” nacionales?

Seguramente los cubanos no nos deprimimos, o sufrimos ansiedad, por las mismas razones que los brasileños, los suecos o los japoneses. Corremos poco riesgo de adicción al trabajo. Más bien es todo lo contario. Nuestros centros laborales son una fachada para “marcar”, “resolver” por la izquierda. “Uno hace como que trabaja y ellos hacen como que te pagan”, axioma muy repetido y cierto.

No tener qué hacer, tampoco significa que estemos expuestos al ocio (bueno para probar actividades extremas como las vacaciones familiares o tenderse en el diván de un psicoanalista). Vivimos día a día “luchando” el sustento. Aunque nuestra guerra resulta tan asintomática que no nos priva de los lujos de la tristeza y los abismos de la locura. Suele ocurrir, en las catástrofes, que aumenta el esfuerzo por respirar (bajo conflictos bélicos, es cuando la gente menos se suicida). Países de Centroamérica, donde hoy pululan las maras y se cometen grandes atrocidades, ostentan índices de depresión más satisfactorios.

A pesar de los pesares, debemos de poseer algunos estimuladores de la frustración autóctonos. Lo cierto es que nos está quedando grande el cliché de la parejita tropical con la sonrisa de oreja a oreja y el par de maracas. ¿Esto no tendrá que ver con el estado de simulación permanente? ¿Con las mentiras naturalizadas e institucionalizadas?

Entre el inmovilismo, las faltas de oportunidades económicas y políticas por una parte, y el discurso triunfalista y chovinista por otro lado, hay pocas alternativas para la esperanza. Nuestros problemas cotidianos, aunque sean los mismos inherentes a la vida en cualquier otro país, puede que nos los estemos tragando de una manera especial y poco recomendable. Nunca olvidar que hemos sido el único pueblo de este hemisferio convertido política e ideológicamente en “la masa”. Por descartar la voluntad individual, hasta las máscaras quedaron eliminadas de nuestros carnavales.

Muchos quieren asignarnos el papel de los más divertidos. Además de los que están en el poder, como era de esperar, incluso los pueblos latinoamericanos, sus académicos, sus líderes sociales que consiguen movilizarse constantemente hasta si le suben una peseta al precio del transporte, dicen que nos envidian, y nos piden que sigamos resistiendo. Pero, últimamente, desde hace algunos años, noto que ya no se susurran chistes políticos en la calle como, por ejemplo, en el Periodo Especial. Después de muchas vueltas de la vida o la historia, falta imaginación para visualizar el futuro, ¿quizás ya todo el mundo se sabe el final y a nadie le hace gracia?

Recuerdo que en los peores años noventas nos reíamos del hambre, los apagones, había parodias sobre la cuota de dos hamburguesas por cada carné de identidad, sobre las marchas infinitas, etc. Entonces se hizo popular la anécdota de cómo, en una valla publicitaria, debajo de una consigna que adornaba calles y carreteras (“Somos felices aquí”), un atrevido escribió por la noche: “Imagínate allá”. El cuento incluía la curiosidad de que, al amanecer, incluso los policías presentes en el lugar no podían aguantar la risa.

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