Assef, un poeta raro

Francis Sánchez, Reynaldo Hernández Soto, pewdro Alberto Assef, día que Soto partió al exilio, 2 de junio 1998

Acaba de marcharse un poeta raro y exquisito. Como suele ocurrir con los mejores, no era muy conocido, ni siquiera en Cuba antes de partir al exilio. Nunca perteneció a las capillas ni los cenáculos. Falta en la mayoría de las antologías cubanas (por habanocentristas, facilistas, etcétera). Fue mi amigo, y los recuerdos que conservo de él, todos, me hacen pensar en un poeta muy auténtico. Pedro Alberto Assef, nacido en Ciego de Ávila (1966), falleció en un hospital de El Paso, en los Estados Unidos, en este febrero de 2017. La última trampa: un cáncer de hígado.

Parecía vivir presionado por el deber de sentir y comportarse poéticamente, siempre al límite. Creo que solo supo vivir como un niño acorralado entre la oscuridad y la tristeza. Y de esa angustia, con el asombro depurado ante los milagros naturales de la vida, extraía sus versos de manera esmerada.

Estudió filología. Disfrutaba un conocimiento lírico exhaustivo. No la inútil sabiduría que acarrean los doctores, sino la de alguien urgido de alimento espiritual. Sabía, especialmente sobre la historia de la poesía cubana, dónde estaba el verso más original o digno de cada autor. Y se defendía de la vida citando esos versos.

Un sentido trágico lo persiguió más allá de las páginas. Fue marcado por el deceso prematuro de su padre, mientras la pérdida de un hijo que no nació devino otro tema de sus cantos (al nonato “Cristo Assef” dedicó un texto). Nos hicimos más amigos precisamente mientras yo lo ayudaba a reponerse de un incendio que lo dejara sin casa, y casi sin libros, por largo tiempo, en los años de hambruna del llamado Periodo Especial. Me consta que en su visita a la Isla, hace un par de años, intentó quedarse, y no encontró cómo.

Desde que empezara a escribir siendo un niño, eran motivo de admiración sus sonetos dotados de fineza, entre clásicos y vanguardistas, con la violencia, el dolor y las rupturas vitales. Publicó pocos libros. Nunca escribió de más. El ritmo de sus versos llamó la atención incluso de trovadores que los musicalizaron. Algunos de sus poemas deben situarse con los mejores escritos jamás en Cuba. Yo suelo repetir de memoria un soneto que, debido a su propia fuerza, el olvido nunca me lo ha podido arrancar:

 

Esta casa que tiene su pradera

interior, sus animales impuros,

sepultará mi voz y sus conjuros

bajo el derrumbamiento de la espera.

 

Hombre, qué fuiste, qué menuda fiera

adentro habita de tus soledades,

cómo te escaparás de las verdades

que regresan tullidas desde afuera.

 

Me cago hasta en la madre de los dioses

si no pueden sacarme de este enredo.

Mira, padre, si acaso yo no puedo

salir todo lo limpio que quisiste,

recuerda, tú también te me moriste

y yo no pude, padre, y yo no puedo.

Comentarios

6 pensamientos en “Assef, un poeta raro

  1. Ricardo Bada

    Un amigo cubano, Jorge Luis Arzola, me habló de Assef, a quien no conocía de nada, ni de nombre. Me ha gustado mucho el texto que le dedicas y que lo enaltece, y me ha conmovido el soneto que citas y que lo muestra como poeta de alto vuelo. Voy a ver cómo consigo más material acerca de él para dedicarle un espacio en mi blog, en El Espectador, de Bogotá.

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    1. francis Autor

      Gracias. Sí, es un gran soneto. Assef es un poeta inmenso, espero que con el tiempo se vaya descubriendo por mucha otra gente toda su dimensión

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