Alabau condenada y libre

Magali Alabau es una de las principales voces de la poesía cubana, sin hacer distinción entre épocas o sexos. Dentro del fluir de su vitalismo poético que es su peculiar estilo, se funden múltiples formas comunicativas, desde las más cotidianas hasta el selecto diálogo intertextual, y su fuerza expresiva prevalece a través de una poesía de carácter, personal y única.

Sus libros se leen como las epopeyas de la vida íntima y la representación de una estirpe que es su familia, la generación a que pertenece, o una república hecha de fantasmas. Su expresión fluida, afirmativa de la individualidad y de las diferencias, está llena de libertad. Por momentos resulta ambientalista, o feminista, porque siempre es capaz de sentir por otros o como otras. Sabe narrar lo abstracto y a la vez sublimar la vida concreta.

Mostrándose culta y suspicaz, tampoco teme a la emoción, construye densidades de significados, busca las sutilezas en los intersticios entre la vida real y la imaginaria, mientras esgrime con verdadera soltura el verso libre. Sacraliza sus experiencias, pero también conjura, maldice, y en definitiva ocupa un espacio vital que es una metáfora de su tiempo. Para quienes la leemos, es una suerte contar con ella.

Magali Alabau (Cienfuegos, 1945) tuvo el valor de abandonar voluntariamente “el paraíso” ideológico de su patria cuando era una joven que condenaron por atreverse a pensar y sentir diferente. Reside en Nueva York desde 1966. Tras hacer carrera en los teatros de La Gran Manzana, se refugió en la poesía. Ha alzado su vida con una palabra fuerte y cálida. Hoy ella, su obra, sobresale por encima de la generalidad y las prolijidades de la poesía contemporánea.

En Miami, este viernes 10 de marzo, presenta su nuevo poemario: Amor fatal (Ed. Betania, Madrid, 2016). Tengo el privilegio de conocer casi toda su obra. El siguiente fragmento, es uno de mis favoritos de este nuevo libro:

 

AMOR FATAL

(Segundo acto. Fragmento)

 

¿Quién llora cuando las hojas caen,

cuando el agua sin cesar las ahoga,

y revuelven la tierra

acunando gusanos moribundos?

El invierno tiene colores que olvidamos.

El rojo que grita,

el amarillo enfermo,

el negro que es ceniza.

Aunque lleve en la cabeza tantos mundos,

uno solo es el que uno habita,

nos saca un litro de sangre,

nos tira de perfil y de frente una fotografía,

nos toma las huellas digitales.

Uno pasa de fila en fila,

dándole a la espera otro nombre.

Medimos lo que no nos falta

por esa libertad sin condiciones.

Una entrevista más, unas declaraciones,

juramentos a otras estructuras.

Después de tanto procesarnos

no nos queda nada de los sueños.

Dicen que soñar no cuesta,

yo diría, sin pensar, cuesta la vida,

los minutos gastados, el trote,

las pequeñas mentiras.

Inventamos personajes que no existen,

declararlos, imposible.

Se cansa uno de tantos pedacitos,

pensar en algo, saltar a otro capítulo.

Actuar en el teatro de teatros.

Buscar un escenario y no un apartamento.

Los muebles son los props,

la mesa que arrojaron en la calle,

la silla sin patas, tan perdida

en medio de multitudes y desprecios.

Entonces estarían justificados los fragmentos.

El rompecabezas obtendría forma.

El teatro tira para un lado, te tuerce

y hace que te crezcan las pestañas.

Te pinta de rubia,

te pone morado cada ojo.

Eres tú, soy yo, interpretando.

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